Para mí churros, para él un entrecot

El alza del turismo extranjero en Galicia ha abierto un debate dentro del sector de la hostelería en torno a ampliar horario para adaptarse a sus costumbres o no


redacción / la voz

¿Ampliar el horario de cocina, o no? Ese es un debate abierto en cada vez más establecimientos del sector de la hostelería de ciudades gallegas que han visto como el número de turistas extranjeros crecía como la espuma en los últimos años. En el 2017, por ejemplo, fueron 1.290.322 los que pasaron por la comunidad, un 24,65 % más que el año anterior. Su presencia ha obligado a los hosteleros a adaptar su oferta para darles un servicio capaz de convencerlos para vuelvan. El ejemplo más claro es Santiago, donde su desembarco ha provocado que hasta el personal que sale de las tiendas de dulces que se extienden a lo largo de la calle que avanza desde el hotel monumento San Francisco a la Praza del Obradoiro para dar «a proba» de la tarta de Santiago sepa idiomas.

¿Dónde está el límite entre complacer al cliente y no perder las costumbres? No es extraño en la ciudad del Apóstol, sobre todo durante los meses de verano, ver como en la misma terraza hay una mesa de españoles que están desayunando y otra de extranjeros con el menú para el almuerzo. «Donde más se nota es a la hora de cenar -apuntan desde un local de la zona vieja- Los extranjeros llegan para cenar a partir de las seis o las siete de la tarde». Ahí es donde se abre el dilema. Porque mientras unas mesas están con la copa para hacer la digestión, otras quieren ya el entrante previo a la cena, lo que impide ese tradicional descanso de un par de horas entre las comidas y las cenas. «Hay locales a los que les compensa ampliar el horario y tienen la cocina abierta todo el día. Por tanto, han de aumentar el personal. Otros no están dispuestos porque creen que el turista tiene que adaptarse al horario local. Luego están las cafeterías que pueden poner una ración o hacer un sándwich a cualquier hora, pero nada más», añaden esas mismas fuentes.

Aunque Compostela es quizá la ciudad gallega donde el fenómeno es más acusado, en Vigo también empieza a percibirse. «Tenemos un restaurante en A Pedra que no cierra la cocina durante los meses de verano porque hay gente de España que llega a las cuatro para comer, pero a las seis hay extranjeros que están pidiendo ya la cena. Para poder dar el servicio tenemos que tener algo más de personal y hacer un nuevo encaje de turnos», apunta César Sánchez Ballesteros, director del Hotel Bahía y presidente de la Federación Provincial de Hostelería. Pero aunque ellos lo hacen en este restaurante, reconoce que abrir todo el día la cocina no es rentable para todos los locales. «En temporada alta, cualquier restaurante de Samil acostumbra a tener horario ininterrumpido, pero es cuestión de cada establecimiento».

En A Coruña, un puerto que al final de este año prevé haber alcanzado los 255.000 cruceristas, la mayoría extranjeros, también hay locales que abren de modo ininterrumpido su cocina. Pero son contados. «Lo hacen algunos de modo puntual en el centro. No es común esa costumbre, está empezando», dice Héctor Cañete, de la Federación Galega de Hostelería.

Presentación de los platos

Pero más allá de que algunos hosteleros, después de echar números, hayan ampliado sus horarios a las costumbres foráneas, hay algunos que tratan de adaptar sus menús a los gustos culinarios de los clientes. «Al público inglés no le gusta nada ver la cabeza del pescado. Luego los alemanes son de crustáceos, mientras que a otros turistas les van más las ostras. Tratamos de adaptarnos un poco», apunta César Sánchez Ballesteros. Complacer al cliente está bien, pero fuentes del sector hacen otra pregunta en este sentido: ¿Dónde está el límite entre complacer al cliente y no perder las costumbres que hacen de Galicia un lugar diferente?

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