Las «locas» que en 1989 dijeron «yo sí te creo» ante otra sentencia aberrante

El caso de la Manada hizo que históricas feministas de Pontevedra recordasen el fallo de «la vida licenciosa»


pontevedra / la voz

Antolina Fernández descuelga el teléfono y una le dice que la llama para hablar de lucha feminista en los ochenta en Pontevedra, en la que ella estuvo en la trinchera. «Inténtoo, pero eu xa paso dos sesenta anos e estou un pouco fóra da primeira liña, non sei se recordarei moito», dice. Sin embargo, es pronunciar tres palabras, «la vida licenciosa», y que su memoria empiece a funcionar de forma fulminante: «Diso claro que me lembro, a da vida licenciosa penso que foi unha das primeiras sentenzas, xunto con aquela da minisaia, na que as mulleres protestamos porque nos sentimos case violadas pola Xustiza. Lémbroa ben, dicía que unha veciña que denunciara unha violación levaba unha vida licenciosa e desordenada. E dicía tamén que se puxera en disposición de ser usada sexualmente, coma se fose un obxecto», recuerda. Su voz se va enfureciendo al otro lado de la línea a cada palabra, como si además de la memoria recuperase el estupor que sintió en 1989, cuando se plantó con sus compañeras feministas delante de la Audiencia de Pontevedra para entonar consignas equivalentes al «yo sí te creo» que simboliza el enfado con el fallo de la Manada. Antolina sentencia: «Vou reunir ás que estivemos nesa batalla. Isto temos que contarcho, para que vexas que a loita vén de longo».

Efectivamente, Antolina cumplió y este sábado se reunían ella, Anne, Malú, Concha, Mari Carmen y Bea, todas feministas activas en los setenta, los ochenta y los noventa en Pontevedra. Sobre la mesa, unos cafés y un álbum de fotos blanco y verde que Mari Carmen guarda como oro en paño. Van pasando las imágenes y van brotando los recuerdos. En una fotografía están en plena movilización, ante la Audiencia de Pontevedra. «Aquí logramos que viñeran compañeiras de toda Galicia a apoiarnos». Una pregunta entonces cómo surgió todo, cómo lograron, sin WhatsApp ni redes sociales, que su grito se hiciese fuerte en aquella España que se desperezaba del franquismo. Y ellas cuentan. Las seis explican que la lucha empezó en los setenta. «Eramos poucas pero moi ben organizadas na Asemblea de Mulleres de Pontevedra e en conexión coas compañeiras de toda Galicia», afirman. Se reunían en la planta alta de la tienda de una mujer. Eran pocas pero muy diversas, desde gente que venía de la izquierda a otras de la Sección Femenina franquista. Debatían. Reflexionaban. Pensaban. Y, sobre todo, se apoyaban: «Non había nada, non había teléfono de maltrato, non había institucións detrás, non valían as denuncias de maltrato de oficio... só nos tiñamos unhas ás outras. Se había que levar a unha muller maltratada á nosa casa, levábase», indican. Reconocen que la situación era demoledora. Se acuerdan de una mujer que se desahogó en una asamblea, no logró denunciar y poco después leyeron su esquela. Sí, la había matado su pareja. Señalan que aquellas reuniones tenían coste personal. «A mí me supuso muchos problemas acudir, muchas parejas se rompían», reconoce Anne. Pero dicen que aun así imperaba el optimismo: «Estaba todo por facer, chegou a lei do divorcio, a do aborto... había esperanza».

Las históricas jornadas

En 1988 acudieron en Santiago a unas jornadas feministas históricas. Fueron días de consignas y rosas -también de palos policiales- que se esfumaron pocos meses después, cuando llegó «la vida licenciosa». Otra vez, parecía que se habían dado pasos de gigante y que, sin embargo, no se había avanzado un milímetro: una mujer de 22 años denunciara que dos jóvenes con los que se había marchado de madrugada de una discoteca de Pontevedra la llevaran a un monte, la violaran y luego la dejaran allí tirada. El fiscal lo tuvo claro: los hechos eran constitutivos de un delito de violación y pedía para ellos una pena de doce años de prisión. Pero la sentencia de la Audiencia de Pontevedra no solo fue absolutoria, sino que puso el acento en la vida «desordenada» de la mujer. Ellas no miraron para otro lado. Intentaron llegar a la denunciante, que prefirió marcharse de Pontevedra. «¿Como non ía irse? Ademais do que pasou esa noite, a ela violárona a Xustiza e a sociedade», dicen. Se resignaron a no poder ayudarla. Pero no renunciaron al pataleo.

