«Mi hija me dio la fuerza para vencer. Ahora me apoya para ayudar a más víctimas»

Tras lograr salir del pozo, esta mujer de Ferrol ayuda a otras afectadas a recuperar su vida

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«Mi hija me dio la fuerza para vencer. Ahora me apoya para ayudar a más víctimas» Tras lograr salir del pozo, esta mujer de Betanzos, Ana Saavedra, ayuda a otras afectadas a recuperar su vida

redacción/ la voz

Ana Saavedra es de Ferrol. Ha desarrollado vista de cazador. Cuentan que en África es algo que aprenden desde niños aquellos que han de convivir cada día en la sabana con leones, animales capaces de acabar con tu vida de un zarpazo. Es su forma de sobrevivir. Hace dieciséis años, Ana también sufrió ataques. No fueron de un león. Explica que fue su ahora exmarido, el padre de su niña, que ahora es mayor. «En el 2001 no había los medios de ayuda y apoyo que hay ahora, pero di el golpe en la mesa. Mi hija me dio fuerza para vencer. Ahora me apoya para ayudar a más víctimas a que hagan lo mismo, que den el golpe. Que digan '¡basta!'. Porque hay que denunciar. De ese modo pueden activarse los protocolos para proteger a las víctimas. Hay muchas medidas», dice.

Ana cuenta su experiencia en el local de la Asociación Mirabal, un colectivo de ayuda a mujeres que puso en marcha en Betanzos hace seis años para tender su mano a otras mujeres que, como ella, llevan el hierro del maltrato grabado en la mente y, a veces, también en la piel. Las ayuda a ellas, pero también a sus hijos. Porque víctimas no son solo ellas, «también lo son los menores».

Sabe en todo momento quién está y quien no está. Dónde estás o por dónde vienes. «Cuando salgo por la puerta, todavía hoy miro a un lado y a otro. Compruebo que todo esté bien, que no haya nadie esperándome fuera», dice. Ahora lo cuenta con el ánimo subido, con la adrenalina que le produce el saberse necesaria en una cruzada de 24 horas «para ayudar a aquellas a las que alguien, un día, les hizo creer que nadie las escuchaba, que estaban solas, que eran una basura». Todo eso, recalca, «no es verdad», aunque «a veces cuesta verlo porque te han anulado por completo».

Lleva una mariposa tatuada en la muñeca junto a la palabra vida. Lo muestra antes de describir el proceso de cambio que una víctima de violencia machista tiene que pasar para volver a volar como esa mariposa. «Primero te han querido, luego te han humillado, entonces te conviertes en una especie de oruga que ha perdido por completo la autoestima. No hace falta que nadie te dé una bofetada para que haya maltrato. Basta con que digan ‘pero mira cómo vas’ o ‘no sabes hacer nada’. Es muy duro darse cuenta del maltrato económico o el que te mina y horada con frases como esas». Todo esto, explica, puede describirse como una guerra en la que hay que ir ganando muchas batallas: «Tardé varios años en que me dieran el divorcio. Ahora es más rápido, pero pasa, al menos, año y medio. Algunas no continúan porque retiran la denuncia o porque vuelven con sus supuestos agresores».

Aún hay miedo, mucho, a denunciar, a contar. «Hay adolescentes que no se atreven a hablar con sus padres para contarles que aquella foto que enviaron al chaval que les gustaba está ahora rulando por Internet. Somos padres analógicos con hijos digitales. Eso es un obstáculo a la hora de frenar el maltrato que hay en redes», apunta. La lucha es dura, diaria. «Hay casos, como uno que estamos trabajando en el que el supuesto agresor prendió fuego a la casa con ella dentro. Está en la calle. Estamos luchando para que eso cambie», dice. Lo importante es que todas las víctimas conozcan que no están solas.

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Fue un 24 de octubre, creo. Hace ya siete años (he tenido que comprobarlo, y eso me restaría mucha credibilidad ante un tribunal). No eran ni las ocho, aunque parecía de noche en Madrid. Decidí volver a la facultad para dejar el coche bien aparcado y no tentar a la suerte si pasaba por allí la grúa. Era el mismo camino de siempre, un trayecto poco iluminado, con vegetación a uno de los lados, un buen escondrijo para las alimañas. Cuando ya estaba llegando a una avenida con más tránsito, alguien salió de la nada. Vino por detrás y me dio un cachete. Soltó como un suspiro de alivio y luego la típica frase que cualquier mujer en este país está cansada de escuchar. ¿Ese culito me lo follaba yo? Es curioso, soñé con esas palabras más de un año. Incluso despierta. Pero hoy sería incapaz de reproducirlas con exactitud (cada vez, mi versión tiene menos peso). Asqueada e indignada, seguí mi camino. A la vuelta, pensé en coger un bus. Eran solo 15 minutos a pie, pero no quería volver a encontrarme con ese tipo. Me convencí de que le estaba dando demasiada importancia y volví sobre mis pasos, hacia casa.

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