El Cervantes de Nueva Jersey

Se quejan los incondicionales de Cervantes de que no se está celebrando tanto aquí a Cervantes como allá en Gran Bretaña a Shakespeare. Yo también soy incondicional pero no me quejo


Escritor y periodista

La semana pasada, en Míchigan, vi un estornino que me recordó los cuatrocientos años de la muerte de Shakespeare -porque me hizo pensar en un episodio de Enrique IV-. Y ayer, volviendo en tren de Nueva Jersey a Nueva York, la estampa de un veterano de Irak me hizo acordarme de los cuatrocientos años de la muerte de Cervantes, que se conmemoran también estos días.

Se quejan los incondicionales de Cervantes de que no se está celebrando tanto aquí a Cervantes como allá en Gran Bretaña a Shakespeare. Yo también soy incondicional pero no me quejo, porque pienso que podría ser peor. Hoy Cervantes, de no haber muerto hace tiempo, sería vilipendiado a izquierda y derecha, por esto y por lo otro. Unos le reprocharían su pasado criminal -un juez le condenó a destierro y la amputación de un brazo por participar en una riña con arma blanca-.  Otros le echarían en cara su participación entusiasta en la batalla de Lepanto, y que fue algo así como  la invasión de Irak de aquellos tiempos -allí el destino se cobró el brazo que Cervantes había logrado salvar-. Incluso si la mayoría se compadecería de sus cinco años de cautiverio en Argel, no faltarían quienes se indignasen porque al final se hubiese pagado su rescate -quinientos ducados- a unos terroristas. Pero, sobre todo, a Cervantes se le tacharía de corrupto por su época como funcionario del rey, que acabó con sus huesos en la cárcel, condenado por cohecho y apropiación indebida. A Cervantes le hubiesen quitado la calle y el doctorado honoris causa, caso de haberlo tenido, porque la gente ahora es incapaz de distinguir entre la vida y la obra de un creador.

Borges tiene un cuento célebre en el que ironiza con esta idea de que la obra de un autor es inseparable de su vida. Pierre Menard, un escritor francés, decide escribir el Quijote. No copiarlo ni continuarlo, ni hacer una versión, sino escribirlo de manera espontánea. Su idea es que viviendo las mismas experiencias que Cervantes, siendo Cervantes, lógicamente, tendrá que salirle por fuerza la misma novela, y así se embarca en un programa disparatado de vivencias impostadas que incluye guerrear contra los árabes y olvidar la historia de Europa entre 1602 y 1818.

Al final, Menard logra su propósito solo muy parcialmente: escribe, palabra por palabra, el capítulo nueve y un poco del veintidós, y el treinta y ocho de la primera parte, que es el que contiene el famoso Discurso de las armas y las letras que nuestra profesora de BUP, Teresa, nos había hecho memorizar para un examen.

El veterano de Irak que estaba sentado frente a mí en el tren de Nueva Jersey al World Trade Center era un tipo más bien gordo, casi un sintecho, con las insignias de su unidad cosidas en la chaqueta y un cartel pidiendo ayuda económica. No tenía inútil el brazo, como Cervantes, sino una pierna. «Veamos si es más rico el soldado» escribe Cervantes en ese capítulo treinta y ocho, «y veremos que no hay ninguno más pobre en la misma pobreza, porque está atenido a la miseria de su paga, que viene o tarde o nunca». Cervantes pensaba en sí mismo cuando hablaba de «algún balazo que quizá le habrá pasado las sienes o le dejara estropeado de brazo o pierna».

Aquel hombre del tren había hecho el mismo programa que Pierre Menard, pero de verdad: había combatido en tierras de islam, había perdido el uso de un miembro en la guerra y vivía en la pobreza como Cervantes. ¿Podría escribir el Quijote? Probablemente, no. Pero si lo leyese, es posible que se reconociese en él, que es casi lo mismo.

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