«El día que "parí" a mi hijo fue el más feliz de mi vida»

Octavio Villazala (Lugo, 1966) es un educador canino que exprime todo el potencial de los perros en su centro Montegatto


redacción / la voz

Ni encantador de perros ni educador canino. Él prefiere por cargo «O Bicheiro», un sobrenombre como El hombre que susurra a los perros, o ese «O home dos animais» con que le apuntó Núñez Feijoo al conocerle. «Gustaríame que o presidente tivese un can mesturado, de canceira», expresa con orgullo gallego Octavio Villazala (Lugo, 1966), que dirige el hotel canino Montegatto y exprime el potencial terapéutico canino. De su mano, los perros han entrado en hospitales y colegios. «Llevamos dos años trabajando en el materno infantil de A Coruña, en un proyecto de investigación con perros, y ahora bajamos del cielo a la tierra, porque pasaremos de la sexta planta al hospital de día», revela el que fue de niño el varón más deseado de la casa, con tres hermanas mayores. Él, que se casó con su marido una hora antes de entrar en quirófano para operarse de cáncer, defiende la épica del amor. Y también la nobleza de nuestra parte animal.

-¿Por qué ha volcado su vida en el mundo canino?

-Uno ama, se enamora y tiene empatía con lo que conoce. Yo de pequeño fui un tío infeliz. Conocí pronto el dolor. El dolor por varias causas. Entre otras, la muerte prematura de mi madre... Se murió en un momento difícil para mí, yo tenía 20 años. La homosexualidad era un tabú, y ella se murió sin saber algo importante sobre su hijo. Al fin y al cabo, somos seres sexuados.

-¿Nos hemos librado del tabú?

-Hoy aparentemente estamos muy liberados, pero es de boca para fuera, un «si pasa en la casa del vecino, mejor». Hay un doble lenguaje, el del «sí pero no» en igualdad. No hemos avanzado tanto. A mi hijo aún le gritan en el campo de fútbol: «Negro, ¡sácate de ahí!». Yo soy amigo de los desheredados, porque me siento un desheredado. Pero no soy un desheredado pasivo.

-¿Hombre de fuerte carácter y gran corazón?

-Yo distingo entre temperamento y carácter. El carácter se va forjando, pero con temperamento naces. Yo nací bravo-bravo. Y en el campo de batalla me veo dejándome la vida, nunca detrás. Me siento Alejandro Magno, con un gran amor y una lucha. El amor es incluso algo científico, las bacterias se van juntando porque se sienten solas. Nosotros... igual. Podemos decorarlo, pero nos unimos para no sentirnos solos. No me gusta tampoco el amor de «poner la otra mejilla».

-¿No se aprende del dolor?

-Es parte de la vida. Y yo tengo mis contradicciones, a veces también necesito entrar en una iglesia. Yo he aprendido tanto del dolor...

-¿Defiende la épica romántica?

-Sí, y la libertad. Pero para llegar hasta aquí, donde estoy, he tenido que pasear por sitios sombríos. Yo doy la cara; no hay mayor valor que ir de frente.

-¿Es religioso?

-No. Soy espiritual. No soy creyente, soy sintiente.

-¿Los animales son personas?

-Los animales no son hipócritas; si quieren meter un dedo en el culo lo hacen. Distingo la inteligencia de la culturización. La inteligencia es la capacidad de adaptarse al medio, de empatizar con los demás. Y esto lo tienen todos los animales... salvo los reptiles. Y nosotros, por cierto, también venimos de ahí. Tenemos un lado reptiliano, que es nuestro lado más rastrero.

-Confiese un defecto soberbio.

-Hablo a trapo. Yo soy soberbio, pero también noble como un caballo. Y además soy bastante ordinario. Cuando alguien de la city me dice: «Yo es que tengo una aldea, ¿sabes?», me pregunto si la tiene en propiedad.

-¿Un buen lugar para tomar decisiones?

-Debajo de la ducha a primera hora, a las seis de la mañana.

-¿Cómo recuerda su boda a las puertas de un quirófano?

-Era un día gris, era febrero, era mi segunda cirugía por el cáncer. No teníamos invitados y apareció todo el pueblo y nos tiraron arroz. Me emocioné mucho.

-El suyo es un amor que suma ya más de veinte años...

-Sí, son 22. He notado tantas veces que él me quiere como quiero que me quieran... ¡Pero es pesadísimo con la comida! Me recuerda tanto a mi madre... «¡Cómete las croquetas!».

-Su madre fue su primer amor.

-Sí, ella era muy folclórica. Se metió a vivir en Oza dos Ríos pero cantaba Schubert por toda la casa. Era maravillosa, agotadora.

-¿El día más feliz de su vida?

-El día más feliz de mi vida fue el día que «parí» a mi hijo. África, Costa de Marfil, 35 grados. El orfanato. Cuando vi a Ernest pensé: «Es el niño con el que yo soñé. Es él». Y no paré de llorar.

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