Superdotados: los inteligentes que no quieren salvar al mundo

Están rodeados por tópicos y estereotipos. Contrarios a lo que la gente espera de ellos, los superdotados reivindican su personalidad

Superdotados: los inteligentes que no quieren salvar al mundo Están rodeados por tópicos y estereotipos. Contrarios a lo que la gente espera de ellos, los superdotados reivindican su personalidad
M. F.

Hace unos años, a través de su buzón de atención a terceros, una persona les sugirió a los miembros del colectivo de personas de alto cociente intelectual que tomasen el control del gobierno y que apliquen un sistema de «democracia templaria». El remitente planteaba una especie de meritocracia que, según él, solo podría ser aplicada por estos genios asociados. Otros acudieron a ellos como quien consulta a un consejo de sabios, o con la expectativa de entablar una conversación ajena a trivialidades.

Lo cierto es que los miembros de Mensa pueden pasar de hablar del origen del conde de drácula, al chiste del coche color pistacho -que no se puede abrir- y terminar discutiendo sobre física cuántica.

Mensa es una asociación de personas de alto cociente intelectual, fundada en Inglaterra en 1946 y presente en España desde 1984. Para ser socio, es necesario tener un cociente intelectual comprendido dentro del 2 % superior de la población general, que supone una puntuación de 149 de CI en la escala Cattell o de 131 en la Wechsler. Simplificando aún más la cuestión: se entiende que una de cada 50 personas podría ser parte de Mensa.

Cristina Luna, Yago Mougán y Laida Muguerza, pasaron el test de acceso y hoy son parte de este grupo integrado por programadores, científicos, profesores, filósofos, comerciantes y todos los que quisieron unirse al juego de pensar. En España ya suman 2400 personas y 109 de ellas están en Galicia. Los tres amigos forman parte del grupo de Vigo, donde hay 29 socios.

Presentarlos implica seguirlos en su viaje vocacional. Cristina (25) es investigadora espacial y vicepresidenta de Mensa España. Está acabando las carreras de Física, Matemática, Ingeniería mecánica e Informática. Y por si no eran suficientes los títulos de ingeniería, antes estudió química, pero dejó la carrera porque le parecía aburrida.

Yago (26), es miembro de la mesa directiva y da clases de ajedrez y artes marciales. Los estudios los lleva con más calma porque de todas sus capacidades, la de elección no se le da fácil. Ahora estudia física, pero ha estudiado en áreas tan distintas como historia y química. «Interés general lo tengo por casi todo lo que encuentro, desde el código de piratería a la orden del dragón en Rumania», dice.

Laida (29), ya tiene la carrera de medicina terminada, pero asegura que ganas de cambiarla no le faltaron durante los años de estudio. Ahora, aunque sea el momento indicado para ejercer como médico, ya piensa en cuándo empezar a estudiar filosofía.

Esa avidez por el conocimiento y el turismo intelectual parece ser un rasgo común entre los mensistas. Y aunque sus miembros suelen tener intereses muy diversificados, Yago aclara que «no significa que seamos buenos en todo, porque eso depende de la práctica. Como mucho, la inteligencia es una herramienta que te ayuda a ir un poco más rápido y llegar un poquito más lejos».

Esta herramienta extra, tuvo usos distintos en la vida de cada uno. A Cristina, su inteligencia excepcional casi la llevó a empezar el instituto cuando tenía 7 años, por una sugerencia de sus profesores que su madre no aceptó. «Creo que fue una buena decisión porque vas creciendo con gente de tu edad y cosas afín», sopesa. Más adelante dejó de asistir a clases por falta de un feedback de los profesores y terminó aprobando exámenes recuperatorios con buenas calificaciones. Para Yago, sin embargo, saber que su mente siempre discurría más rápido que la de los demás, no le supuso cambios porque siempre se permitió aprender sobre todo lo que le apetecía. «Saber que tienes una capacidad elevada no marca diferencia. No dices “tengo altas capacidades, debería estudiar física cuántica”. Sigues siendo la misma persona», dice. 

