El día que viajé hasta el siglo XI

Nos colamos en el rodaje de «El final del camino» empotrados entre el cuerpo de figurantes de la serie de Voz Audiovisual


SILLEDA / LA VOZ

Hace calor. Son las cinco de la tarde. Me muevo inquieto entre los escasos puestos del mercado de Santiago de Compostela. Delante de mí está mi jefe, el dueño del mercado que me paga un salario para que proteja su negocio. A mi lado camina mi compañero. Somos los guardaespaldas de La Roca, quien, con una sonrisa sibilina en los labios, va recaudando a los mercaderes el coste de la «protección» que mi compañero y yo les proporcionamos. Hay un tipo entre ellos que no me gusta. Lo miro con frialdad y agarro la empuñadura de mi espada por si fuera menester. La tensión lo invade todo, la caída de una pluma podría generar una tormenta. Pero nada ocurre. Seguimos caminando. Y, de repente, una voz acaba con la ilusión: «¡Corten! Muy bien chicos. Secuencia hecha».

Nos bajamos de la ensoñación y hacemos un viaje instantáneo de unos mil años: del siglo XI al XXI. No estamos en Compostela, estamos en Silleda, en el poblado que Voz Audiovisual ha construido para el rodaje de El final del camino, la serie más ambiciosa que haya abordado nunca y que se estrenará en breve en TVE. Y yo no soy ningún matón medieval, solo soy un periodista empotrado en el rodaje como figurante. Sin embargo, la magia del maquillaje, del vestuario, el decorado... Es fácil dejarse llevar.

Pero rebobinemos un poco. Vayamos diez días antes al cásting que se está realizando en el teatro de A Estrada y al que acudo para ofrecerme. Relleno una ficha y veo a una señora de edad salir de la prueba: «Son máis guapa do que estou hoxe. É que vou sen pintar».

Adiós patillas

Cuando paso yo me preguntan por mi disponibilidad y por mis patillas. Pueden disponer de todo. No hay problema. Me sacan unas fotos y me esfuerzo en transmitir algo con la mirada. Maldad, espero. «Muchas gracias, ya te llamaremos». A la puerta hay un par de señoras del pueblo que confiesan que, en vez de ir a dar un paseo como todos los días, se han acercado al cásting. Curiosidad, dicen. Lo mismo que la mayoría de los aspirantes. Efectivamente, ¿a quién no le gustaría ser un figurante en una producción de época? «Tenemos que contratar bastantes. Es que matamos a muchos. Esto es peor que Juego de tronos», bromean las chicas del cásting.

Unos días después respondo a un número desconocido. ¿El viernes? Bien. En el recinto ferial de Silleda. A las once de la mañana. De acuerdo. Y me meten en un grupo de mensajería con el resto de figurantes citados para ese día, donde la gente se espabila para buscar transporte compartido.

El primer día viajo solo. En una parte del recinto ferial de Silleda está montado todo el tinglado. La gente de la productora nos recoge y nos lleva por grupos a vestuario. Allí conozco mi destino: junto a un vecino de Lalín más o menos de mi edad, formamos la pareja de guardaespaldas de un tal La Roca. Así que ya para siempre durante el rodaje seremos los Hombres-de-La-Roca. En una zona acondicionada como vestuario, nos enfrentamos a cientos de prendas para vestir a todo el reparto y la figuración de la serie. Un chaval elige para mí unas botas de ante, mallas y una camisa con pinta de saco, un peto de piel, un cinturón de campeonato y una capa. Estoy estupendo. Pero otro encargado lo desbarata todo: «No, no, no. La Roca ha elegido un vestuario muy austero y sus guardaespaldas no pueden ir mejor». Así que nos volvemos a desvestir para iniciar una caracterización más a tono con nuestro papel.

De allí a maquillaje, donde me liquidan las patillas y básicamente nos ensucian. Las manos, la cara... La maquilladora me mira desde el espejo y me dice: «Ahora eres un tipo muy chungo». Así que me lo creo.

