Rubén Villar: «La violencia puede atajarse si se actúa en etapas tempranas, hay que invertir en prevención»

Un servicio de Xunta y Colexio de Psicólogos ayuda a los hombres a resolver conflictos sin emplear la violencia

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redacción / la voz

El programa Abramos o Círculo se puso en marcha en el año 2001 gracias a la colaboración entre la Secretaría Xeral de Igualdade y el Colexio de Psicólogos de Galicia. En estos 15 años ha tratado a unos 650 hombres que acuden de forma voluntaria y a los que se les ofrecen diez sesiones de terapia que, en caso necesario, pueden prorrogarse hasta dos veces. Rubén Villar, su coordinador, explica en qué consiste.

-Es un programa de atención psicológica especializada que ofrece terapia a hombres que quieran aprender a resolver conflictos sin violencia y a comunicarse mejor con su familia y con su pareja. Son hombres que acceden de manera voluntaria, se ponen en contacto con este teléfono (630 170 140), los atiendo yo, que soy el coordinador, y lo derivamos al terapeuta más próximo. Es voluntario, no son hombres condenados por violencia de género, sino hombres que desean adquirir nuevos hábitos de comportamiento y que se ponen en contacto para que determinada situación familiar no vaya a más.

-Es voluntario, pero quizás llegan al programa forzados por la situación doméstica.

-Sí, claro. Se ponen en contacto con nosotros cuando se dan cuenta de que existe un problema. A partir de ahí es cuando empiezan a trabajar para frenar esa situación y no ir más allá. Es un programa de prevención secundaria, que es cuando la conducta problema empieza a dar la cara pero todavía no se ha instalado.

Para cortar la violencia hay que actuar en la prevención primaria. Sí se puede atajar en situaciones tempranas, y de hecho sería necesario que se invirtiese más en prevención primaria para que estas situaciones no llegasen a más.

-Después de 15 años, ¿cree que el programa funciona?

-El éxito es difícilmente cuantificable, pero en el 2015 se atendieron en toda Galicia 114 hombres, de los cuales 60 han sido alta terapéutica, 16 abandonaron el programa y el resto siguen en intervención. Una vez que dan el paso de pedir ayuda, la mayoría evolucionan favorablemente.

-¿Cómo explican ellos su conducta?

-Cada caso es diferente, pero muchas veces cuando llegan al programa utilizan mecanismos de defensa: «no soy yo, sino que es el contexto», o «no soy yo, sino que es el estrés», «me pongo nervioso y tengo un carácter muy fuerte y entonces cuando empiezo a discutir se me va de las manos». Utilizan esos mecanismos de defensa, negar, justificar, decir que no fue para tanto. Lo que hacemos es trabajar esos disparadores, también los celos; en cada caso el disparador es diferente, por eso el programa es individualizado.

-La violencia doméstica ¿suele estar vinculada al consumo de alcohol o drogas?

-No tiene por qué. Hay algunos mitos, como la enfermedad mental o el consumo de sustancias, o los inmigrantes. Pero de los usuarios del 2015 solo 12 eran inmigrantes, y en el caso de alcohol y drogas pasa lo mismo, son mínimos los casos.

-¿Hay un perfil de usuario del programa?

-No, ese es otro de los mitos. El perfil es muy amplio. Lo que sí es común es la forma en la que llegan, utilizando esas justificaciones.

-¿Y hay una explicación de fondo para el maltrato?

-Depende de cada caso, pero en la base está esa sociedad patriarcal en la que el género masculino tiene unos privilegios y no quiere renunciar a ellos. Eso es fuente de conflicto y en algunos casos ese conflicto puede llegar más lejos. Por eso la importancia de trabajar con gente joven, porque hay que desmontar todo eso; primero hay que deconstruir para poder construir.

-Parece que la situación no mejora, porque se está alertando de nuevas formas de control en los jóvenes.

-Sí, es cierto que aparecen nuevas formas de control, pero la violencia es la misma. El cambio lleva tiempo y esfuerzo, porque hay que renunciar a privilegios y eso no es fácil.

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