Mi investigadora favorita

Al aterrizar en Jeddah  (Arabia Saudí), tras ver en el formulario de inmigración con letras rojas grandes la advertencia de que la posesión de cualquier cantidad de droga acarreaba pena de muerte, me dieron ganas de cachearme a mí mismo


Científico

Hace unos días que llegué a Jeddah, en Arabia Saudí, donde, al aterrizar, y después de ver en el formulario de inmigración con letras rojas grandes la advertencia de que la posesión de cualquier cantidad de droga acarreaba pena de muerte, me dieron ganas de cachearme a mí mismo por si algún enemigo -que no creo que tenga, pero nunca se sabe- me hubiese metido algo en la ropa a la vez que, en plan Judas, me daba un beso de despedida para el más allá.

Como este país es otro mundo, no puedo menos que sorprenderme de lo que veo y desear que alguna vez se les pase el furor religioso del wahabismo que hace que sea delito practicar otra religión que no sea el islam incluso en la intimidad. Un mundo donde las penas que se aplican son medievales, así como la organización social y política, y donde la mitad de las cosas de las que aquí disfrutamos están prohibidas. Pero Jeddah es la ciudad liberal de este país, no se ve mucha policía religiosa y, aunque la separación de sexos es casi total, en la universidad y en los centros de investigación se mezclan hombres y mujeres, y en el parque de la ciudad los jóvenes imponen estilos nuevos y no es infrecuente ver a las chicas con la cara descubierta. Hasta es posible ver juntos charlando y sentados a chicos y chicas, cosa que sería imposible en Riad.

Al atardecer, como si fuese una romería, el parque de Jeddah es un hervidero de familias sentadas sobre alfombras en la hierba, comiendo o tomando té; después se quedan los hombres con sus narguiles hablando y jugando hasta altas horas de la madrugada. Sin embargo, lo que más llama la atención de un occidental es la situación de la mujer, y eso me retrotrae a los años de mis abuelos como mínimo. Solo que allí es aún peor: las mujeres no pueden andar solas por la calle sin un varón de la familia ni conducir, aunque es cierto que pueden y suelen tener cuentas propias y, si quieren, se pueden divorciar.

Pero aquí tengo la fortuna de cooperar con una investigadora, que, además de ser la mejor de su centro, es una valiente luchadora por los derechos de la mujer e infringe sin cortarse todas las reglas que le parecen injustas. Así, me da la mano, cosa no bien vista; nadie de su grupo lleva la cara cubierta; convence a los taxistas para que la lleven a ella sola sin marido, y hasta en una reunión que acabamos de tener, a raíz de un comentario de un nobel alemán que dijo que las preguntas más interesantes científicamente las hacían las investigadoras del centro, dijo delante de todos que no entendía por qué le extrañaba, ya que en aquel país las mujeres tenían una situación muy difícil y estaban viendo en la ciencia la única manera de salir adelante.

Yo pensaba que era tan valiente porque era de familia real o algo así, pero resulta que no, que es siria, y aunque hubiese sido más bonito para esta historia que fuese una princesa rebelde enamorada de la ciencia, el valor que muestra día y día, aun siendo extranjera, hace que todavía la admire más. Pero allí todavía tiene que haber una revolución cultural. Y creo que la favorecerá el acceso a Internet, ya que, por más censores que tengan bloqueando páginas web (todas las que encuentran con un mínimo contenido sexual), no pueden impedir que la gente pueda ver otras realidades más justas.

Un ejemplo de la necesidad del cambio es la conversación sobre el derecho a conducir de las mujeres que acabo de tener con un cirujano. Resulta que estos días algunas mujeres saudíes se están haciendo selfies conduciendo, lo que está terminantemente prohibido, y las cuelgan en YouTube.

Este cirujano es un tipo simpático, casi el prototipo de médico que hay allí, con una mujer sola (esto es más raro), apartamento en Dubái para el fin de semana y chófer filipino. Como aquí no me callo, le digo:

-¿Qué? Se os rebelaron las mujeres, ¿no? ¡Bien por ellas!

-¡Bah! -me dice-. ¡Cuatro y de familia real, que no les pueden hacer nada! Pero coincidirás conmigo en que es mejor que las mujeres no conduzcan. ¡Hay cosas que no saben hacer!

-¿Cómo? -le digo-. ¡Lo hacen mejor!

Y como prueba le muestro que en Europa los seguros son más caros para los hombres. Aun sin creérselo del todo, me dice:

-Es que, además, es un peligro porque los hombres tendríamos accidentes continuos por mirar para ellas. No me digas que no os pasa

Y para mi sonrojo me enseña un artículo del New York Times donde se dice que una de las causas más frecuentes de accidentes de tráfico en Nueva York son los hombres que miran a chicas por la calle.

-Además -me dice reflexionando-, si tienen un accidente, ¿qué harían? ¿Quedarse en el coche? No tienen mahran [varón de la familia] con ellas e iban a tener problemas por salir solas.

-Es verdad -le digo-. Me da la impresión de que aquí tenéis que arreglar urgentemente otras muchas cosas antes de preocuparos por esta.

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