Tras ponernos bien guarros, me doy cuenta de que ya es la hora de comer. Hay un servicio de cátering donde guardan cola soldados, asistentes, nobles y mendigos. Mata un poco la magia del cine, pero es muy gracioso. Tras un breve reposo, nos llaman. Por fin vamos a debutar en escena. Dentro de una de las naves, hay montados varios escenarios: el nuestro es la taberna. Nos mandan sentar a jugar con unos dados de madera mientras el director y el regidor explican lo que va a pasar. Antes de que acaben el actor que está a mi lado me dice: «Ahora te voy a coger la cabeza y te voy a poner este cuchillo al cuello»

-¿Eh?

No contesta, porque ya tengo el cuchillo al cuello. Qué rápido. Forma parte de la escena. Al parecer, somos unos guardaespaldas muy inútiles, porque este hombre me va a neutralizar a mí y a mi colega con esa jugada para asesinar a nuestro jefe. Y así ocurre en el ensayo. Entra el director y me dice que me cambie. Que el cuchillo se lo van a poner a mi compañero. Yo tengo que hacer como que saco el arma, pero me corto para que no maten a mi colega. Y así lo hago. Derrocho tensión las cinco o seis veces que repetimos la toma.

En exteriores

Resulta increíble la cantidad de gente que ha sido necesaria para poner en marcha toda la acción: iluminadores, operadores de cámara, de sonido, maquilladoras, asistentes de vestuario, efectos... Somos un montón de gente. Pero cuando realmente veré gente trabajando será al cabo de unos días, cuando me convocan para el segundo rodaje. Esta vez en exteriores, en medio del poblado construido para replicar la Compostela primigenia.

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Durante todo el día deambularé por el set de acuerdo con lo que me mande el regidor. Arranco cuando gritan «¡Acción!» y me paro cuando gritan «¡Corten!». Después de casi once horas de rodaje ya me creo que de verdad soy un matón medieval y me dan ganas de entrar en los sitios a empujones y sin pedir permiso. Eso sí, estoy reventado y cuando regreso a casa solo pienso en una cosa: cómo saldré en el capítulo y si no me habré equivocado de profesión y tendría que haber probado en el mundo del cine.

Esperar, esperar, esperar y esperar

Ser figurante es cargarse de paciencia. Uno puede estar tres horas sin nada que hacer, hasta que alguien te urge para que te pongas en una esquina a simular que hablas con otro figurante. Todo en silencio, por supuesto. El ruido más insignificante entra por los micrófonos y los regidores son unos profesionales muy simpáticos... Hasta que haces ruido...

Tener paciencia es por tanto, la principal característica que debe adornar a un figurante. Y algunos de los que compartieron la experiencia conmigo lo han hecho muchas veces. Una jornada de trabajo le proporciona a un figurante unos 35 euros. No es mucho. Sobre todo si se costea el transporte hasta Silleda. Los días que yo fui, los había de las cuatro provincias, de las siete ciudades. ¿Compensa? Para muchos participar en una serie de la dimensión de El final del camino es ya una recompensa suficiente. «Tuvimos uno que vino desde Madrid dos días, costeándose el viaje él, claro», explica una de las chicas de producción.

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En los descansos o sencillamente en la parte de la jornada en la que nadie nos necesita, queda claro que el asunto engancha, porque casi todos repiten. Hay actores y repartidores, parados y estudiantes... Algunos dan pelos y señales de las productoras que trabajan en Galicia: cuál paga más o donde se come mejor. Pero, en general, todos están un poco deslumbrados por el despliegue que desarrolla esta producción.

No hay más que percatarse de la cantidad de veces que nos fotografían para mantener el raccord. A mi compañero le colocaron el primer día una herida en la frente. Dado que el segundo día tenía escenas que pertenecían a un flashback, la cicatriz aparecía y desaparecía según la toma. No se escapa un detalle. Al fin y al cabo, toda esa gente que se mueve por el escenario tiene algo que hacer. Y lo hacen muy bien. Ya que se trata de crear magia, mejor hacerlo con todas las garantías.

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