«Darle el riñón a mi hijo es lo que tenía que hacer»

Alberto sufría una nefropatía diabética y los médicos le dijeron que tenían que ponerlo en espera para un trasplante de riñón; Aurelia, Lelu, su madre, no lo pensó


Redacción / la voz

A Alberto le encantan los perros. De toda la vida. En su foto de WhastApp aparece de niño con un pastor alemán al que adoraba. Unos años antes de que tomaran esa imagen, cuando tenía solo 5 años, le fue diagnosticada una diabetes. «Mientras fui pequeño, cuidé la alimentación, bueno me la cuidaba mi madre», recuerda mirándola con cariño. Pero a partir de los quince, cuando la adolescencia dispara la rebeldía, empezó a no cuidarse y «eso tuvo consecuencias».

Alberto sufría una nefropatía diabética y un día, de repente, los médicos le dijeron que tenían que ponerlo en espera para un trasplante de riñón. Aurelia, Lelu, su madre, no lo pensó. «No esperaba que eso ocurriera, pero instantáneamente decidí donárselo. Trabajo en un supermercado de la cadena Gadis, al contarles lo que quería hacer todo fueron facilidades. La operación fue en diciembre, me reincorporé el pasado 1 de febrero. Estoy bien», dice. Ahora que algunas asociaciones reclaman que el Gobierno establezca bajas concretas para donantes, destaca que su empresa, «por cómo ha cuidado todo para que estuviera bien», no merece menos de un diez. Algo parecido dice Alberto de la empresa en la que trabaja, Hornos Lamastelle.

El primer obstáculo, el de hallar un donante, estaba superado. El segundo fue iniciar un tratamiento para que los médicos pudieran implantar a Alberto el órgano de su madre, que tiene, «o tenía», como bromean, un grupo sanguíneo diferente. «No solo tuve que someterme a la plasmaféresis, tratamiento habitual en esos casos. Debido a algún otro problema los médicos acabaron suministrándome otro tratamiento que viene de los países nórdicos. Tuve mucha suerte de estar aquí en Galicia porque en otras comunidades, eso no lo ponen. Es muy caro, cuesta unos 3.000 euros cada aplicación y me la ponían cada dos días. Hay que estar agradecido por lo que tenemos aquí», dice.

Y entonces llegó el día. «No estaba nada nerviosa, la verdad. Cuando ingresé me sentí con paz. Donarle el riñón a mi hijo era lo que tenía que hacer», sentencia Aurelia. Y Alberto tampoco lo estaba: «No me quedaba otra, qué podía perder. Llegué a verme tan mal que lo único que deseaba era bajar al quirófano».

Las dos operaciones fueron bien. Alberto tuvo que estar varios días en reanimación (REA), porque había perdido bastante sangre, pero pronto volvió a comer. Aurelia al tercer día ya no pudo esperar. Bajó a REA, ayudada por un amigo de Alberto. Y ahí se volvieron a ver. Él, con el órgano de ella. Ella, mucho más unida a su hijo. Parece que la cosa, más de tres meses después, marcha bien.

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