A bordo de un crucero histórico

El gallego Jorge García forma parte de la tripulación del «Serenity», el único gran buque de pasajeros que ha recorrido el Paso del Noroeste, desde Alaska hasta Nueva York


Los billetes volaron en tres semanas a pesar de que el camarote más asequible se cotizaba a 20.000 euros. Pero no se hace historia todos los días. Los más de mil pasajeros del Crystal Serenity llegaron a Nueva York el 16 de septiembre procedentes de Alaska. Partieron el 16 de agosto de Anchorage, enfilaron el Polo Norte a través del estrecho de Bering y navegaron por los mares de Chukchi y Beaufort hasta el laberíntico archipiélago de hielo que separa el Pacífico y el Atlántico. Tras rodear la remota isla de Baffin, tocaron tierra en Groenlandia y pusieron rumbo a las costas de Boston. Nunca antes un buque turístico de tales dimensiones había hecho algo así. Entre su tripulación, el gallego Jorge García, de Ferrol.

Pachete -así es como le conocen sus amigos- forma parte de la familia de Crystal Cruisses como senior waiter (camarero) desde hace cinco años cuando, tras acabar sus estudios de hostelería y trabajar en distintos hoteles, sus padres le impulsaron a embarcarse en esta aventura. «Les estaré eternamente agradecido. Acostarse en un país y despertarse en otro es algo único», considera. Es uno de los ocho españoles de los 600 tripulantes. Y el único gallego. «Nunca imaginé que existiese un lugar como Ulukhaktok», relata entre risas, recién llegado a la ciudad de los rascacielos. Durante 18 días -los que el descomunal barco de 249 metros de eslora serpenteó paralelo a Canadá- no puso un pie en tierra firme. A su alrededor, fiordos, hielo y mar. Focas, bueyes almizcleros y osos polares. Luz blanca, auroras boreales y mucho, mucho frío. Una experiencia «increíble», a la que sin embargo, confiesa ahora, se enfrentó en un primer momento con algo de respeto. «Reconozco que la ruta me imponía, pero confío al cien por cien en el capitán y sé que el viaje se planeó durante cuatro años al detalle», explica. No exagera. La naviera no escatimó en esfuerzos ni en medidas de seguridad. Trazó el itinerario ciñéndose a un riguroso estudio de viabilidad, se hizo con un innovador sistema de residuos y recurrió a un combustible bajo en azufre. Durante el recorrido, un rompehielos acompañó al buque con dos helicópteros y varias zódiacs, a las que a su llegada al Ártico se encaramaron los turistas por grupos para explorar la zona. «El crucero no podía acercarse, por lo que los pasajeros hicieron uso de las lanchas para llegar a tierra» detalla Pachete. ¿Y qué hacían allí, en medio de la más absoluta nada? «La comunidad inuit nos recibió mostrándonos sus tradiciones y habilidades artesanales -recuerda-, y en varias ocasiones fueron ellos los que se acercaron hasta el barco». Al intercambio cultural, al que Crystal contribuyó donando suministros y material, se le sumaron expediciones, excursiones en kayak, zódiacs y helicópteros en las que los turistas, acompañados de profesionales, tuvieron la oportunidad de asistir a vistas únicas y espectaculares. ¿Y la tripulación? ¿Cómo es vivir prácticamente en el mar? Si algo no se perdona es la siesta. Pachete alaba el trato de la empresa al trabajador, pero reconoce que no todo el mundo vale para ello. Su conclusión es muy clara: «Soy un afortunado por poder trabajar y viajar al mismo tiempo».

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