La penúltima botella del «Nil»

Un bar de A Coruña atesora uno de los restos del naufragio de un vapor francés que encalló en 1927 frente a la playa de Arou y lanzó al mar valiosas mercancías


Redacción / LA VOZ

Cuenta José Baña Heim en su libro Costa de la Muerte. Historia y anecdotario de sus naufragios, que la semana del 10 de octubre de 1927 fue una mala semana para la navegación; que a las siete de la tarde de aquel día, la tupida niebla y una avería en el timón llevaron al Nil a varar en la ensenada de Xan Ferreiro, frente a la playa de Arou. Pese a los esfuerzos de la tripulación, el Nil ya nunca saldría de allí. Y eso que era un respetable vapor de cuatro mil toneladas matriculado en Burdeos . Pero dos días después, la compañía francesa arrojó la toalla y abandonó el barco a su suerte.

La tripulación, 19 personas, no sufrió daños. Pero el barco sí. El mar fue abriendo boquetes en el casco que dejó buena parte de su mercancía al albur de las mareas. ¿Qué carga llevaba el buque? Según Baña Heinz, unos 20 coches, maquinaria, telas, sedería de Damasco, productos químicos, leche condensada, champán... Lo que escupió el mar fue muy bien recibido por los habitantes de la zona cuyo nivel socioeconómico, en la Galicia rural de 1927, cualquiera puede imaginar.

De aquel naufragio parte la célebre anécdota de los vecinos que confundieron la leche condensada con dulce pintura blanca, dándole lustre a las puertas de sus casas con la consiguiente e inevitable invasión de moscas. Pero del naufragio del Nil también se recuerda el champán, que alegró muchos corazones en aquellos días. Para proteger la carga, relata Baña Heinz, la compañía contrató a gente de la zona que permanecía de guardia en el barco varado. Como en el buque no había agua, los vigilantes bebían champán, que les servía incluso para hervir el café. Pese al derroche, quedó champán y champán y una de aquellas botellas descansa hoy en una vitrina de un bar de A Coruña: el Comarea.

La botella no tiene etiqueta ni ningún rastro distintivo que la sitúe en el Nil, pero sí una historia: «La encontraron, junto con otras, unos pescadores cuando faenaban en la zona del naufragio -relata Jesús Quintáns, su propietario-.

Un amigo de Baio se hizo con algunas de ellas y a mi me regaló dos». Una está en la vitrina del bar. ¿Y la otra? «Nos la bebimos», responde Quintáns: «No tenía apenas gas, pero sí sabor a champán». Dice que no montó ninguna parafernalia especial para abrir una botella de que llevaba casi ochenta años envejeciendo en el fondo del mar (el episodio ocurrió hace unos doce años) y que se la tomó con un amigo. La otra pasa desapercibida en la vitrina sin nada que la signifique más allá del rústico sistema que aplicaron los marineros que las pescaron para que no se les dispararan los corchos a causa del cambio de presión en el noble y espumoso champán francés: una cuerda de nilon sujetando el tapón a la botella con unos cuantos nudos marineros.

Es demasiado aventurado decir que la del Comarea es la última botella de aquel cargamento que viajaba hacia Banjul, la capital de Gambia, (entonces Bathrust). Porque, con toda seguridad, en alguna bodega de la Costa da Morte aún duerme el sueño de los justos algo más de aquel champán del Nil.

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