«Estabamos esperando e non volveron»

Pepita es una de las viudas que hace 55 años aguardaban la llegada a puerto del buque, que debería haber completado la ruta entre Boston y A Coruña. Nunca apareció.


RibeirA / lA Voz

El 21 de diciembre de 1963 tendría que haber llegado al puerto de A Coruña el carguero Castillo Montjuich, pero no lo hizo. Ni al día siguiente, ni al siguiente, ni al siguiente... Y así empezó una espera eterna, porque ni el buque ni su carga ni ninguno de sus 37 tripulantes aparecieron nunca. Simplemente desaparecieron en algún punto del Atlántico dejando en sus familias una herida que casi 55 años después no se ha cerrado. Eso se nota al hablar con Josefa Santos, Pepita.

Obviamente, ella no iba a bordo de ese barco, pero es una de las viudas que aquel aciago diciembre aguardaban el regreso a tierra de los suyos y puede hablar de la tragedia en primera persona: «Estabamos esperando a que volveran e non daban chegado, nunca volveron. O 17 de decembro o barco deu o último sinal e nunca máis se soubo deles».

A pesar de su amabilidad, se nota que a Josefa no le gusta hablar del naufragio del Castillo Montjuich. Responde a las preguntas sin explayarse demasiado, como si no quisiera recordar una época en la que se vio viuda y con una niña de cuatro años a su cargo. «Ía moita xente de por aquí, da Pobra do Caramiñal, de Muros, de Corrubedo... Eran case todos de por aquí. De Corrubedo había un que se ía xubilar ao volver daquela viaxe», cuenta. Posiblemente, hable de Juan González Santos, que era engrasador y tenía 57 años cuando el barco desapareció. Emilio Lijó, el marido de Josefa, de A Pobra, tenía 38 años y era uno de los fogoneros del barco. «Xa levaba moito tempo traballando nesa compañía, Elcano».

Junto a ellos navegaban otros 35 hombres, cubrían la ruta entre Boston y A Coruña con un enorme cargamento de cereal. Josefa relata lo que recuerda de aquella travesía: «Viñan cargados para A Coruña e había un temporal moi grande. Foi todo ao fondo, nunca apareceu nada, nin eles nin rastro do barco».

Tampoco está claro en qué punto del Atlántico se fueron al fondo, aunque por la posición que dio el Castillo Montjuich en su última comunicación, se les buscó en la zona de las Azores. Sin embargo, las alarmas tardaron varios días en saltar, puesto que, según las crónicas de aquel mes de diciembre, lo habitual era que el buque notificase su situación cada tres días.

Por eso, la noticia de su desaparición tardó un tiempo en llegar a las familias: «Soubémolo de alí a uns días, agardando por eles. Estabamos esperando e non volveron», cuenta Josefa con tristeza. Sobre las causas del naufragio, no hay certezas y sí varias hipótesis de qué pudo pasar. Según recogen las páginas de la época de La Voz de Galicia, el hundimiento rápido de proa, una vía de agua que alcanzó el grano que transportaba o que el buque se partiese eran las opciones que se barajaban para explicar la misteriosa desaparición del carguero.

Aún no había cumplido los 30 y Josefa se había quedado sola, aunque tenía una ventaja con respecto a vecinas suyas que también perdieron a sus maridos en el Castillo Montjuich, un oficio. «Eu ía traballar á fábrica, pero cando quedei embarazada o meu home quixo que deixara porque tiña medo de que me pasara algo e montei a miña perruquería na Pobra».

Así logró salir adelante y pudo rehacer su vida, se volvió a casar, y esta vez fue ella la que cruzó el Atlántico en busca de una vida mejor: «Fomos para América porque non quería que o meu home volvera ir navegar. Non quixen saber nada máis de ir ao mar, xa me chegou».

En Nueva Jersey instaló su residencia, y, pese a enviudar de nuevo, allí la mantiene junto a su hija y sus nietos, aunque pasa largas temporadas en A Pobra; junto al mar desde el que despidió a su marido hace más de medio siglo.

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