Un fármaco, en el banquillo

El «juicio del siglo» por los efectos de la talidomida, cambió el desarrollo de medicamentos


Redacción / la voz

El año que cambió el mundo

«Quizá aquí hoy ha comenzado a verse la irresponsabilidad de la ciencia», rezaban las crónicas de hace justo medio siglo. Fue en una antigua cantina de mineros, una improvisada corte de justicia arreglada para la ocasión, donde el 27 de mayo de 1968 se inició en la pequeña localidad alemana de Alsdorf el que entonces se llamó el juicio del siglo, el de la talidomida. Detrás quedaban seis años de instrucción y miles de víctimas en todo el mundo. Por delante, la advertencia del propio tribunal de que el proceso, con cientos de testigos citados, se prolongaría «hasta el extremo poco acostumbrado de dos años». Todavía hoy sorprenden las imágenes de los afectados por aquel fármaco sintetizado en 1954 y que el laboratorio Grünenthal comenzó a comercializar el 1 de octubre 1957 como una alternativa más segura que los barbitúricos contra el insomnio, un sedante que se llegó a publicitar como «inocuo como un caramelo», para el que no se necesitaba receta médica y que, además, funcionaba contra las náuseas del embarazo. Rápidamente se comercializó en más de 40 países en formatos diferentes.

Hasta que apenas cuatro años después un pediatra y genetista de Hamburgo llamó la atención sobre el notable incremento de niños nacidos con focomelia, curioso nombre para una malformación que, en muchos casos, se manifestaba con manos y pies saliendo directamente del tronco. Apenas un mes después, otro médico apuntaba lo mismo ya en Australia y en EE.UU. una joven pediatra puso tantas trabas que la administración de drogas y alimentos no llegó a autorizar su venta. Sin embargo, Norteamérica tampoco quedó al margen: más de un millar de médicos, convencidos por la industria, lo habían dado a probar.

El laboratorio, aún sin reconocer la relación de la talidomida con tales efectos, remitió una nota a médicos y farmacéuticos desaconsejando su prescripción a embarazadas, aunque no lo retiró del mercado. Sobre esa nota se basó gran parte del aquel primer juicio en Alemania, que subió al estrado a 396 niños de corta edad mostrando al mundo las terribles secuelas de un fármaco que, según los estudios realizados después, hasta en un 40 % de los casos provocaba la muerte del bebé antes del primer año de vida, cuando no nada más nacer, y del que en algunos casos bastaba una sola dosis para provocar daños irreparables no solo en las visibles malformaciones en las extremidades.

El día del comienzo del juicio, el fiscal cifraba en al menos 5.000 los niños nacidos deformes. Las cifras, nunca fijadas, se elevaron después por encima de 20.000. En Galicia, pocos recuerdan ya aquellos nacimientos que truncaron vidas y cargaron de un sentimiento de culpabilidad inevitable, perpetuo e irreparable a las madres de los bebés de la talidomida

En España, hasta 1985

Si aquel primer juicio alemán se cerró en una sentencia que no reconocía más que imprudencia, pero no dolo, saldada con indemnizaciones, en España la lucha de los afectados fue mucho más larga. Pese a una normativa de la OMS que prohibió la venta del antiemético ya en 1964, existe constancia de que en nuestro país siguió administrándose hasta 1985. Una vez truncada toda esperanza de las asociaciones de víctimas hasta por la Corte de Derechos Humanos de Estrasburgo -los tribunales llegaron a decretar prescrito el caso-, el Ministerio de Sanidad abrió el 19 de enero pasado, medio siglo después, un plazo de seis meses para que los afectados nacidos entre el 1 de enero de 1955 y el 31 de diciembre de 1985 soliciten la evaluación de su caso. De confirmarse la relación de sus anomalías congénitas con la talidomida, pasarán a formar parte del registro de afectados con derecho a indemnización por parte del Estado como heredero de aquella Administración que permitió su dispensación.

Suceda lo que suceda y aun cuando se logre una compensación económica, ya hace cincuenta años el juez sentenció sobre la imposibilidad de resarcir el dolor: «Ninguna de estas madres puede tener la esperanza de olvidar su tragedia», dijo el magistrado.

Aquel juicio del siglo, todavía irresuelto para muchos, cambió para siempre la visión sobre los efectos del consumo de medicamentos y su desarrollo. Hoy, quizá más por temor que por fortuna, la investigación farmacológica está sometida a controles y requisitos de seguridad que nada tienen que ver con la laxitud, probablemente mezclada con intereses económicos, que entonces sacrificó las vidas de miles de niños.

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