Una gallega participa en la mayor terapia inmunológica para la leucemia

Ayuda a mejorar el que puede ser un tratamiento revolucionario contra este cáncer


redacción / la voz

El cáncer es taimado y tramposo y utiliza todos los trucos posibles para engañar las defensas naturales del organismo. Es algo que conocen bien los científicos, que desde hace unos años a esta parte están profundizando en una estrategia alternativa para atacarlo con sus propias armas: entrenar al sistema inmune para que haga frente a las hambrientas células tumorales. De todas estas terapias, la que probablemente sea una de las más prometedora es la desarrollada por un equipo de la Universidad de Pensilvania para combatir la leucemia. Es también la que más cerca está de aplicarse en la práctica clínica rutinaria porque, a la vista del éxito de los ensayos clínicos que se están practicando, la FDA, la agencia reguladora del medicamento y productos sanitarios de Estados Unidos, espera aprobarla en el 2017. En la mejora del nuevo tratamiento participa desde el Hospital Infantil de Filadelfia la investigadora coruñesa Elena Sotillo-Piñeiro, y con un papel no menor

Su trabajo consiste en explicar, desde la biología molecular, por qué una terapia que funciona en el 70 % de los pacientes con leucemia linfática aguda pediátrica, no lo hace en el 30 % restante, a los que incluso se le suelen reproducir los tumores. Su respuesta acaba de salir en portada de la revista científica Cancer Discovery.

La estrategia general, probada en principio y con una respuesta más que satisfactoria en adultos con leucemia linfocítica crónica, consiste en engañar a las arteras células tumorales. ¿Cómo? Modificando las propias células inmunitarias, los linfocitos T, para añadirle una proteína, conocida como receptor antígeno quimérico (CAR), capaz de reconocer, a su vez, a la proteína CD19 que es expresada por todas las células tumorales B y que se encuentra en su superficie. Solo de esta forma, con esta pequeña trampa biológica, el sistema inmune puede identificar a su enemigo y atacarlo en una lucha química sin cuartel. Para realizar el procedimiento es necesario primero extraer una muestra de sangre del enfermo, seleccionar los linfocitos T, realizar la transformación genética, cultivar las nuevas células en laboratorio e inyectarlas de nuevo al paciente.

«Es un proceso largo, que por ahora no se puede hacer en cualquier sitio, por lo que aún necesitamos estandarizar y simplificar el procedimiento, aunque ya hemos avanzado, porque antes se hacía en un mes y ahora en una semana», explica Sotillo-Piñeiro.

Pacientes desahuciados

En su caso, los ensayos clínicos se hicieron en pacientes pediátricos multirresistentes que no respondían a ningún tratamiento. «Son niños que venían desahuciados y en los que el tratamiento funcionó en el 70 % de los casos, que siguen vivos al cabo de un año», subraya la investigadora gallega. Pero, aunque el éxito es importante, a clínicos e investigadores les preocupaba por qué no tenía efecto en todos los niños. Y ahí es donde la bióloga Elena Sotillo empezó a cobrar el mayor protagonismo.

Descubrió que en la mitad de los casos el fallo se debía a que era la propia célula tumoral la que alteraba la proteína que se encuentra en su superficie, la escondía, por lo que los linfocíticos modificados no podían ni reconocerla ni atacarla. Lo hacía mediante un mecanismo molecular denominado splicing alternativo, un proceso vital para que los genes se transformen en proteínas, pero que en este caso concreto se saltó dos exones. «Es la primera vez que se encuentra algo así, en el que el mecanismo de defensa de los tumores sea el splicing y también descubrimos cuál es la proteína responsable», resalta Sotillo. Ante este problema lo que hicieron fue diseñar un nuevo antígeno que reconozca la forma mutada de la proteína. Pero el objetivo final es otro: «Intentar forzar a la célula para que vuelva a expresar la forma original de la proteína, que el esplicing deje de suceder. Es más complicado, pero no imposible», advierte.

También descubrió que existen pequeñas mutaciones que afectan al exon 2, por lo que la terapia en este caso tampoco funciona.

Una sola célula modificada puede matar hasta mil que son tumorales

«Yo trabajo con los clínicos, que se encargan de los tratamientos de los pacientes. Mi tarea es entender qué pasa a nivel molecular, comprender por qué no funcionan los tratamientos y buscar estrategias para solucionarlo o poder anticiparnos a ese fracaso. Me gusta ser la mano derecha investigadora de los clínicos», explica Elena Sotillo-Pieñeiro, que lleva ya 15 años en Estados Unidos, siete de los últimos en el Hospital Infantil de Filadelfia, el más antiguo del país.

En el caso de la nueva terapia inmunológica para atacar algunos tipos de leucemia lo que se ha visto es una eficacia que ha sorprendido incluso a los promotores del tratamiento. «Una sola célula T alterada puede matar hasta 1.000 células tumorales», destaca Sotillo, quien precisa, que, pese a su potencial, aún queda bastante trabajo por hacer.

Reacciones adversas

Aparte de simplificar el procedimiento, lo que más preocupa a los clínicos son los efectos adversos que se producen en el paciente. Es cierto que es una reacción natural, ya que no se trata de un fármaco que pueda resultar tóxico, pero que puede resultar muy peligrosa. Lo que ocurre es que cuando el sistema inmune, ahora reactivado, ataca y mata a las células tumorales, en este combate se produce una liberación masiva de citoquinas. «El paciente se recupera -apunta Sotillo-, pero antes se pone muy enfermo, en un estado crítico. Intentamos que este efecto secundario sea más llevadero, aunque también vemos que cuanto mayor es, mejor funciona el tratamiento».

La investigadora reconoce que «cada día que pasa quiero volver a Galicia, pero lo veo muy complicado. Este tipo de investigación que hago aquí veo muy difícil que se haga en España». Aun así, no pierde la esperanza. «Algún día regresaré», dice.

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