Para desmitificar un poco más esa imagen de perfección con la que, generalmente, se asocia a las personas con altas capacidades intelectuales, estos jóvenes señalan sin miedo algunas debilidades que comparten. «Somos muy despistados, y la sensación de ser idiotas es mucho mayor», dice Laida, quien relaciona su confesión al efecto Dunning-Kruger, que sostiene que la gente inteligente es más consciente de lo que no sabe, entonces cree que es más ignorante, y la gente más ignorante, normalmente cree que sabe más de lo que realmente sabe, porque no es consciente de todo lo demás. «Cuanto más conocimiento adquieres, más te das cuenta de que no sabes. Te subestimas en todo», agrega Yago.

Ese pensamiento desmesurado no es incompatible con el humor, otra de las características que podría diferenciarlos de los demás. Aparecen con bromas más finas, juegan con el doble sentido y con respuestas más rápidas y muy ocurrentes; aunque aclaran que el tipo de humor que se exhibe en general también les hace gracia.

 «Un club social como cualquier otro»

Creer que el club de los superdotados se reúne solo para hablar de ciencia, resolver ecuaciones y la teoría del todo es un error. Basta con ver los temas de la liga de debates que organizan cada año para saber que no solo piensan en temas de enciclopedia. Y es que, cuando de argumentar se trata, no importa si hay que discutir sobre «Pollo con arroz, o arroz con pollo», como en el encuentro de la última liga, o sobre «si es políticamente correcto que los niños nacieran desnudos».

«Se trata de explotar la creatividad siempre. No importa que sea correcto o no, sino de que seas capaz de generar una argumentación sobre algo y cómo te relacionas con la argumentación opuesta», explican Yago y Cristina quienes ganaron el debate del encuentro anterior sobre «Si la destrucción de la Estrella de la Muerte fue un ataque terrorista o no».  

La reunión anual de Mensa, la RAM, se celebra durante el puente de la Constitución cada año en una ciudad distinta. Durante esos cuatro días tienen actividades deportivas, visitas culturales, charlas, una fiesta de disfraces, juegos como el escape room y, sobre todo, una amplia propuesta de juegos de mesa. La preferida de este grupo es la de Los Hombres Lobo.

Luego están las reuniones mensuales por comunidad y territorio. En A Coruña se reúnen el primer sábado del mes, mientras que en Vigo tratan de que las reuniones sean más frecuentes.

Por la cantidad de socios y su distribución a nivel nacional, muchas de sus actividades son virtuales y se gestionan a través de los GIE (Grupos de Interés Especial) que reúnen a miembros con intereses comunes. Hay GIEs de filosofía, de matemáticas o de historia, pero también están los de jardinería, cocina, música, y videojuegos. Algunos grupos tienen nombres muy sugerentes como GIENUS (para los mensistas muy despistados), o el que destaca por su misión de «dominar el mundo», cuyo nombre prefirieron mantenerlo aún en secreto, bajo risas de complicidad.

Los tres afirman que en Mensa encontraron lo que que buscaban desde el principio: conocer gente diferente. Hicieron amigos que tienen desde 11 a 60 años y que pueden compartir un juego de mesa o una charla con total igualdad. «Es curioso porque no das por hecho de que saben algo o no, ni con el niño, ni con el de 60. Pueden compartir un montón de cosas», dice Laida.

Para remarcar el sentido del humor del grupo, hacen una confesión final sobre su plan de dejar en este reportaje la idea de que podían comunicarse telepáticamente. Un silencio en medio de una pregunta y un juego de miradas sería la pista. Pero ese silencio fue aplacado con discusiones sobre «si la hamburguesa debería llamarse hamburguesa» y con las anécdotas sobre la membresía que Lisa Simpson consiguió en Mensa.

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