Hawking inicia su viaje a las estrellas

El físico británico superó su incapacidad física para convertirse en el símbolo de la popularización de la ciencia, equiparable en cuanto a celebridad a Albert Einstein

A Hawking le diagnosticaron ELA a los 21 años, pero nunca se rindió
A Hawking le diagnosticaron ELA a los 21 años, pero nunca se rindió

redacción / la voz

Nació en Oxford un 8 de enero de 1942, justo 300 años después de la muerte de Galileo, y murió en Cambridge este 14 de marzo, el mismo día en que un tal Albert Einstein vino al mundo y en el que los matemáticos celebran el Día de Pi. No hay duda de que Stephen Hawking estaba predestinado a la ciencia, aunque nunca creyese en el azar. Quizás no a la física, porque su primera vocación fueron las matemáticas, pero en el University College de Londres, donde vivía con su familia, no se impartía este grado. Fue el destino, el mismo que años después quebró con su voluntad, el que le abrió las puertas de la física, gracias al que se convirtió en una de las mentes más brillantes de la especialidad y en el científico más popular del último siglo después de Einstein, aunque nunca haya ganado el Premio Nobel.

Fue un genio en silla de ruedas, aunque su mayor contribución la haya obtenido en su faceta de divulgador. Fue el hombre que bajó el universo a la tierra para hacerlo comprensible a la sociedad y, de paso, conquistar con su ejemplo a miles de vocaciones. «Quieren un héroe de la ciencia. Y yo respondo al estereotipo del genio discapacitado, porque estoy claramente discapacitado, pero no soy un genio como lo era Einstein», reconoció hace dos años. Siempre le había molestado que lo comparasen con Einstein o con Newton, del que fue uno de los sucesores en la Cátedra Lucasiana en la Universidad de Cambridge. Cierto que su legado no puede equipararse al de ambos monstruos, pero tampoco ninguno de los dos se enfrentó a sus dificultades. Su capacidad de superación fue única y un auténtico ejemplo desde que en 1963, a los 21 años, le diagnosticaron esclerosis lateral amiotrófica (ELA), una enfermedad degenerativa que no solo lo condenó a vivir en una silla de ruedas, sino que también le había puesto un plazo a su vida. Podría resistir, según los médicos, dos o, a lo sumo, tres años más. Pero no claudicó y la vida le regaló 52 años más, en los que, dijo, «vivió de prestado», pero siempre manteniendo su espíritu inquieto y su curiosidad por lo nuevo, la que le llevó a seguir trabajando en la Universidad de Cambridge hasta poco antes de su muerte, cuando empeoró de su enfermedad.

«Por muy mala que sea la vida, hay siempre algo que puedes hacer y tener éxito. Siempre que haya vida hay esperanza, y no hay que rendirse nunca», dijo. No lo hizo, ni tampoco le tenía miedo a la muerte, aunque no tenía prisa por morir: «Es tanto lo que quiero hacer... ». Resistió incluso cuando en 1985, en una visita al Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN), una pulmonía estuvo a punto de acabar con él. Una traqueotomía le salvó la vida, pero se llevó su voz. Dependía, desde entonces, de un sistema de voz computerizada para comunicarse. Tampoco así limitó su actividad. Tuvo una vida plena, con dos mujeres, pese a que reconoció que nunca llegó a entenderlas, tres hijos, dos nietos y un trabajo que le apasionaba.

Un genio sin Nobel

Su mayor contribución a la ciencia, de hecho, la hizo conviviendo con el ELA. Mostró, junto con Roger Penrose, que la teoría de la relatividad de Einstein implicaba que el espacio y el tiempo tenían un comienzo en el big bang y que pueden tener un final en los agujeros negros. Sus resultados indicaron que era necesario unificar la relatividad general con la teoría cuántica. Y una consecuencia de ello fue su descubrimiento de que los agujeros negros no lo eran del todo, sino que podían emitir radiación, la llamada radiación de Hawking, para finalmente evaporarse y desaparecer. Esto implica que la forma en que comenzó el universo estaba completamente determinada por las leyes de la ciencia. Un hallazgo genial que se quedó sin Nobel. ¿Por qué? Porque aún no se comprobó empíricamente. Cuando se detecte la radiación que lleva su nombre lo recibirá a título póstumo.

Fue un gigante de la física, aunque quizás su mayor legado fue él mismo y su figura, convertida en un icono de la ciencia. Nadie como él, ni el mismo Carl Sagan, contribuyó a su popularización. Era el más célebre y venerado y su libro de divulgación Breve historia del tiempo vendió más de diez millones de copias, algo que parecía inconcebible. A esta labor de difusión ayudó su participación en series como Los Simpsons, Star Treck, The Big Bang Theory o la película que se rodó sobre su vida, La teoría del todo. Su voz incluso se puede oír en la canción Keep Talking, de Pink Floyd. Era un científico, pero también una auténtica estrella mediática. Y perseveró para cumplir sus sueños. Salvo uno: viajar al espacio. Experimentó la ingravidez a bordo de un Boeing 727-200, pero nunca voló hacia las estrellas. O quizás ahora sí.

«Cando estaba no despacho sempre deixaba a porta aberta»  

r. r.

Las once de la mañana es la hora habitual del café en la Facultad de Física de Cambridge. Y ayer se mantuvo la tradición, pero nada fue igual. Todos los comentarios giraban en torno a un tema: la muerte de Hawking, en medio del abatimiento y la tristeza. «Daba a sensación de que se estaba a asistir a un cambio de época, porque Hawking seguía sendo o que marcaba as liñas de investigación. Deixa un baleiro moi difícil de encher, e non só pola súa relevancia científica, senón porque tamén era como un oráculo da sociedade e unha figura icónica da divulgación. Hoxe en día non vexo quen poida facer ese papel», relata desde Cambridge Antón Baleato, que realiza el doctorado en cosmología en el departamento de Astronomía, justo al lado de donde Hawking impartía su magisterio en Física Teórica. Baleato tuvo la oportunidad de asistir a sus charlas semanales, menos frecuentes en los últimos tiempos debido a su enfermedad, y recuerda que «cando estaba no seu despacho tiña sempre a porta aberta para recibir a xente».

De la humanidad del físico británico también da fe Jorge Mira, catedrático de Electromagnetismo en la Universidade de Santiago y el responsable de organizar su viaje a Compostela para la recepción del Premio Fonseca. Recuerda que al hotel Puerta del Camino, donde se alojó, acudió una peregrinación de personas con dificultades físicas y enfermedades, que veían en Hawking un ejemplo de superación. «Non facía caso ás invitacións dos políticos, pero con eles case que baixou en pixama para atendelos e falar con eles», explica Mira. Y rememora también que cuando se celebró el acto oficial le pidió que pusiera en primera fila a una niña que sufría una grave enfermedad.

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