Se manifestaron ante la Audiencia de Pontevedra. Y lograron pintar un mural callejero en el que se leía «inhabilitación maxistrados machistas», aunque tuviesen que correr para esquivar los porrazos. Malú, Antolina, Bea, Anne, Concha y Mari Carmen corean las consignas de entonces, el «basta ya de agresiones» o el «quiero salir sola» y da la sensación de que, en vez de recordar lo que pasó en 1989, hablan de las movilizaciones feministas de la semana pasada. ¿No hubo avances? «Sí. Las cosas siguen mal, pero hay más sensibilidad social. Entonces, éramos cuatro locas, feas y lesbianas, como nos decían», concluyen, mientras un rayo del sol de mediodía se posa en su café de rebeldía.

El Supremo dijo que los magistrados no acertaron en sus palabras, pero sí en el dictamen

La sentencia de «la vida licenciosa», como todo el mundo la recuerda en Pontevedra, si bien no tuvo contestación social más allá de las feministas, sí fue muy criticada en el ámbito judicial y político. El ahora magistrado del Supremo Luciano Varela, que había sido el juez instructor de esta causa, fue una de las personas que mostró su oposición a los términos que se recogían en el fallo. Lo hizo en distintos medios de comunicación de forma contundente. También el Consejo General del Poder Judicial había indicado que la sentencia podía conculcar derechos fundamentales. Y dos ministros de la época, la de Asuntos Sociales y el de Justicia, arremetieron contra el texto legal. Más allá de las opiniones, lo que ocurrió fue que, tras el polémico pronunciamiento de la Audiencia de Pontevedra, el caso llegó hasta el Tribunal Supremo gracias a un recurso interpuesto por el fiscal. No hubo condena. El Supremo indicó que, si bien las expresiones utilizadas en la sentencia no eran acertadas, sí se apoyaba la absolución de los acusados.

El Supremo, literalmente, indicó sobre la polémica sentencia: «Probablemente la redacción misma de la sentencia que ahora se impugna ha enturbiado su cabal entendimiento. Las referencias a la vida de la denunciante, las indicaciones respecto a su presencia en la discoteca a altas horas de la noche y, sobre todo, la frase absolutamente desafortunada y, por consiguiente, no aceptable en relación con la citada denunciante en cuanto a que esta se puso en disposición de ser usada sexualmente [...] han impedido probablemente situar el problema en sus justas realidades».

¿Y si somos juezas?

A la Asamblea de Mulleres de Pontevedra no la convenció la posición del Supremo. Dicen que entonces entendieron que, si la Justicia iba por detrás, su feminismo adelantaría por la izquierda. Y cuentan una maravillosa anécdota. Una de las feministas presenció una paliza de un marido a su esposa en Marín. Le prometió a ella que volvería en una hora con una jueza que diese parte. Llamó a otra compañera de la asamblea, le pidió que se metiese en el papel de jueza y allá se marcharon.

«Foi tremendo, el creu totalmente que eramos do xulgado», recuerdan. El hombre, al que mujer e hijos intentaban sin éxito echar de casa, abandonó al fin el hogar. Y no, no hubo más palizas. Fue una victoria.

Las frases del fallo

«Las circunstancias personales de la ofendida y las objetivas concurrentes en el desenvolvimiento de los hechos hacen dudar de que hubiese mediado fuerza o intimidación»
«Mantiene una vida licenciosa y desordenada, como revela el carecer de domicilio fijo, encontrándose sola en una discoteca a altas horas de la noche»
«Se presta a viajar en el vehículo de unos desconocidos [...], poniéndose así, sin la menor oposición, en disposición de ser usada sexualmente»

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