«Aínda me corto ao falar en público; non quero que me vexan como a tatexa»

El estigma sobre esta disfunción neurológica aún pesa en una sociedad que está empezando a cambiar el chip


redacción / la voz

Cuando era niña, ni se daba cuenta. «Non me decataba, nin importancia lle daba», explica. Fue al llegar al instituto cuando, como dice, «me empecei a angustiar». Marta, una joven que aún no ha cumplido los dieciocho, cuenta que se empezó a notar diferente. «Notábame observada. A partir dos 13 ou 14 anos paseino bastante mal. Aínda o ano pasado tiña que facer unha presentación e angustieime tanto que empecei a chorar. Coartábame á hora de falar. Ás veces ata dicía que non tiña algo feito para non ter que explicalo en alto». Ahora ha superado esa angustia, aunque reconoce que, a veces, «aínda me corto ao falar en público ante xente descoñecida. Non quero que me identifiquen como a rapaza que tatexa». Lo que le ocurre a Marta es que tiene una disfunción neurológica que le provoca tartamudez.

Según los datos que maneja la Fundación Española de la Tartamudez, es un trastorno que afecta al 1 % de adultos a nivel mundial y a un 5 % de la población infantil. Con todo, la vicepresidenta de la entidad, Yolanda Sala, hace hincapié en que «no estamos diciendo que ese porcentaje sean ‘niños tartamudos’, decimos que el 5 % tienen disfluencias entre los 2 y 5 años, la etapa de construcción del lenguaje, y al existir la posibilidad de remisión hasta en un 80 %, no podemos ni debemos colgarles ese cartel, con la carga psicológica que esto implica. Por ello hablamos de disfluencias infantiles».

El asunto resulta interesante porque, aunque la sociedad comienza a cambiar el chip, todavía pesa el estigma sobre esta disfunción. Por eso, como apunta Marta, «sería bo que houbera programas de nenos que contribuirán a que isto se normalizara máis».

También es bueno descubrirlo cuanto antes. En este sentido, la logopeda Raquel Escobar, apunta que «el tratamiento temprano puede contribuir a una notable mejora porque esta es una disfunción que precisa intervención y, cuanto antes, mucho mejor». Explica que «hay que hacer un diagnóstico diferencial en niños que comienzan a presentar disfluencias para distinguir lo que puede ser un mero titubeo, propio de la edad, de una disfemia o tartamudez persistente».

Las pautas para detectarla

Su método con menores de entre 2 y 5 años es hacer un tratamiento familiar en el que los progenitores deben implicarse para darle a los niños un patrón de habla del pequeño. La familia tiene la posibilidad de repetir estas actuaciones una o dos veces al día. En cuanto empiezan a hacer fuerza o hablar rápido lo que hay que intentar es que, por ejemplo, hablen más despacio. Y suave, cuanto antes.

Además, apunta es que, al contrario de lo que se pensaba hace años, el origen de la disfemia no son cuestiones de carácter psicológico, «es una disfunción neurológica. Eso no quiere decir que no puedas controlarlo, pero es atrevido decir que puede desaparecer del todo». Y da algunas pistas para los padres a la hora de detectar la tartamudez: «Hay muchos casos que tienen una carga genética importante (entre un 60 y un 80 %), además cuando observamos que hacen fuerza al hablar porque no les sale o cuando dan vueltas para contar algo evitando una palabra». Cuando observan indicios de este tipo, recalca que es muy importante «no hay que esperar, hay que consultar con un logopeda especializado en el tema».

Desde la Fundación Española de Tartamudez Yolanda Sala apunta que «hay muchas variantes, tantas como personas que tartamudeamos». Por eso, añade, «no hay un método universal para todos, del mismo modo que no es lo mismo tratarla en adultos que en niños».

En este sentido, destaca que «en el caso de los niños un diagnóstico a tiempo es de suma importancia». Tras haber realizado diversos trabajos de investigación, explican que una de las más relevantes es la de haber traído a España el método Lidcombe, ideal para los más pequeños. «A modo de juego, logra una integración social y verbal, participando en ello toda la familia, incluidos los docentes. Cuenta con resultados extraordinarios en Canadá y Reino Unido».

En cambio, cuando es tratada en personas que ya son adultas es más complicado: «No hay una cura para la tartamudez La logopedia y la psicología nos pueden dar herramientas para convivir de un modo amable con esta peculiaridad y poder comunicarnos con más fluidez, pero es muy complicado recuperar un habla fluida en edad adulta».

Una peculiaridad que puede llegar a generar estrés o baja autoestima

En un mundo donde la comunicación verbal condiciona nuestras vidas, esta disfunción puede provocar graves consecuencias a los que la presentan. Desde la Fundación Española de Tartamudez destacan, por ejemplo, que el niño puede notar vergüenza en el aula. No solo eso porque incluso puede limitarlo en el momento de elegir su futuro laboral o, en casos más extremos, puede derivar en un acoso escolar que influirá en su desarrollo.

Más adelante, a nivel laboral, como añaden, puede influir en el desarrollo de la carrera al suponer en algunos casos un obstáculo a la hora de pasar una entrevista. No por la valía que pueda tener para desempeñar el puesto al que opta, más bien por los perjuicios con los que todavía puede encontrarse por parte del entrevistador.

A nivel social, comentan desde la Fundación, es común a veces que eviten hablar en público para evitar burlas o para no aburrir. Todo eso genera estrés, baja autoestima o fobia social.

Sobre las últimos trabajos en torno a esta disfunción, cómo corregirla y los problemas a los que ha de enfrentarse el niño que la tiene en la escuela hablarán en la quinta jornada de Tartamudez en edad Pediátrica y Adulta que organiza en A Coruña el 16 de junio la Fundación Española de Tartamudez, con la colaboración del Colegio Profesional de Logopedas de Galicia.

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