El mal

A muchas personas les resulta imposible aceptar que exista la culpa y que el mal sea la consecuencia de una elección consciente de un individuo responsable de sus actos


Los terroristas de Ripoll no solo tenían trabajo, el afecto de sus vecinos y, en general, una vida fácil. Además, habían recibido clases de educación para la paz, impartidas por una educadora social que se había pasado años ocupándose de sus pequeños problemas. Al lugar donde se reunían le había puesto por nombre El Lokal; así, con «k», porque, además de formarles en valores, quería transmitirles un cierto espíritu de rebeldía. Imbuida del ideal roussoniano, estaba convencida, como tantas personas, de que el ser humano nace bueno, y de que si hace algo malo la culpa solo puede ser de la sociedad. Por desgracia, esta educadora social no era la única que se ocupaba de la formación de los chicos. De manera semiclandestina, y en horario extraescolar, estos se reunían en una furgoneta con un imán que les enseñaba a ver las cosas de otra manera. También este imán, como la educadora social, era un rebelde, si bien de un tipo distinto. Había estado en la cárcel por tráfico de drogas y agresión, y últimamente se había adherido a una interpretación minoritaria y radical del islam, a una facción que predica el odio y el exterminio de todo el que no piensa igual. No se pueden concebir dos proyectos educativos más diferentes. Y sin embargo, hay que suponer que, durante algún tiempo, en las cabezas de los alumnos las dos visiones del mundo se mantuvieron empatadas como en una carrera de caracoles. Una enseñanza y la otra diferían en aspectos esenciales, sobre todo respecto a la cuestión de si matar para lograr sus fines es lícito o no. Pero también puede que tuviesen algunas pequeñas cosas en común, como esa idea de que la sociedad, sobre todo la occidental, es culpable en mayor o menor grado de los problemas del mundo. Hasta que en ese pulso entre la educación para la paz y la educación para la guerra, ganó la guerra. Lo sabemos porque esa victoria dialéctica ha dejado en Barcelona y Cambrils un rastro muy visible en forma de docenas de cuerpos heridos, mutilados y sin vida. El por qué en la competición entre la educadora social y el imán ganó este no es fácil de discernir. Puede que fuese más hábil, puede que fuese más carismático. Hasta cabe la posibilidad de que los chavales, en su desconcierto entre estos mensajes contradictorios en lo esencial y a veces coincidentes en lo accesorio, confundiesen los argumentos de uno y otra, y en el lío que se formaron en su cabeza acabaran optando por el que menos razón tenía. Del imán ya no sabremos nada más. Murió mientras fabricaba explosivos para matar, quizá, a cientos de personas. La educadora social, en cambio, ha publicado estos días una carta en las redes que se ha hecho viral. Dice que no entiende lo que ha pasado. No quiere aceptar que la educación que les dio no haya sido el antídoto que ella esperaba. Repite una y otra vez la misma pregunta: «¿Qué estamos haciendo para que pasen estas cosas?». Porque, a pesar de todo, parece seguir creyendo que, si hay aquí alguna culpa, tiene que ser de la sociedad, no puede ser únicamente de estos muchachos que «eran como todos los niños». Dice que les echa de menos, que le duele que ya no podrá abrazarles. La carta, que a mí me parece escalofriante en su ingenuidad, triunfa en las redes. Y es que, como a esta educadora, hay muchas personas a las que, a pesar de las pruebas que les ofrece la vida una y otra vez, les resulta imposible aceptar que exista la culpa, que el mal sea la consecuencia de una elección consciente de un individuo responsable de sus actos, que no siempre se puede descargar la responsabilidad en la sociedad. Que siempre tendremos que protegernos, porque el mal, aunque podamos mitigarlo, va a existir siempre.

Por Miguel-Anxo Murado Escritor e xornalista

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