Los héroes del quiosco

Los historietistas de la posguerra trabajaban por cuatro perras y su mayor afán era sobrevivir, pasar desapercibidos, ver tiempos mejores


Viendo la exposición que acaba de inaugurar el Círculo de Bellas Artes de Madrid sobre El Capitán Trueno y su impacto en la cultura española, me acordé de lo que se decía de este personaje en los años de la transición. Entonces, los sociólogos nos contaban que el Capitán Trueno, con su «¡Santiago y cierra España!» y su pasado de cruzado en Tierra Santa, era un símbolo del régimen. Luego supimos que el dibujante, Ambrós, había hecho la guerra en Teruel con el Ejército republicano, y que su creador, Víctor Mora, era militante del PSUC (cuando salió el primer número de su tebeo, se encontraba preso en la Modelo). Así que se pasó a decir que el verdaderamente franquista era El Guerrero del Antifaz, siempre a golpes con los «perros infieles». Tampoco. Resultó que Manuel Gago, su guionista, se había pasado la infancia en Albacete porque era allí donde estaba preso su padre, antiguo comandante republicano. ¿Y Roberto Alcázar y Pedrín? Tanto su principal guionista, José Jordán, como su dibujante, Eduardo Vañó, habían combatido por la República como voluntarios.

Ahora sabemos que la cultura popular del franquismo era muy poco franquista. Era el refugio al que, cautivo y desarmado, había ido a parar lo que sobrevivió del Ejército republicano. Los vencedores se quedaron con las editoriales y las academias, y a los perdedores solo les dejaron los quioscos; y allí se parapetaron, protegidos con seudónimos.

Buena parte de los héroes de infancia de dos generaciones salieron de la imaginación de presos y represaliados. Escobar (el de Zipi y Zape), Jorge (el de Doña Urraca) o Boixcar (el de Hazañas Bélicas) comenzaron a dibujar en la cárcel o en el campo de concentración. El único franquista en la editorial Bruguera era Luis García Lecha, que era funcionario de prisiones y les echaba una mano a sus compañeros cuando se metían en líos. El resto era prácticamente una brigada mixta en cuadro: Peñarroya, el creador de Don Pío y Gordito Relleno; Conti, el de El loco Carioco; Cifré, el del repórter Tribulete? En el quiosco sumaban fuerzas con las novelas de vaqueros de Edward Goodman (Eduardo de Guzmán), Meadow Castle (Prado Castellanos) y otros antiguos republicanos reciclados, incluido Marcial Lafuente Estefanía, el de más rango entre todos ellos en más de un sentido, puesto que había sido general de artillería.

Ahora que se conocen las vidas que había tras aquellos seudónimos, los estudiosos se apresuran a encontrar mensajes ocultos y proclamas políticas disimuladas. Las hay. Haxtur, el héroe de capa y espada de Víctor de la Fuente, va liberando pueblos y guarda un cierto parecido físico con el Che Guevara. El Capitán Trueno habla con frecuencia de la libertad y su sentido de la justicia le lleva a hacer que siempre «gane el bueno», como le pedía la canción de Asfalto. En realidad, todos los héroes luchan por la justicia y estos pequeños guiños quizás se exageran ahora un poco, como cuando se encontraban por todos lados metáforas del franquismo en las mismas obras. Los historietistas de la posguerra trabajaban por cuatro perras y su mayor afán era sobrevivir, pasar desapercibidos, ver tiempos mejores.

Y sin embargo, mirando el catálogo de la exposición sobre El Capitán Trueno en el Círculo de Bellas Artes me parece atisbar en una viñeta el eco del lamento de los vencidos y exiliados. Interrogado por el Capitán Trueno, un personaje relata el triste destino de los suyos: «Fueron hombres fuertes los que nos echaron de nuestro país, burlándose de nosotros. Después fuimos errantes de un reino a otro, soportando humillaciones incesantes?».

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