Manolo Beloso: «Aún puedo sentir aquella tiritona»

Beloso y otro rescatador en el Naranjo de Bulnes, José Juan Domínguez, tuvieron que refugiarse en una cueva del Urriellu una noche por una tormenta. Fue un hecho inédito en varios lustros


pontevedra / la voz

Manolo Beloso, con muchas horas de montaña a sus espaldas, hace una pausa para el café en su trabajo como funcionario. Se sienta, sonríe y hunde la cara en la noticia que protagonizó en el 2002, que La Voz titulaba: Una noche colgados en el Urriellu. Le quita hierro. Dice que no fue el mayor susto de su vida. Pero, palabra a palabra, se va evadiendo y le va cambiando la cara. A los pocos minutos parece que no está ni en el 2018 ni en un bar. Da la sensación de que ha regresado al Naranjo de Bulnes -al que los montañeros llaman Urriellu- y que vuelve a quedarse, como hace dos décadas, atrapado trece horas en una cueva de la montaña, a más de 2.000 metros de altura. Llega a emocionarse. Llega a llorar. Pide disculpas con una encantadora timidez y concluye: «Esta historia debe ser algo que llevo dentro así sin saberlo muy bien, no contaba emocionarme tanto, la verdad».

Manolo explica que él y José Juan, otro compañero de batallas en el Club Montañeiros A Roelo de Pontevedra, llevaban tres años preparando la subida al Naranjo de Bulnes por la vía clásica, la abierta en 1962. Lo intentaron en septiembre del 2001 y no lo lograron. Iban muy lentos y abortaron la misión. En el 2002 volvieron. Todo parecía de cara: «Estábamos muy bien físicamente, muy preparados y ya con bastante experiencia -Manolo empezó a escalar a los 19- y los pronósticos del tiempo eran muy buenos, era verano, aunque ya se sabe que en la montaña eso es muy relativo». Empezaron a primera hora de la mañana a subir la pared vertical que es el Urriellu, con sus 2.518 metros sobre sus cabezas. Iban bien de tiempo y desde el refugio un tercer compañero los divisaba. Su intención era hacer la escalada en trece horas, así que no llevaban ropa ni víveres para pasar la noche. «Íbamos con ropa fina, con un cortavientos y poco más», recuerda.

De repente, la tromba

Pasaron todo el tramo desde el que podrían volver a bajar si las cosas fuesen mal. Y, cuando ya estaban a más de dos mil metros, el tiempo empeoró de repente. «Nos quedaban entre tres y cuatro horas de escalada y empezó a llover, cayó una tormenta enorme y hubo que tomar una decisión. Bajar era muy complicado, había que subir o buscar refugio. Era peligroso seguir escalando con la piedra mojada. Y nosotros sabíamos que había una cueva, un nicho llamado Rocasolano, donde nos podríamos meter. El problema es que no teníamos nada para pasar la noche a esa altura».

No llevaban móvil y desde el refugio, al cubrirse el cielo, ya no podían verlos. Encendieron las linternas que llevaban para que el compañero que los esperaba abajo supiese que allí seguían y que estaban en la cueva. A partir de ahí, les tocó pasar trece horas, toda una noche, en el nicho, atados a la cuerda para evitar peligros. «Estábamos resguardados de la lluvia, pero no del viento. Y empezó a hacer muchísimo frío. Sacamos todo lo que llevábamos en la mochila para ponerlo entre nosotros y la piedra. Nos juntamos muchísimo para darnos calor, metimos los pies en las mochilas, no dejamos de movernos...». Tiene claro el peor momento: «Aún puedo sentir aquella tiritona. Nunca me había pasado y cuando empiezas a tiritar sin parar es tremendo, luego se te pasa, pero esa sensación te queda durante mucho tiempo».

Sobrevivieron y, con el primer rayo de sol, salieron a escalar. Hicieron cima. Manolo se emociona al recordar el sueño de piedra cumplido. Pero cuando llora es al recordar que aquel tercer compañero, el del refugio, caminó horas para salirles lo más cerca que pudo de la cumbre con víveres y ropa. Dice que esos gestos te acompañan mientras vivas. Como la tiritona, que se le debió quedar dentro sin él saberlo y ayer volvió a sentirla.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
6 votos
Comentarios

Manolo Beloso: «Aún puedo sentir aquella tiritona»