Luis Monteagudo, gran arqueólogo y filólogo gallego

El arqueólogo, encargado de promover en 1947 la primera excavación del Castro de Elviña, ha fallecido a los 98 años


En la hora de la muerte de Luís Monteagudo García, con sus fecundos 98 años dedicados casi exclusivamente a la investigación, ya podemos decir con plena justicia que se nos fue uno de los arqueólogos y filólogos de mayor trascendencia en la historia de Galicia y desde luego el más conocido internacionalmente. Hay que subrayar que su relación con los arqueólogos alemanes le convirtió en un excelente dibujante arqueológico y su vena artística también se expandía a la música.

Nació en A Coruña y siendo un niño acompañaba a su padre Manuel en las excursiones educativas de los Amigos del Campo, que había fundado Manuel Insua Santos: fueron estas salidas las que lo convirtieron en un verdadero trotamundos, de tal manera que no debe quedar ningún lugar de interés en Galicia por el que él no haya pasado. Entre 1939 y 1941 estudió Filosofía y Letras en Santiago; fue nombrado académico correspondiente de la Real Academia Galega en 1948 y se doctoró en Filología Clásica por la Universidad de Madrid en 1949 con su emblemática tesis Galicia en Ptolomeo.

Entre 1955 y 1956 realizó un viaje de estudios -en bicicleta y con sus propios ahorros- por los principales museos de Alemania, Austria, Italia y Francia. En 1956, fue bibliotecario del Instituto Arqueológico Alemán en Madrid. En 1959 fue becario de la Fundación March para estudiar las relaciones durante la Edad de Bronce entre Italia y España. Clasificó objetos para muchos museos, desde los de Turín, Milán y Bérgamo hasta los de Verona, Trieste y Udine. Durante esta época comenzó el corpus de Cascos antiguos. Fue miembro científico de la Deutsche Forschungsgemeinschaft, donde dibujó y redactó el Corpus de cobres y bronces prehistóricos de España y Portugal.

En 1967 y 1968 viajó por toda la Península, dibujando unas 3.000 piezas de cobre y bronce para el corpus de una gran obra científica dirigida por el profesor H. Müller-Karpe, de la Universidad de Fráncfort, que se publicó en 1977, siendo sin duda una de sus obras más importantes, Die Beile der Iberischen Halbinsel (Hachas de bronce en la península Ibérica).

En el año 1972 fue nombrado director del Museo Arqueolóxico e Histórico da Coruña y más tarde destinado en comisión de servicios al Museo das Peregrinacións en Santiago.

Tras jubilarse, desde su vivienda de Belvís, en Compostela, siguió con una amplia y prolífica actividad científica con asistencia a congresos, saliendo al campo con sus amigos, entre los que se cuenta el gran investigador de la cultura celta galaico-atlántica Fernando Alonso Romero. Y siguió escribiendo en diversas publicaciones, entre las que destaca un profundo estudio sobre la toponimia gallega que no llegó a terminar, pero del que hay adelantos importantes en el Anuario brigantino, revista de la que formaba parte y que contiene otros textos suyos, entre los que se cuenta su memoria de prospección del castro de Elviña (fue el primero que lo excavó en 1947) y su trabajo sobre las 33 mámoas de A Zapateira, de las que hoy no queda ninguna: fueron unos de los muchos tributos a su querida ciudad natal. Continuó investigando hasta los 92 años. A partir de ese momento, la fundación que lleva su nombre se puso a trabajar para que su espíritu y su obra estuviesen siempre presentes. Su ética le llevó a vivir con lo imprescindible, a conocer las plantas y los hongos (uno de sus grandes amigos fue el mayor especialista de setas de Galicia, Luís Freire) y a ayudar generosamente a los necesitados, sobre todo a estudiantes de familia humilde en los que él veía la luz de la inteligencia.

Si hay más allá, sin duda estará catalogando sus vericuetos o improvisando al piano, como gustaba hacer cuando estaba contento, rodeado por sus discípulos.

¡Buen viaje, querido amigo y maestro!

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