Un gran futuro, pero sin familia detrás

Jóvenes tutelados por la Xunta tras perder los padres la custodia relatan cómo se preparan para la vida adulta y, de ese modo, borran los prejuicios que hay sobre ellos

Un gran futuro, pero sin familia detrás Jóvenes tutelados por la Xunta tras perder los padres la custodia

redacción / la voz

«Cuando llegué aquí, pronto hará un año, tenía miedo. No sabía cómo podría enfrentarme a la vida sola. Ahora no lo tengo. Trabajo, estudio. Quiero estudiar Educación Social y he aprendido a valerme por mi misma». África tiene 18 años. Vive en Santiago, en una vivienda compartida con otros cinco compañeros más. La casa en la que están tiene dos plantas, jardín, plaza de garaje... Es uno de los nueve pisos tutelados que gestiona el programa Mentor de la oenegé Igaxes3, un lugar donde jóvenes que, por golpes de la vida, pasaron a estar bajo la protección de la Administración, aprenden a ser independientes para enfrentarse a la nueva etapa vital que se abre a partir de la mayoría de edad. Pueden trasladarse a una de esas viviendas a los dieciséis años.

Aunque la edad media a la que los que los jóvenes españoles dejan el hogar paterno si sitúa en los 29 años, en su caso, a partir de los dieciocho, pueden echar a volar cuando quieran. «De optar por estudiar una carrera, tienen la alternativa de acceder a una beca», explica Carlos Rosón, el director de la oenegé. África espera hacerla. ¿Por qué? Desde que entró en un centro de protección lo ha sabido. «Cuando entré me ayudaron, quiero ayudar», dice convencida.

En la vivienda tutelada pueden estar hasta cumplir los 21. Pero no pueden saltarse las reglas. Solo ellos pueden saber cuándo están preparados para dejarla, cuándo tienen suficiente respaldo para independizarse. Esta misma semana dos compañeros abandonaron la casa. Porque todos ven un gran futuro por delante, pero ahí fuera estarán solos.

Búsqueda de empleo

Para echarse a volar, han de tener un respaldo económico. «Teñen que saber, e sábeno, -explica Camilo, uno de los monitores- que hai que ter algo aforrado porque, como mínimo han de pagar un aluguer, unha fianza, a comida... Unha vez que saen xa están fóra da cadea de protección. Manteñen o vínculo e veñen vernos de cando en vez». Fuera no tienen apoyo familiar. El único modo es hallar un trabajo. «Hay que buscar mucho, es muy importante. No vale con dejar el currículo y y ya está. Tienen que ver que realmente tienes ganas de trabajar», coinciden. «O normal é que logren estabilidade co segundo emprego», añade el asesor.

A veces, al hacer esa búsqueda activa de empleo se encuentran con un estigma que quieren romper. «No somos delincuentes -explica Mikel-, solo hemos estado en un centro de menores porque, por una razón u otra, no podíamos estar en nuestra casa».

África y Mikel son los protagonistas de una campaña que busca acabar con unos prejuicios que incluso notan, a veces, en algunos profesores. Pero, cuando la gente sabe cómo es su realidad, desaparecen. Por eso estos chavales entienden que la primera barrera con la que se encuentran es por el mero hecho de no saber. «Ao non saber, moita xente móntase a súa propia película», añade Mikel.

Reacciones dispares

María, otra de las chicas que viven en la casa, aún no ha llegado a los dieciocho. Apunta que hay dos tipos de reacción cuando saben que vienes de un centro de menores. «Una es de pena. ‘‘¡pobre!’’. La otra, de rechazo. Tan mala es una como la otra, porque somos como cualquier chico de nuestra edad», explica.

Es jueves por la tarde. África, Mikel, María Adrián, Aarón y Álvaro charlan en el salón sobre cómo organizan las tareas del día a día. Explican las normas que rigen el hogar y cómo cualquier cambio de rutina ha de ser consensuado en la asamblea. «En otros pisos hay un monitor, pero aquí no. Es una forma de trabajar la convivencia», explican. Porque, como en cualquier hogar, a veces también hay discrepancias. «Somos seis adolescentes viviendo bajo el mismo techo», bromea Álvaro.

Y viven como cualquier adolescente. Tienen su paga semanal. Estudian. Van a tomar café con los amigos. Los que son mayores de edad pueden salir el fin de semana hasta las tres y media. «Para cualquier cambio hay que avisar», matiza África. Además, son voluntarios con el Obradoiro. Algunos también entrenan a un equipo de fútbol de chavales. «Nos llevamos muy bien con ellos», dicen.

La comida y la compra también es cosa suya. Hay que saber administrar el dinero ajustándose al menú que marca la Xunta. Pueden variar un poco la receta, pero han de respetar los ingredientes. Es una forma de aprender a comer sano, porque los menús están diseñados por un nutricionista. Y no solo eso. Además de trabajar y estudiar, hacen la colada, limpian el baño, recogen el garaje, limpian el polvo....

«Cuando llegué aquí tenía miedo. No sabía cómo enfrentar la vida sola. Ahora no lo tengo» ¿Cuáles son sus sueños? Mikel, que estudió un módulo de Artes Gráficas, pretende comenzar otro relacionado con lo que más le gusta: ser Dj. Tiene un grupo y hasta alguna actuación programada. No da más detalles. Adrián, dicen sus compañeros, es poeta. Y Álvaro canta rap. Ha compuesto varios temas. A través del hip-hop quiere que la gente sepa cómo son estos chicos con mucho futuro.

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