Los velorios «low cost» ganan terreno a la tradición en las ciudades gallegas

Los seguros de decesos, no obstante, repuntan entre los mayores de 30 años

.Juan Manuel Pombo gestiona una docena de tanatorios en toda la Costa da Morte.
Juan Manuel Pombo gestiona una docena de tanatorios en toda la Costa da Morte.

Redacción / La Voz

El culto a la vida siempre ha estado presente en Galicia. Una manera de disfrutar que, no obstante, está directamente ligada al culto a la muerte. Hasta en los lugares más recónditos de la comunidad -o quizás precisamente en ellos- las ceremonias para honrar a los difuntos se sucedían con orgullo y devoción, convirtiéndose en los acontecimientos más importantes entre el vecindario. Pero la crisis, el desarraigo de lo tradicional y la masiva aparición de tanatorios han hecho que los gallegos acaben sucumbiendo a aquello de «quitarse el muerto de encima cuanto antes, nunca mejor dicho».

Lo aclara Carlos Rodríguez, de la funeraria Costa, en Vimianzo. «En las ciudades ya nadie hace grandes velatorios y se ha perdido la costumbre de las ceremonias. Al menos, en las aldeas todavía se mantiene y sigue existiendo la cultura de tener el cuerpo presente en el domicilio, organizar un ágape y llenar la casa de flores, pero aún así la gente joven se resiste». Sergio Santiago, de la funeraria San Mauro, en Pontevedra también cree que se ha producido un cambio relacionado directamente con el relevo generacional. «El servicio de decesos ha cambiado muchísimo en los últimos años. La gente no quiere recibir pésames ni gastarse dinero. Ahora lo que se lleva es el servicio exprés, cuanto menos tiempo se invierta mejor, pero bajo mi punto de vista se está perdiendo un poco el sentido de honrar a la persona que acaba de fallecer. Y esto no tiene nada que ver con las creencias religiosas, sino con el respeto».

José Manuel Pombo, empresario de tanatorios del grupo Bergantiños, confirma esta tendencia, y añade: «En nuestro caso lo de celebrar la misa en el tanatorio sé que se da en las ciudades pero en los pueblos aún no hemos llegado a eso. Sin embargo, lo de que se gasta menos es generalizado».

Casos llamativos

Aunque los expertos señalan que los gallegos están perdiendo esos vínculos con la muerte tan propios de la esquina noroeste de la península, el hecho de que la gallega sea una población envejecida tiene como resultado que en ciertos lugares de la comunidad todavía se produzcan situaciones en otras zonas impensables. No solo en lo referente a costumbres, como la de la procesión de As Mortaxas (A Pobra) -que, por cierto, se celebra la próxima semana-, en la que una comitiva porta ataúdes de niños y adultos; o a singularidades, como la de Josefa Rego, la mujer de Guitiriz que pasó veinte años con el féretro en su casa. Para muestra un botón. Como afirma Sergio Santiago, hay «señoras mayores previsoras que encargan los hábitos a medida, a las que les tenemos que buscar una costurera para que les cosa motivos de santos de los que son devotas». Además, añade Rodríguez: «También tenemos personas que lo quieren dejar todo atado antes de morir porque no se fían de sus hijos».

Si bien es la gente mayor la que está, como es lógico, especialmente preocupada por el más allá, más acá cada vez más gente de mediana edad se apunta a contratar seguros de decesos. «Aunque los servicios que se reclaman son menos lujosos que antes y se ha recortado en flores, música o los materiales del ataúd, muchos quieren dejar más o menos resuelta su muerte, incluso personas de 40 años», comentan en la compañía Santiago Apóstol, de Ourense. «Es cierto que gente joven, a partir de los 30 años, empieza a preocuparse por este tipo de cuestiones cuando son padres o viven en pareja. Por 15 euros al mes te sale a cuenta porque te quedas tranquilo de cara al futuro», comenta Sergio Santiago. Además, aporta otro dato. No son muchos los jóvenes que preparan su muerte con antelación, pero quienes lo hacen tienen curiosas peticiones: «Me han llegado a pedir un grupo de folk o que toquen una pieza de Il Divo».

La incineración crece en las urbes, pero en el área rural siguen prefiriendo los entierros

«Yo solo hago cuatro o cinco incineraciones al año. En los pueblos casi nadie se inclina por esta opción por una cuestión de tradición», comenta Carlos Rodríguez, de la empresa Costa, en Vimianzo. De esta opinión es también José Manuel Fuentes, que lleva la funeraria Casablanca (Santiago), que cree que la competencia entre vecinos en el terreno de los sepelios, hace que cobre especial relevancia no dar que hablar y mantenerse en la vía clásica. Además, «todos quieren tener el mejor ataúd, las mejores flores... pasa lo mismo que con los coches, pero extrapolado a la muerte». En cuanto a las ciudades, todos creen que los urbanitas se inclinan por esta opción «por comodidad y salubridad», pese a la confusión generalizada con respecto a lo que se puede hacer y lo que no con las cenizas.

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