Vivir en Fukushima, como 100 radiografías al año

Greenpeace denuncia que los trabajos de descontaminación para reducir los niveles de radiactividad de la planta nuclear no funcionan


madrid / colpisa

La radiactividad en las zonas de exclusión total y parcial junto a la central nuclear de Fukushima aún está muy por encima de los niveles exigidos por los organismos internacionales, informó ayer Greenpeace. Según su análisis del proceso de descontaminación, las medidas no consiguen el efecto deseado y generan problemas adicionales. Denuncian que, de cumplirse el plan del gobierno japonés, que prevé autorizar el regreso de los desplazados en el 2017, los que vuelvan pondrán en riesgo su salud.

«El proceso de descontaminación busca bajar las dosis de radiactividad hasta niveles de 0,23 microsieverts hora», aclaró Raquel Montón, responsable de Energía Nuclear de Greenpeace España, quien visitó la zona. Mañana se cumplen cinco años del accidente nuclear, el más grave desde Chernóbil. Y según la organización ecologista, la región está muy lejos de volver a la normalidad. «En Iitate vivían 6.000 familias y ahora no hay nadie», dijo la responsable de la organización. En esta localidad, a unos 30 kilómetros de los reactores afectados solo se ven trabajadores de descontaminación y algún habitante que va a cuidar su vivienda. Solo una de cada cinco evacuados piensa volver al hogar, según una encuesta.

Los niveles de radiactividad que pretende Japón en la zona, denunció Montón, duplicarían el límite máximo para ciudadanos de a pie, de un milisievert (mil microsieverts) al año, el equivalente a cien radiografías. «Puede parecer que no es para tanto, pero nadie haría cien radiografías a nadie, y menos a niños y embarazadas», afirmó Montón. «Estos días te encontrabas con niveles mucho más altos», explicó.

Además de ineficaz, dicen desde Greenpeace, el método de descontaminación genera problemas. Lo que hacen, explicó Montón, es sacar tierra de alrededor de las cunetas y de un radio de veinte metros alrededor de las casas y almacenarla en bolsas de un metro cúbico. Después, habilitan zonas sobre las que apilan los sacos de arena, que almacena la mayoría de elementos radiactivos. «Ya llevan más de nueve millones de sacos, pero la contaminación sigue», indicó Montón. «Además, el material del que están fabricadas empieza a degradarse tras tres años».

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