Las víctimas australianas de abusos de curas piden justicia desde Roma

Mientras el cardenal Pell declara ante un tribunal de Sídney por teleconferencia


roma / corresponsal

Mientras el cardenal australiano George Pell declara desde el hotel Quirinal de Roma por videoconferencia en la Real Comisión Australiana para Responder a los Abusos Sexuales a Menores sobre el encubrimiento de casos de pederastia entre curas en Melbourne, unos veinte familiares y víctimas piden justicia desde la ciudad eterna, adonde llegaron gracias a una suscripción popular. Ayer enviaron una carta al papa pidiéndole audiencia, posibilidad que se estudia en el Vaticano. De momento, el secretario de Estado, Pietro Parolin, les ha hecho llegar su disponibilidad para reunirse con ellos.

Entre los miembros de la delegación hay una gran desconfianza hacia Pell, con el que han rechazado encontrarse. Stephen Woods, de 54 años, es una de las víctimas. Violado junto con sus hermanos en una escuela de Ballarat, dice que «es muy triste que el cardenal Pell evite mostrar el lado más vergonzoso de la Iglesia y no piense en las víctimas». Para él, el hecho de que gaste tanto dinero en abogados es señal de su culpabilidad por haber encubierto el escándalo: «Sabemos que él tenía acceso a la información. Tenía que saber». Para otra de las víctimas, Phil Nagle, el cardenal Pell «es muy astuto y un hombre muy brillante, ¿cómo puede decir que no sabía nada?».

Otros son padres de niños que sufrieron abusos, como el matrimonio Foster, Anthony y Chissie. Dos de sus tres hijas fueron violadas por un sacerdote. La mayor, Emma, intentó suicidarse varias veces y terminó muriendo a los 26 por una sobredosis de droga. Otra, Katie, empezó a beber y un coche la atropelló dejándola con secuelas físicas y mentales permanentes. «Vi al cardenal hace dos años y prometió que iba a ayudar a cambiar el sistema. Pero no lo ha hecho», se lamenta Foster, quien insiste en que le primer deber de la Iglesia es garantizar la seguridad de los niños.

El portavoz el grupo es David Ridsdale, de 49 años y sobrino del sacerdote Gerald Ridsdale que abusó de él desde los 11 a los 15 años. Fue uno de los primeros en denunciar ante la policía a su tío en 1993, que ya era investigado: «Somos supervivientes. He intentado suicidarme varias veces y muchos de mis compañeros lo han hecho. Solo de mi clase, seis personas». Otro superviviente es Peter Blenkiron, de 53 años, que entre los 11 y los 12 años sufrió los abusos del padre Edward Dowlan y cuyo único deseo es que no vuelva a pasar: «Los niños son nuestro futuro».

Mientras las víctimas piden tener voz, el único que hace declaraciones oficiales, por videoconferencia, es el cardenal Pell. El prelado testifica ante la comisión australiana que investiga los casos de pedofilia de los años 70 y 80 en ese país, y que está poniendo contra las cuerdas al tesorero del papa acusándolo de encubrir a los sacerdotes pedófilos.

Pell llama «incapaz» a su obispo

En la tercera sesión, la táctica del purpurado ha sido arremeter contra el entonces arzobispo de Melbourne, Frank Little, definiéndolo de «incapaz» a la hora de afrontar los casos de abusos sexuales que ocurrieron entre 1987 y 1996, cuando Pell era su auxiliar en aquella diócesis.

El cardenal insistió en su ignorancia: «Era un mundo de crímenes y ocultaciones, y la gente no quería perturbar su status quo» y él, Pell, «era el chico nuevo del barrio». Criticó al que era su superior afirmando que «actuó de modo absolutamente insuficiente» ante los rumores y tomó «decisiones equivocadas».

Searson, el sacerdote que apuntaba a los niños con un arma

«Era un hombre muy aterrador y muy intimidante y con una mirada que te perforaba, como si estuviera mirando a través de ti». Así describe BVD, una de las víctimas, a Peter Searson. Y de él George Pell dijo que era «uno de los curas más desagradables» que había conocido. Peter Searson, que murió en el 2009, trabajó en la diócesis de Melbourne y podría ser responsable de centenares de violaciones, en las que incluso amedrentaba a los niños con armas de fuego.

Según el colectivo de víctimas australianas Ritos Rotos, Peter Lloyd Searson nació en 1923 en Adelaida, Australia, donde acudió a la escuela de los Maristas, y allí estuvo después dando clase. Ahora se sabe que, en la lejana década de los 50, le gustaba azotar con una correa las nalgas desnudas de sus alumnos. En el 2012 una de sus víctimas lo denunció por abuso mental y físico en el curso 57-58.

El caso es que dejó el colegio y en 1962 se ordenó sacerdote, a los 39 años. Desde entonces -salvo un año de capellán militar en Europa- estuvo en la diócesis de Melbourne, donde ejerció de capellán de las personas ciegas, de las que también abusó.

Se sabe de ataques realizados en los sesenta y setenta. El grueso de las denuncias empezaron a surgir entre 1978 y 1984, y hasta 50 familias se reunieron para denunciarlo, pero como no hubo represalias a Searson, los padres abandonaron la iglesia. En 1996, y con la demanda de una mujer ya adulta la diócesis acabó interviniendo y suspendió a Searson. Pero no tuvo condenas, solo una de seis meses en 1997 por golpear a un monaguillo. Desde 1998 aparecía como «retirado».

Sobre Peter Searson pesan hoy serias acusaciones, desde brutalidad -mató a un gato arrojándolo por encima de una valla, mostró el cuerpo de un muerto en su féretro a unos niños, amenazó a una niña con un cuchillo contra el pecho o encañonaba a los niños con una pistola- hasta comportamientos lascivos, como obligar a los niños a confesarse arrodillándose entre sus piernas, así como golpes, masturbaciones y violaciones.

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