Los rescatadores de títeres de Lalín

El pazo de Liñares alberga el único espacio dedicado a este arte mágico, con una colección de muñecos de todo el mundo reunida por la compañía Viravolta

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Lalín / la Voz

Emilia Pardo Bazán disfrutó de los jardines y las estancias del lalinense Pazo de Liñares, que la escritora coruñesa rebautizó como el del Recuerdo. El eco de sus palabras aún resuena entre estas paredes, hoy morada de otros inquilinos menos mortales pero no por ello menos fascinantes. Dos de sus salas las ocupan actores hechos con tela, con lana, papel, metal y madera que dan forma a todo un universo de fantasía universal. Con ellos uno puede recorrer el mundo desde Birmania a la India pasando por Indonesia, Vietnam o Camboya, América y Europa con una galería infinita de personajes que van de polichinelas a cabezudos de la Aragonesa, complejas marionetas de un curso de Francisco Peralta y objetos de atrezo de la adaptación cervantina de O retablo das marabillas. 

Y es que aquí habita el Museo Galego da Marioneta, el único en el país de la magia, que eligió Liñares para aposentarse. La culpa la tuvo la compañía de títeres lalinense Viravolta, nacida en los tiempos de Naranjito, fundada en 1982 por Anxo García, Pilar Álvarez y Xúlio Balado. El amor de sus miembros por este arte efímero les llevó a comprar y atesorar marionetas y títeres de todas clases. A las adquisiciones se fueron sumando donaciones y cesiones de cualquier tipo de compañías y de amigos. Anxo García recuerda que «son obxectos fráxiles, feitos con materiais que non aguantan moito o paso do tempo». Detrás de su rescate está una ardua labor detectivesca siguiendo la pista a piezas y colectivos, aunque no siempre llegaron a tiempo.

En octubre del 2001, a raíz de una exposición, el Concello de Lalín pensó que aquello bien merecía poder mantenerse en el tiempo y nació la idea del museo. Un acuerdo entre ambas partes lo hizo realidad en la planta de la antigua Cámara Agraria. Allí estuvieron diez años. Con el tiempo, el mal estado del edificio pasó factura y el museo cerró. Parte de las piezas recorrieron Galicia en forma de exposición y en el 2014 lograron acomodo en sus nuevas dependencias del Pazo de Liñares.

Dos salas albergan una selección de sus fondos, pero «case outro tanto está gardado», explica Anxo García. Lo que se puede ver está organizado por tipos de marionetas: de dedo, de hilos, de guante, de varillas... Son una colección de títeres procedentes de todo el mundo y otra dedicada a piezas hechas en Galicia. García no es capaz de poner número al ingente muestrario y a la biblioteca con que cuentan y anuncia el inicio de un necesario proceso de catalogación. 

Un cabezudo de Laxeiro

El paseo despierta la imaginación. Un cabezudo realizado por Laxeiro mira desde una vitrina. Enmarcado se puede ver un traje original procedente de una función de José Silvent, el mítico Barriga Verde, pionero en el espectáculo de marionetas en la Galicia de los años 30 y gallego de adopción. Es uno de los objetos cedidos por la familia. Anxo García cuenta que cuando dieron con su casa «o inmoble xa ardera dúas veces». Para preservar esa memoria y recuperar documentación y piezas surgió la asociación Morreu o Demo.

Barriga Verde dejó de ir por las ferias en 1964, y hasta el período 1978-80, en que empezó Kukas, en Galicia no hubo titiriteros profesionales. De la misma cosecha del 82 era Tanxarina, que aporta varias piezas.

Supersusa luce su traje rojo de superheroína y es una superviviente. Sus vecinas son otras muchas de Kukas, entre ellas un don Quijote de un tamaño formidable. No hace falta que caiga la noche para que uno sueñe estos muñecos cobrando vida. Del techo cuelgan un sol y una luna de una compañía vasca: son las cabezas de dos gigantes. 

El museo abre martes, miércoles y jueves de 11.00 a 14.00 y de 17.00 a 20.00 horas y los viernes, sábados y domingos alarga el turno de tarde hasta las 21 horas. Cierra sus puertas los lunes. A lo largo del año organizan talleres de creación y de manipulación de marionetas, exposiciones y, en convenio con el Concello de Lalín, los festivales Titirideza y Titerentroido. Todo para divulgar un oficio que tiene el hechicero don de hacer reír.

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