La diosa Fortuna visitó Galicia en 15 ocasiones

El gordo cayó en la comunidad por primera vez en 1903 y no había vuelto desde hace tres años


Redacción / La Voz

«A las once menos cuarto de la mañana de ayer toda La Coruña se conmocionó: hacía unos momentos, los niños huérfanos del Colegio de San Ildefonso acababan de cantar en Madrid el número 33704, premiado con 210 millones de pesetas. Inmediatamente después se supo que seis de las siete series que se jugaban este año habían sido vendidas en La Coruña». Arrancaba así el 23 de diciembre de 1958 la crónica con la que La Voz daba cuenta de que el gordo había caído en esta ciudad y una lluvia de millones (de pesetas), 180 para ser exactos (algo más de un millón de euros), pasaban a engordar la cuenta de un único afortunado. Hoy se sabe que el agraciado había sido Pedro Barrié de la Maza, pero entonces el nombre del ganador era una incógnita. «En Pontedeume se dice que las adquirió [las series premiadas] un vecino de aquella comarca que regresó hace pocos días a Nueva York», explicaba entonces La Voz.

Unos días después se desvelaba el misterio y salía a la luz que las seis series habían sido depositadas en la oficina central del Banco Pastor. «Su propietario exigió la máxima reserva sobre su identidad», explicaban en la entidad bancaria, pero el rumor de que el conde de Fenosa estaba tras la fortuna corrió como la pólvora por la ciudad y finalmente se confirmó.

1958 fue una de las 15 veces en las que, desde 1811 y hasta ayer, la diosa Fortuna decidió dejar el gordo en Galicia. Según las estadísticas de Loterías y Apuestas del Estado, la provincia de A Coruña ha sido la más beneficiada, y la primera vez que el gordo se pasó por la ciudad (y por Galicia) fue en 1903. El lotero Fernando Mera, con administración en la calle Sánchez Bregua, repartía entonces cinco millones de pesetas de la época. Una fortuna que no se quedó en la ciudad, porque pronto se supo que el dinero era para un forastero que había partido en el vapor correo Alfonso XII con rumbo a Cuba.

Sí se quedaron en Vigo los 300 millones de pesetas que el gordo repartió en 1974. El primer premio de la lotería de Navidad no ha vuelto a caer en esta ciudad desde entonces, pero ese año dejó muy buen sabor de boca. Literalmente. Los responsables de un bar de la calle Seara, hoy ya cerrado, el Compostelano, fueron los encargados de hacer felices a decenas de vigueses. Cuatro series completas del 12176 se repartieron desde el establecimiento. No fue lo único. «El dueño del bar dijo que barra libre y 30 kilos de centollas desaparecieron en tres minutos», contaba la crónica de La Voz del día del sorteo.

«¿Y en qué va a gastar el dinero?», le preguntaban a uno de los agraciados con 750.000 pesetas de la época. «Por de pronto me compraré un coche deportivo, ¡que ya tenía pedido!, y jugaré en bolsa», contestaba feliz. Otros, más comedidos, se limitaban al clásico «cubrir necesidades».

Rianxo y Carballo

Corría el champán en 1974 en el bar Compostelano, como 29 años después lo hizo Rianxo. En el 2003 la lotería de Navidad volvía a fijarse en Galicia (no lo hacía desde 1986, cuando el gordo tocaba por primera y única vez en Pontevedra) y dejaba en la localidad coruñesa 120 millones de euros, la mayor cuantía del sorteo navideño hasta ayer. Marcaba el reloj las 11.18 horas cuando el 42473 salía del bombo y desencadenaba una lluvia de billetes y euforia en Rianxo. Nuevamente era un bar, en este caso el Lino, en la parroquia de Araño, el lugar en el que se pusieron a la venta la mayor parte de los décimos premiados, y donde los agraciados brindaban, bailaban y regaban con champán una alegría que llegó hasta la pequeña localidad ordense de Mesón do Vento, donde el 42473 también dejó 40 millones de euros.

Cuatro años más tarde, en el 2007, la lluvia de millones se trasladó a Carballo, una localidad por la que volvió a pasar el gordo en el 2012 y el 2014. Hace diez años, sin embargo, fue el gordo de los gordos para los carballeses. Cuarenta y cinco millones de euros les dejó el primer premio de la lotería de Navidad y el «pellizco», decían años después algunos de los afortunados, les había permitido cumplir «algún capricho». La mayoría, como suele ocurrir en estos casos, con cuatro ruedas.

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