Carlos López Otín: «Podremos llegar a controlar el cáncer, pero no lo erradicaremos nunca»

Otín, uno de los referentes mundiales en tumores y envejecimiento, ofrece hoy una charla en A Coruña


REDACCIÓN / LA VOZ

Carlos López Otín (Sabiñánigo-Huesca, 1958) encierra en su voz suave y pausada un mensaje envolvente y cautivador. Es un sabio que sabe transmitir para llegar a la gente, una cualidad nada despreciable para quien es el científico español más citado en el campo de la biología y uno de los grandes referentes mundiales en cáncer y envejecimiento. Catedrático de Bioquímica y Biología Molecular en la Universidad de Oviedo, donde se ha labrado su prestigio internacional, hoy cerrará en A Coruña el programa de actos del centenario del doctor Rafael Hervada, organizado por el Hospital San Rafael, con una charla sobre Los paisajes genómicos del cáncer y el envejecimiento. Será en la sede de la Fundación Abanca, a partir de las siete de la tarde. 

-Dicen de usted que duerme cuatro horas, come poco y que no necesita reloj para despertarse. ¿Es cierto?

-Sí, sí es cierto. Es ya una costumbre. Y tampoco tengo teléfono móvil. Solo lo utilizo cuando voy de viaje por si tengo alguna emergencia, pero no lo necesito.

-Y tampoco cobra por las muchas conferencias a las que lo invitan.

-No, por supuesto que no -salvo que sea organizada por alguna empresa por un tema concreto-, porque de lo que se trata es de compartir conocimientos.

-Usted lideró, dentro del Consorcio Internacional del Genoma del Cáncer, el proyecto español sobre leucemia linfática crónica. ¿Cómo va el trabajo?

-El pasado noviembre completamos la secuenciación del genoma de los tumores de 500 pacientes y la identificación de las mutaciones más recurrentes. Fue nuestro compromiso científico y lo cumplimos, y fuimos, dentro del consorcio internacional, el primer grupo del mundo en cumplir con su objetivo. Ahora entramos en una segunda fase más dirigida a trasladar este conocimiento a la clínica, pero tenemos menos dinero.

-¿Por qué?

-Porque ya no estamos dentro del consorcio mundial y es otra dimensión. Ahora tenemos que recurrir a convocatorias nacionales. Pero nosotros somos un laboratorio de investigación básica y tampoco es nuestra labor fundamental. Son otros grupos más clínicos los que tendrán que hacerlo y nosotros colaboraremos, pero no lideraremos el proceso.

-¿Qué cabe esperar?

-Se han identificado nuevas dianas terapéuticas, de las que 60 son genes recurrentes de la enfermedad, por lo que ahora se intentarán crear nuevas terapias. Podremos desarrollar nuevas estrategias terapéuticas. Otra vía que se abre es la transversalidad genómica, en la que los hallazgos sobre un tumor se pueden trasvasar a otros.

-Entiendo que los resultados aún tardarán en llegar.

-En algunos casos no, porque la identificación de las mutaciones de este tumor ya nos permite ahora poder analizar un paciente y ofrecerle un tratamiento más personalizado, darle un medicamento más específico o, si no se tiene, buscar otra alternativa. Es la medicina de precisión, que es el futuro.

-Sobre el cáncer en general, muchos especialistas apuntan a que podrá controlarse hasta convertirlo en crónico, pero tratable. ¿Es el objetivo?

-El objetivo siempre es curar, no cronificar una enfermedad. Ya se curan más de la mitad de los tumores en la actualidad, pero en algunos tipos de cáncer la situación todavía está muy lejos de ser la óptima, porque tienen un pronóstico muy malo. En estos casos la idea sí puede ser buscar alternativas para cronificarlos. Es un muy buen momento para la investigación oncológica.

-¿Podrá llegar a controlarse?

-A controlarse creo que si podremos, pero a erradicarlo no. No lo erradicaremos nunca. El cáncer es una enfermedad asociada a nuestra historia evolutiva como seres complejos, y si controlamos unos tumores, aparecerán otros que también tendremos que tratar. Como seres vivos complejos, el cáncer nos acompañará siempre.

-Un estudio reciente sitúa en 120 años el límite biológico del hombre. Usted, como experto también en envejecimiento, ¿lo cree así?

-Este estudio estuvo dirigido por un buen amigo mío. Y sí, lo normal es que cada especie tenga un límite biológico que no se puede sobrepasar. Algunos creen que llegaremos a ser inmortales, pero nuestra evolución es consistente con un límite. Puede que en el futuro se consiga alargarlo con intervenciones sobre este proceso, con la creación de hombres máquina híbridos que darán lugar al Homo sapiens 2.0, pero con nuestro conocimiento actual es el tope de vida. 

-Pero existe de verdad esa posibilidad de convertirnos en «Homo sapiens 2.0»?

-Claro que es una posibilidad y puede que algún día se haga realidad. Pero no es mi prioridad. Sigo pensando que el interés en estos momentos debe estar en enfrentarnos a enfermedades para las que aún no tenemos una respuesta, como el cáncer o las neurodegenerativas. Hablar de inmortalidad o del sapiens 2.0 como concepto es provocativo intelectualmente, pero nunca una prioridad. 

-Usted ha logrado el reconocimiento internacional en una universidad mediana de una ciudad pequeña. ¿A costa de qué?

-De un esfuerzo infinito, demoledor, y a veces poco recompensado. Yo siempre digo que mi mejor recompensa son los estudiantes y la oportunidad de compartir con ellos la búsqueda de conocimiento, y la sensación de que no sabes si eres tú el que les enseñas o si en realidad estás aprendiendo de ellos. Pero en Galicia también hay buenos ejemplos de científicos premiados y reconocidos internacionalmente. Me gusta la periferia.

-Pero lo habrán tentado en muchas ocasiones para irse.

-Sí. Es fácil si estás bien situado en los ránking internacionales que miden el impacto de los científicos. Pero soy inmune a todo eso, aunque no sé si siempre lo seré.

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