Redacción / La Voz

Una niña llora amargamente. Su guardería en Harlem, emblemático barrio de Nueva York, se había preparado para la llegada de una princesa, pero la visita no era de la prometida, la fabulosa Elsa, protagonista de la última cinta de Disney, Frozen; la invitada era una señora vestida de oscuro, sonriente y amable, eso sí, pero nada que ver con la rubia de trenza valquiria que ha conquistado las pantallas esta temporada. Catalina de Cambridge no pudo compensar tal decepción.

Esa fue la primera anécdota de las muchas que protagonizaron los duques de Cambridge en sus tres días de estancia en Estados Unidos. Otra fue obra del príncipe Guillermo. El heredero inglés -segundo en la línea de sucesión- voló el lunes a Washington para entrevistarse con Barack Obama, y optó por un vuelo comercial, ocupando un sitio más en la cabina. Los otros viajeros no daban crédito y Twitter se llenó de comentarios halagadores hacia el royal: «¡Qué sencillo!».

Tras su cita relámpago en la Casa Blanca, Guillermo Windsor volvió a la Gran Manzana, donde junto a su mujer, embarazada de cinco meses, acudió a un acto en el consulado británico en la ciudad. Allí coincidieron con las Clinton, Hillary y Chelsea, con quienes hablaron de bebés (Chelsea tiene una hija, Charlotte, de cinco meses), y recibieron un consejo de la abuela Clinton (también posible candidata a la presidencia de Estados Unidos): a los bebés hay que cantarles; ella lo hizo con Chelsea hasta que la niña tuvo edad suficiente para decir «no más canciones, no más canciones».

Tras la dosis de emoción maternal, los Cambridge afrontaron el verdadero reto del viaje: un partido de la NBA en Brooklyn entre los Cleveland Cavaliers y los Net. Muchas miradas, cierto despiste por parte de la duquesa y un encuentro en la cumbre: los royals británicos frente a los royals locales, que son Beyoncé y su marido, Jay Z. Como siempre, algún desajuste en los modelos: el príncipe demasiado sport -camisa desabotonada y remangada, y sin americana- y la princesa de vaqueros y abriguito, frente a la plebeya de falda de tubo y bolso de Louis Vuitton. Alguna sonrisa forzada y poco más.

Al terminar el partido quedaba la guinda de la jornada, cuando recibieron a una representación de los jugadores, con la estrella de la NBA LeBron James a la cabeza, sin duchar, sudoroso, y que, totalmente ajeno al protocolo, decidió hacer amigos: le pasó el brazo sobre los hombros de una ligeramente turbada duquesa. Lebron les regaló una tarta de su tierra, Ohio, y una camiseta para el príncipe Jorge.

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Catalina deja fría a Beyoncé