Mucho calor para ser vikingo en Catoira

Valerosos normandos y galaicos embutidos en pieles desafían la canícula a orillas del Ulla


«Martín, es usted un hombre medieval... No ha conocido a Descartes». Punto. Así se dirigía Ángel Álvarez, profesor de Metafísica en la Universidade de Santiago de Compostela, a uno de sus más carismáticos alumnos a principios de los 90. La Romaría Vikinga de Catoira, que ayer consumó su 56 edición repleta de personal, puede ejercer un efecto similar en la mente de quien acude año tras año a este fenomenal desparrame en la desembocadura del Ulla. Todo parece, en efecto, medieval, poco cartesiano. Las multitudes, ajenas a semejantes sutilezas, acuden puntuales a contemplar la singladura de los cuatro drakkar, irreprochables reproducciones de las embarcaciones con las que los lordemanos (denominación que los antiguos galaicos empleaban para referirse a estas belicosas gentes) surcaban la ría de Arousa en su afán saqueador. Los barcos, atestados de hordas normandas, enfilan las Torres de Oeste, erigidas en el siglo IX para evitar precisamente esto, y proyectan su carga de guerreros y guerreras sobre los restos de la fortaleza, defendida por aguerridos paisanos.

El gran combate

El círculo se cierra, coronando una vez más el ciclo sin fin de las estaciones. Esto, claro está, no es más que apariencia. No todo es igual a sí mismo, verano tras verano, en la Romaría Vikinga. Esta vez, para empezar, Bruxo Queiman e Andrea Pousa se encargan de escenificar el combate entre ambos ejércitos. Uno es Ulf O Galego, célebre caudillo del siglo XI que se ganó su apodo como ustedes pueden imaginar, a sangre y fuego. Ella encarna a la diosa Navia, divinidad de probable dominio acuático a la que se rendía culto en la vieja Gallaecia.

Mucho mejor con cuernos

El ejercicio dramático es meritorio y le añade sabor a una fiesta que comenzó a celebrarse en 1960 y hoy atrae al mismísimo embajador danés, John Nielsen, que no dudó en embarcar junto al alcalde catoirense, Alberto García, en los prolegómenos de la Cea Vikinga del sábado. Altamente recomendable, por cierto, para todos quienes deseen meterse de verdad en el papel. Es preceptivo ataviarse como es debido. Los cuernos son opcionales, que luego todo se sabe, pero, qué quieren que les diga, el vikingo sin ellos es un poco menos vikingo. Por lo demás, mejillones, pulpo, churrasco, cerveza, vino y licores a fartar. Nunca falta algún hijo de Frederikssund, la villa danesa hermanada con Catoira. No es mala ocasión para hacer amigos. Óscar, que es vasco, de Guipúzccoa, pero lleva unos años ya en Fuerteventura, se lo pasa en grande mientras pide otra caña. «Esto está fenomenal, cuánta gente, y además todo este verde, no veas en Canarias, que todo son piedras». Una taza conmemorativa, una pistola de madera que dispara gomas y una ballesta bien resultona viajan en su petate como recuerdos.

Hay muchas maneras de ser vikingo en esta romería. Kirk Douglas y Tony Curtis, guerreando sin casco. El Príncipe Valiente, con peinado a la taza y ficha de ajedrez por montera. Los modernos Vikings, neobárbaros ilustrados por obra y gracia de National Geographic. Vickie, por supuesto, con su nariz frotante. Olafo el Vikingo, en permanente litigio con Helga. De lo que no hay forma es de ser vikingo con este calor. 39 grados a la sombra aquí, en Catoira. Esto no hay normando que lo resista. Ni siquiera Martín, el medieval.

Campamento y radioaficionados

La Romaría Vikinga ha hecho, en esta ocasión, un notable esfuerzo de renovación. El primer campamento vikingo, auspiciado por las asociaciones Jacobsland de Pontevedra y Ulf Klan de Ourense, apunta maneras de consolidación. Los talleres para chavales de todo tipo de cosas, elaboración de cascos incluida, son una de sus fortalezas. El pequeño Gael maneja un palo con destreza frente a sus padres, Mónica y Germán. Un poco más allá, la asociación de radioaficionados de Padrón consigue contactar con una estación escandinava. Todo depende de los ciclos del sol, explican Miguel y Javier. Suena bastante vikingo, la verdad.

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