Las etiquetas

La misma persona que dice no creer en las etiquetas se queja si en un supermercado los productos no están dispuestos de una manera clara y reconocible


Escritor y periodista

Cuando, la semana pasada, vi que le daban el Nobel de Literatura a Bob Dylan pensé con pereza: «Vaya, ahora viene la discusión de las etiquetas».

Lo de las etiquetas es un clásico. Se trata de una falsa polémica en la que el que defiende que «no se deben poner etiquetas» gana siempre por la mano, y el que no está de acuerdo queda como un cabeza cuadrada.

Por supuesto, es una pose, una de esas argumentaciones que nos gusta cómo suenan pero que no nos creemos de verdad. De hecho, la misma persona que dice no creer en las etiquetas se quejará si la ropa de un comercio no se encuentra debidamente etiquetada, o si en un supermercado los productos no están dispuestos de una manera clara y reconocible. Tratándose de la cultura, esa misma persona no querrá leer un libro hasta saber «qué clase de libro es», y te dirá que no le gusta el country o que le encanta la novela negra, así en general. Las etiquetas nos molestan solo a efectos de la discusión sobre las etiquetas, por lo demás nos parecen muy bien. Y con razón: son muy útiles. La ciencia consiste, fundamentalmente, en etiquetar el mundo para poder comprenderlo mejor.

Precisamente los científicos nos cuentan que la costumbre de etiquetarlo todo, y buscar los límites precisos de cada concepto, no es tal costumbre sino un instinto. Foucault, el pensador francés, desarrolló en su día una teoría muy conocida y citada según la cual la manía de clasificarlo todo sería un invento de las élites de la Ilustración para dividir y controlar a los seres humanos. Pero es una idea equivocada, y esto se puede demostrar hasta experimentalmente, porque nuestra mente está programada para buscar pautas en todo. Detectar rasgos comunes entre las cosas y luego generalizarlos para crear categorías cerradas (es decir, etiquetar) forma parte de nuestra condición de seres humanos.

En realidad, el debate sobre las etiquetas oculta otro sobre jerarquías. Cuando algo nos gusta mucho, queremos que se lo reconozca como parte de la jerarquía más alta posible, y, por una serie de razones, la palabra literatura tiene un prestigio que no tiene la palabra canción. Esto es algo que, aparentemente, acepta todo el mundo, incluidos aquellos a quienes no les interesa la literatura. De no ser así, nadie se molestaría porque se le otorgue a Dylan la condición de poeta, pero tampoco porque se le niegue.

¿Estuvo bien darle el Nobel de Literatura a Dylan? Se podría pensar que el debate lo ha resuelto él mismo cuando ha ignorado el premio como si no fuese con él. Pero hay quienes, quizás más dylanistas que Dylan, piensan que lo que pasa es que Dylan no sabe quién es Dylan.

Y puede que tengan razón. Dylan recogió sus doctorados honorarios por las universidades de St. Andrews y Princeton -aunque luego escribió en su autobiografía que sentía que eso le había hecho perder credibilidad-. Recogió varios de sus trece Grammys, su Globo de Oro del 2001, la Legión de Honor francesa en el 2013, y aceptó la Medalla del Centro Kennedy de 1997 (a pesar de que años antes, recogiendo otro premio, había elogiado al asesino de Kennedy). También aceptó su Óscar del 2000 y su Pulitzer del 2008. No recogió la Medalla Nacional de las Artes en el 2010 de manos de Obama, pero si la Medalla Presidencial de la Libertad dos años después, también de manos de Obama. No recogió el Príncipe de Asturias del 2007, pero lo agradeció. Si al final Dylan acabará aceptando o no el Nobel es algo que solo él sabe, pero si lo hace no será el fin de las etiquetas, sino una pequeña redefinición de sus límites.

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