El peor regalo de Reyes de Manuel

Era el último día de caza, el 6 de enero; Manuel fue al monte, regresó a casa sin una sola pieza y con la imagen imborrable de un cadáver nevado entre dos candelabros

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a estrada / la voz

Hubo una época en la que para Manuela el fin de la temporada de caza era el mejor regalo de Reyes. Su marido, Manuel Pereira, salía al monte siempre que podía y, cada vez que él se iba, ella se quedaba con el corazón en un puño. Sucedía así desde que un día él había vuelto a casa con una herida de un disparo fortuito. Antes de ir al médico, Manuel completó la jornada de caza como si aquello fuese un rasguño. Manuela le declaró la guerra a las escopetas.

De aquel episodio no han quedado más secuelas que unas cuantas discusiones conyugales bien llevadas y un par de perdigones de plomo asentados en el muslo de Manuel.

«Aínda non sei como viñeron deixala aquí. Menudo regalo de Reis», cuenta Manuel resignado. La huella imborrable en el historial de caza de Manuel la ha dejado otro capítulo más tétrico del que fue testigo por infortunio. Sucedió el 6 de enero de 1994. Ya estaba Manuela feliz por el fin de su calvario y Manuel aprovechando el último día de caza. «Andabamos aos coellos un primo, un sobriño e máis eu polo monte de Enviande, en Montillón», recuerda Manuel Pereira. En ese remoto paraje de Souto (A Estrada) los cazadores hicieron el peor hallazgo de su vida. «Os cans deron todos en ladrar. Achegámonos meu primo Juan e máis eu, porque o meu sobriño Antonio andaba máis lonxe. Juan chegou primeiro e díxome: ‘Mira, unha muller morta’. Eu díxenlle: ‘Ti estás tolo’. Pero mirei por riba duns toxos e xa a vin», cuenta. «Ningún dos dous a coñecía. Estaba colocada no chan, descalza, coa neve cubríndolle parte da cara e cun candelabro a cada lado da cabeza. Colocadiña coas mans cruzadas, talmente como se estivera na caixa. Esa imaxe non a esquezo na vida», cuenta. «El aínda lle dou unha volta arredor e díxome: ‘Ten un burato detrás da orella’», explica Manuel. Aquello era más de lo que el cazador quería saber. «Meu primo preguntoume se seguiamos de caza, pero eu, por onde fun, vin. Marchei coa escopeta na man. Se me saía alguén dos piornos aínda me quedaba algún cartucho...», recuerda. «Eu pensaba: ‘Aínda van a estar aquí metidos’. Era monte cerrado e había uns piornos para riba que non vías nada», cuenta.

Al llegar a casa, Manuel, sugestionado por aquel hallazgo, se llevó un buen susto. «Viñéranmos traer un saco de patacas e deixárano no medio da escaleira. Eu entrei sen prender a luz e batín con aquel vulto», cuenta ahora riendo. «Pegou un berro...», confirma su mujer.

Después llamó a la Guardia Civil y no quiso saber más del asunto. Tuvo que acompañar a los agentes hasta el camino de acceso a la zona, pero se resistió a presenciar el levantamiento del cadáver. «Foron Juan e máis Honorio, que era o alcalde de barrio. Tiveron que baixar o corpo nun tractor porque non había acceso», recuerda.

Por la noche, Manuel no podía dormir. Se preguntaba quién sería la mujer, quién el asesino y a qué venían aquellos candelabros inquietantes.

La investigación posterior desveló el misterio. La víctima era Rosario González, una joven de 21 años nacida en Francia y residente en Portugal, donde trabajaba en un club de alterne. Allí había conocido a sus asesinos, Alfonso Iglesias, un joven de Campolameiro de 22 años afincado en Andorra, y Fernando Murais Rodrígues, nacido en Angola y de nacionalidad portuguesa. La chica, que usaba el sobrenombre de Paula, se integró en la banda de atracadores de Alfonso y Fernando. Asaltaron bancos, gasolineras y locales en el entorno de A Estrada. El día de fin de año de 1994, Rosario anunció que quería dejar la banda. Amenazó con informar a la policía. Ellos la mataron y dejaron el cuerpo flanqueado por dos candelabros «en señal de cariño». O eso dijeron.

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