El Monasterio de Armenteira, un buen lugar al que subir a por aire

En medio del bullicio que ha llegado a la zona, en forma de peregrinos y amantes del senderismo, vive a su ritmo una comunidad formada por ocho monjas del Císter

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vilagarcía / la voz

¿Ha sentido alguna vez la necesidad imperiosa de parar? ¿La urgencia de sacar la cabeza del ruido de todos los días, de ponerse entre paréntesis? ¿De encontrar un lugar en el que sentarse a ver pasar la vida sin pensar en ella? Es probable que sí. A quienes nos ha tocado transitar por el mundo en este principio de siglo (y en estas coordenadas del mapa) el día a día nos arrolla cada vez que no conseguimos mantener su acelerado ritmo. Necesitamos parar y subir a por aire. Y Armenteira (Meis) es un buen lugar para hacerlo. Allí, entre los inmensos muros verdes del Castrove, hay un convento habitado por una comunidad cisterciense formada por ocho hermanas. Ana, la superiora, sabe que este espacio es capaz de sosegar hasta a las almas más atormentadas. El paisaje, el mismo que entretuvo al monje Ero durante trescientos años, tiene parte de culpa. «Pero además de la naturaleza hay otro ingrediente importante. Este es un lugar en el que ha habido mucha oración, y eso marca. Es como una abertura hacia lo profundo», dice Ana.

Hablamos con ella en la hospedería del convento. Es un espacio sobrio, en el que nada sobra y nada, tampoco, falta. Este invierno el establecimiento está cerrado. «Necesitábamos hacer un parón para cuidar el ritmo de la comunidad», explica la superiora. Y es que, al final, la clave está en el ritmo. En encontrar el paso adecuado para no perder de vista «a nuestro ser más profundo». A veces, para lograr ese objetivo hay que hacer un pequeño sacrificio, como clausurar temporalmente un espacio del que no solo depende una parte de la economía del monasterio, sino mucho más. «Para nosotros, el acogimiento es un valor», cuenta Ana. Para las hermanas que forman la comunidad de Armenteira -la mayor tiene 97 años, la más joven ronda los 50- es vital ofrecer a quienes residimos fuera «un espacio en el que distanciarse de la vida ordinaria».

La hospedería está abierta a todo aquel, creyente o no, que necesite «soledad y calma» para encontrarse a sí mismo. Porque aquí, en el paréntesis verde del Castrove, no se piden credenciales. Esa es otra de las sensaciones que reinan en Armenteira: la ausencia de miradas censoras, de pesados prejuicios. Ana nos cuenta que ella se encontró con Dios cuando ya era una mujer hecha y derecha. «A mí la fe me ha humanizado. Me ha enseñado que no todo el mundo tiene que pensar como yo, y que yo también me puedo equivocar». Y equivocarse, concluye, es un lujo que no se puede permitir quien vive alejado de sí mismo. Cuánta razón tiene. Ahí fuera nos pasamos la vida empeñados en no meter la pata. Y si la metemos, en disimularlo. Que nadie se entere, que nadie lo sepa.

La conversación discurre con suavidad, como nos imaginamos que debe pasar el día entre las gruesas paredes del monasterio. Amanece muy temprano, y los primeros compases del sol se acompañan de oración. A las diez de la mañana, tras cinco horas de trabajo espiritual, comienzan las hermanas la faena diaria que les da de comer. «Porque vivimos de nuestro trabajo», cuenta Ana. Hace unos años, las monjas decidieron apostar por poner en marcha una fábrica de jabones. «Una comunidad hermana nos enseñó» y ellas, con tesón y empeño, están haciendo el resto. Su producto estrella son los jabones y bálsamos de camelia, la flor de las Rías Baixas. «La verdad es que han tenido una muy buena acogida», cuenta nuestra anfitriona. La miramos detenidamente. Su rostro parece dibujar siempre una sonrisa. Es el gesto de quien es feliz andando el camino elegido. Y eso que, a través de las gruesas paredes del monasterio, se filtran preocupaciones. Como cuando los incendios anduvieron cerca «y me pasé la noche pensando en si nos tendríamos que ir». Pero la comunidad sigue en su sitio, ajena al bullicio que de repente llena Armenteira, alimentado por peregrinos y amantes del senderismo como Mariano Rajoy. ¿Hay futuro para la comunidad? La hermana Ana sonríe. Dios dirá.

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