El arriesgado viaje de J. hasta Charlotte

Esta es la historia de una mujer que nació dentro de un cuerpo de hombre. La suya fue la primera sentencia que obligó al Sergas a pagar una cirugía de cambio de sexo. Se ejecutó el año pasado

El largo calvario de Charlotte Charlotte Goiar, una viguesa de 43 años, ganó hace seis años una sentencia histórica que obligaba al Sergas a pagarle una operación de reasignación de sexo. Ha pasado más de un año desde la intervención pero el proceso todavía no ha terminado.

Vigo / la voz

Un tarde de verano, J. entró en el salón de casa con el corazón en un puño. Corría 1987.

-Tengo que decirte una cosa muy importante, mami -era un chico tímido, de maneras afeminadas, que agotaba sus quince años sin siquiera un atisbo de pelusa en el labio.

-¿Qué pasa?

-Es que... no sé cómo contártelo -avisó, rompiendo a llorar. Llevaba meses rumiando ese momento. Qué decir y cómo.

-¡Ah! No te preocupes, no te preocupes, ya sé lo que es -comprendió ella-. ¿Cómo quieres que te llame?

-Me gusta Charlotte -dijo. Y para ella, nunca más fue J.

La madre de Charlotte Goiar se murió en el 2012 y aquella conversación, quince años antes en su piso del centro de Vigo, fue la última que mantuvo con su hija sobre su transexualismo. Nunca hicieron falta las palabras. La había visto sufrir lo indecible. «Maricón, vete de casa», le avisaban sus dos hermanos. Era un chico que vestía con ropa de chico e iba al colegio con otros chicos. Pero sabía que no era un chico.

«Lo supe desde siempre», dice.

Quedaban todavía muchos años para que se convirtiera en la protagonista de la primera sentencia que ordenaba que el Sergas pagase una cirugía de cambio de sexo. Faltaba una eternidad para que entrase en un quirófano con el fin de «acomodar su físico a su yo psíquico», como mandó el Tribunal Superior de Xustiza de Galicia.

Si su infancia fue dura, su adolescencia fue espantosa. Las hormonas y el instituto. Los insultos y los escupitajos. Llegó un momento en que su vida era imposible: solo tenía una amiga, no quería cursar educación física para no entrar en el vestuario, la rechazaban. Explotó. En segundo de BUP dejó el Santa Irene.

Por eso, una tarde de verano, dos meses antes de cumplir los 16, entró encogida en el salón de su madre. Poco después acudió por primera vez a un médico. La endocrinóloga María Luisa Fernández, del ambulatorio de Coia, nunca había visto un caso así.

-Déjame una semana.

Cuando volvió, pudo leer las primeras fotocopias de publicaciones médicas sobre lo que a ella le ocurría. El doctor norteamericano de origen alemán Harry Benjamin había utilizado en 1952 el término transexualismo ante la comunidad médica. Hoy se conoce también con otros nombres, como disforia de género o síndrome de Harry Benjamin. La Clasificación Internacional de Enfermedades lo califica como un trastorno mental que «consiste en el deseo de vivir y ser aceptado como un miembro del sexo opuesto».

«El sentimiento del individuo no concuerda con su sexo físico», explica el jefe del servicio Endocrinología del Chuvi, Eduardo Pena, «pero no hay ninguna diferencia hormonal medible». No se sabe cuál es el origen, solo se sabe que algo no encaja en algún punto. Nada más.

Los endocrinos del Chuvi han tratado una docena de casos, después de Charlotte. El diagnóstico es la clave, dice Pena. Lo hacen los psiquiatras. Después comienza el tratamiento hormonal. No se puede hacer hasta los 18, aunque «sería más fácil antes de la pubertad», aclara. Las hormonas luchan contra el cuerpo. No son tan definitivas como la cirugía, pero ya producen cambios.

Un estudio de la Academia Internacional de Investigación Sexual a través de técnicas de imagen cerebral concluyó que los hombres tratados con hormonas para ser mujeres presentan una estructura cerebral mixta, con rasgos masculinos, femeninos y desmasculinizados.

El tratamiento de Charlotte comenzó a los 16. Eran tres comprimidos al día, los estrógenos (femeninos) y los antiandrógenos (contra la hormona masculina). Se atrevió a empezar a ponerse vestidos por primera vez a los 17. Fue reafirmar lo que sentía. No la alivió. Tampoco la operación de pecho, que su madre le pagó a los 21. Pasó los 20 y los 30 encerrada en casa. «Me levantaba por la mañana y no quería vivir, me tomaba una pastilla para seguir durmiendo». Charlotte Goiar ha existido más tiempo con tratamiento psiquiátrico que sin él.

Nunca trabajó. Buscaba un empleo de camarera y la rechazaban al ver su DNI. Pedía una plaza en un gimnasio y se la negaban. «El dichoso nombre», dice. «J». No quiere ni recordarlo. Se lo cambió en el 2007, con la ley de identidad sexual. «Fui la primera de Vigo en pedirlo», asegura.

Tuvo un novio que la dejó. «Ningún colectivo transexual quiso ayudarme porque yo decía que estaba enferma y no les gustaba». Estaba sola. Para entonces, la reasignación de sexo ya era una necesidad vital. El Sergas nunca quiso pagar la operación: primero la negó, después recurrió todas las sentencias y más tarde demoró su ejecución. El Tribunal Superior le obligó porque un real decreto de 1995 y otro del 2006 reconocen la técnica dentro de la cartera de servicios de la sanidad pública. El proceso judicial comenzó en el 2008 y la sentencia del TSXG es del 2012, pero Charlotte no se acostó en una mesa de operaciones hasta el 21 de enero del 2015.

Ese día, una cirujana de la Clínica Iván Mañero de Barcelona extrajo un trozo de su colon, lo aisló, formó un tubo, creó su vagina y anuló sus genitales masculinos. 42 años después.

Pero hubo complicaciones. Tras cinco cirugías, tiene una fístula que no se ha cerrado y asegura que el Sergas no quiere tratarla.

Le falta poco, pero son ya muchos años de viaje para, simplemente, poder ser quien es. «Todo es culpa del mal entendimiento de una enfermedad», lamenta, «yo no he escogido esto».

«He asesorado a cuatro personas en casos como el mío»

Hubo un momento en que la batalla de Charlotte con el Sergas se hizo pública. Fue ella misma la que en el 2012 se dio a conocer anunciando que había logrado la primera sentencia que condenaba al Sergas a pagar su cambio de sexo. Era una manera de que se visualizase su activismo en Internet y también de anunciarse a sí misma que el final de ese camino de lucha estaba cerca. Una vez que se hizo público y que el Sergas se negó a acatar la sentencia -primero la recurrió, después no la ejecutó y Charlotte presentó varias demandas que siempre le dieron la razón-, su pugna se convirtió en pública. «He llegado a momentos muy bajos, en los que seguía solo por la curiosidad humana de ver cómo terminaba esto, dice». Pero esa notoriedad de Charlotte Goiar sí sirvió a otros. Al menos cuatro personas gallegas han contactado con esta viguesa para que les echase una mano. «Los he acompañado, he ido con ellos al endocrinólogo a su primera consulta», dice satisfecha. Son personas de entre 16 y 32 años. «A una la han operado del pecho», cuenta.

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