Aguador de día, bombero de noche

Cuando el duro trabajo de acarrear sellas y toneles de las fuentes a las casas obligaba además a actuar como personal auxiliar del servicio contraincendios


Redacción / la Voz

«No hay milagro como el que hace un aguador llevando treinta sellas de agua cada mes al quinto piso de una casa por una peseta». Hasta que el grifo apareció en las viviendas, la red de abastecimiento era humana. Hombres y mujeres se dedicaban a acarrear recipientes llenos durante todo el día a cambio de un pago mensual. Si el oficio era duro, era también conflictivo, sobre todo en meses de sequía, cuando por los caños de las fuentes no manaba el líquido en la cantidad que debiera. «En gran parte de la estación de verano, y aún de la de otoño, como los aguadores no pueden cumplir sus compromisos [...], son frecuentes las riñas». «Se promueven a diario [...] alborotos por cuestiones de la vez. La cola es enorme y en muchas fuentes se ven diariamente centenares de sellas alineadas en varias hileras. Se ha dado ya el caso de tener que aguardar hasta cuatro y cinco horas para llenar una», explicaba La Voz en 1895. En una plaza coruñesa, informaba en otra ocasión, «el único caño que por ahora se abstiene de surtir de agua las vacías cubas es objeto de sangrientos epigramas por parte de los aguadores».

La impaciencia llevaba primero al enfrentamiento verbal: «Ayer al mediodía promovieron un fuerte escándalo [...] dos aguadores y otras tantas aguadoras. Las palabras más escogidas del vocabulario naturalista salieron a relucir con profusión, poniendo paz en los ánimos y moralidad en las frases un guardia». Y otras veces, a la agresión: «Dos aguadoras llamadas María Ferreiro Currás y Ramona Álvarez, se vapulearon de lo lindo ayer».

Además de defender el turno con uñas y dientes, debían lidiar con los clientes. O cosas peores. Como le ocurrió a un aguador que subía «cargado con su cuba a una casa [...] y se atrevió a recoger del suelo una flor. Verlo el dueño de la casa y lanzarse sobre él, increpándole y reprendiéndole duramente por su atrevimiento, y dándole también [...] dos magníficas bofetadas, fue cosa de un instante».

Aunque los problemas más frecuentes con los abonados atañían al bolsillo. «Los aguadores han acordado aumentar el precio de los abonos [...]. Hasta aquí han venido cobrando a razón de cinco céntimos por cuba, o sea una peseta cincuenta céntimos al mes por cuba diaria. Desde dicho día, cobrarán dos pesetas». Porque a una noticia así la sucedía otra como la siguiente: «Hoy se declararán en huelga muchas aguadoras y aguadores de aquellas casas en que no se ha accedido al aumento de jornal que solicitan». 

Agua del pilón

No es de extrañar que una forma tan complicada de ganarse la vida animase a unos cuantos a tomar, sin escrúpulos, atajos poco profesionales y recoger «para el consumo del público el agua sobrante de los pilones, después de que otras personas introducían [...] depósitos de hoja de lata, donde es frecuente conducir la comida del ganado de cerda».

Con todo, el periódico solía fijarse más en «las penalidades que sufren en las fuentes horas y horas [...], ateridos de frío, calados por la lluvia, para llenar una sella o un barril, cogiendo un turno que nunca llega». Penalidades que no acababan ahí, porque cada vez que se producía un incendio, aparecían raudos los aguadores cargados de toneles y sellas. ¿Casualidad? Una ordenanza municipal del siglo XIX, recogida por La Voz, aclaraba el motivo: «Los aguadores tienen la obligación de llevarse y conservar en sus casas de noche un barril y las aguadoras una sella, llenos de agua, para acudir inmediatamente al lugar del incendio». Si no cumplían, se enfrentaban a una multa o incluso a un arresto. Aunque en ocasiones su servicio tenía recompensa, como cuando el Ayuntamiento de Ferrol «destinó 500 pesetas para gratificar a los obreros y aguadores que ayudaron a la extinción del incendio de las casas [...] de la calle del Carmen».

El progreso se encargó de ir desterrando de las ciudades la figura del aguador. «En previsión de que la traída de aguas [...] sea pronto un hecho, parece que buen número [...] se disponen a cambiar de ocupación, dedicándose a la venta de frutas», adelantaba La Voz en 1905.

Un par de décadas después, César Alvajar recordaba en un artículo los tiempos en que los serenos «tenían una lista detallada de los bomberos, aguadores y aguadoras que habitaban en su zona y al surgir un incendio se les avisaba apremiantemente para que acudiesen [...] acarreando agua en sellas y baldes [...] para dominar las voraces llamas. Era un servicio acabado de vigilancia el de aquella vieja Coruña». Un servicio de auxiliares de bomberos del «que esta de hoy, tan moderna y progresiva -decía-, carece por completo».

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