redacción / la voz

Dicen que de haber un dios de la elegancia ese sería Cristóbal Balenciaga, con perdón de Christian Dior, por supuesto. Cuando solo tenía trece años María Carolina Josefina Pacanin acudió a un desfile del modisto vasco. Su influencia acabó de moldear la elegancia innata de aquella niña de clase acomodada que, con el tiempo, acabaría convertida en una de las mujeres mejor vestidas del mundo. La directora de Vogue en los sesenta y primeros años de los setenta, cuando Vogue era la Biblia de la moda, Diana Vreeland, lo sabía. La misma mujer que dijo que los vaqueros eran la cosa más bonita desde la góndola le aconsejó que, en lugar de hacer telas estampadas como pretendía, se dejara de tonterías. «¿Por qué no lanzas una línea de trajes?». Con esas palabras animó a Carolina. No dijo que no. En 1981, en la misma ciudad en la que ayer subió por última vez a la pasarela como directora creativa de la marca que fundó tras la presentación de su colección otoño/invierno 2018/2019, Carolina ofreció su primer desfile. Tenía 42 años.

 Vínculos con Ourense

No era precisamente su estilo, pero entre el público de aquella primera presentación estaba Bianca Jagger. En el Nueva York de los setenta sabía perfectamente a dónde acudir. Y allí andaba, en primera fila. Y donde ella estaba normalmente acababa cociéndose algo grande. Aquel día acertó porque fue testigo del nacimiento un imperio que tomó impulso años más tarde después de que la diseñadora llegara a un acuerdo con la española Puig para distribuir perfumes. Su halo llega incluso a Galicia, donde la Sociedad Textil Lonia, en Ourense, desarrolla la marca CH Carolina Herrera.

Este lunes, en la sala del Museo de Arte Contemporáneo (MoMA), no estaba el mismo público que en aquel evento de 1981. Pero había un grupo muy especial. Al cierre de esta edición, se esperaba a las cuatro hijas de la diseñadora, trabajadores del taller y, por supuesto, Reinaldo. Carolina es Herrera y no Pacanin por él, su marido, quien fue editor de Vanity Fair y su punto de apoyo cuando emprendió esta aventura convertida ahora en una marca que genera millones de dólares. También preveía acudir al MoMA, cómo no, Wes Wordon. La pasada primavera, tras aparcar su proyecto de marca propia, el joven creativo norteamericano cultivado en la central Saint Martins de Londres, como John Galliano, Alexander MacQueen o Stella McCartney, cruzó el umbral de la compañía. Fue la propia Carolina, solo ella, la que lo eligió para tomar su testigo. No será un reto fácil. Ha de mantener la elegancia con la que ella tocó a las mujeres norteamericanas desde que su ropa empezó a verse en los escaparates de las mejores boutiques de la Gran Manzana. Antes de sacar su propia línea de novias, Carolina realizó el vestido de novia de la hija de J.F. Kennedy. Por algo su madre era una de sus mejores clientas.

Carolina Herrera no es, desde hoy, diseñadora creativa. Ahora es la embajadora global de la marca por todo el mundo. El señor Wordon toma las riendas.

Votación
3 votos
Comentarios

El último desfile de Carolina