La familia de Man viaja a Camelle para dar su último adiós al artista

«Tengo lágrimas de tristeza en los ojos, pero alegría en mi corazón», expresaba ayer Ewald, hermano del anacoreta

Han pasado casi sesenta años desde que Ewald Gnädinger vio por última vez a su hermano Manfred, Man de Camelle. Aun así, todavía se emociona cuando lo recuerda. «Son sentimientos encontrados», asegura.

Estos días está por la localidad junto a su familia para asistir este sábado a la ceremonia en la que se depositarán, por fin, las cenizas del anacoreta donde este siempre había querido: su caseta. Ya se hizo un acto similar en el 2012, justamente diez años después de su fallecimiento, aunque los restos del alemán nunca llegaron a descansar en el lugar deseado, sino que fueron custodiados hasta hace poco por el Concello. «Yo albergaba la esperanza de que Man fuese enterrado pocos días después de este acontecimiento en su museo, pero el acto fue solo para la prensa», explicaba Clemens, sobrino del anacoreta, en su día.

Este también ha viajado hasta España para participar en la ceremonia de este sábado, que tendrá lugar en la caseta a partir de las doce de la mañana. Lo acompañan sus padres, Ewald -hermano de Man- y Mechthilde, su primo Markus y su hermano Stefan. Este último, por problemas de agenda, llegó bien entrada la noche.

Para Clemens es el sexto viaje a la Costa da Morte. Siempre ha confesado sentir un vínculo muy especial con su tío y es por ello que se ha interesado en varias ocasiones, no solo por su obra artística, sino por el estado de conservación de la misma. Siempre muy crítico con la manera que tuvo el Concello de Camariñas de gestionar la obra de Manfred, se confiesa «feliz de que por fin llegue un día tan importante».

Otro hermano ya había ido

Siguiendo los pasos del ya fallecido Roland Gnädinger, otro de los hermanos de Man que hizo un viaje a Camelle en el 2007, Ewald vino por primera vez apenas el año pasado. Ayer se mostraba visiblemente emocionado al observar el legado de Man: «Tengo lágrimas de tristeza en los ojos, pero alegría y gozo en mi corazón, porque sé que esto es lo que él quería», expresaba. Tuvo muy pocas oportunidades de comunicarse con él, pues abandonó el país cuando Ewald tenía apenas 23 años y es conocido que el anacoreta pidió expresamente a su familia que no viniese a Galicia, pero aun así, uno no puede renegar de sus raíces.

Aprovecharon que estaban reunidos para deleitarse con el jardín y echar un vistazo a los trabajos de restauración interior de la caseta. Bromearon con la presencia de un operario a pocas horas de la celebración del entierro de Man: «Trabajando hasta prácticamente el último momento», decía Clemens. Markus, otro de los sobrinos de Manfred, aprovechó la tarde para pasear por el entorno salvaje de la caseta y ponerse en la piel del alemán, que cada mañana, al despertar, se dejaba acariciar por la fresca brisa marina. Destacó de su tío, como también lo hizo su hermano, «la forma de vida naturalista» y el apego a todos los elementos que le rodeaban. «Todo lo contrario al modelo consumista de hoy en día, no necesitaba demasiado para ser feliz».

Ayer los cuatro se confesaban impacientes y ansiosos por la llegada de la celebración de hoy. «Una de las pocas cosas que pidió en su testamento fue el descansar en su museo o en su querido mar. Nos llena de alegría que pueda por fin descansar en el lugar al que corresponde».

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