El virus ébola es un filovirus, un agente infeccioso, no un ser vivo, formado por una pequeña partícula que contiene un ácido ribonucleico protegido por proteínas y una envuelta. Representa el recuerdo de un modelo de conservación de la información genética muy anterior a nuestro propio origen y lo que le ha permitido llegar a producir el daño que ahora nos causa es su capacidad de adaptación.

El brote de África occidental, cuya transmisión a humanos se inició posiblemente a finales del 2013, es especial porque en los 22 brotes conocidos desde 1976 no se había observado generalmente la aparición de este virus fuera de las remotas áreas del África oriental, donde se sabe que el virus se mantenía en animales, especialmente en murciélagos de la fruta, aprovechándose de la ventaja que estos le proporcionaban al virus para persistir con todo su potencial letal para el hombre y otros animales.

Efectivamente, los murciélagos han sido un reservorio muy adecuado para la biología de estos virus. Los murciélagos son animales ancestrales cuyo origen se remonta al Eoceno, hace más de 50 millones de años. La capacidad para la hibernación de los murciélagos, el torpor, les permite bajar su metabolismo. Esta propiedad para regularse permite a los virus limitar su agresividad y copiarse en unas condiciones inmejorables. Cuando infecta a otros animales, la glucoproteína del virus favorece su entrada en células del sistema de defensa, hígado o las glándulas adrenales y, una vez allí, el virus inicia su control de la maquinaria celular, produciendo un fallo colateral, progresivo y generalizado de la regulación de nuestras defensas y equilibrio orgánico, que conduce a la muerte.

La letalidad en los brotes que han sido estudiados es muy variable (20-90 %). La cepa en circulación en el brote actual, la Zaire, es la más agresiva, pero debemos ser muy cautos con los datos, puesto que este es un virus que necesita condiciones BCL4, la más alta seguridad, por lo que la posibilidad de estudios científicos ha estado muy limitada. Además, las zonas afectadas corresponden a países por debajo del rango de desarrollo humano 152.º (Nigeria) de las Naciones Unidas (España, tiene el rango 27.º). Esto quiere decir que los datos en uso se basan en proyecciones estadísticas. Habitualmente en Medicina se parte del mismo planteamiento conservador: el peor escenario posible que nos garantice la máxima seguridad.

La prioridad es el riesgo de contagio

El pasado 16 de septiembre pasado la prestigiosa revista Science publico un importante artículo que estudiaba por secuenciación el relativamente simple genoma de 99 virus procedentes de 78 pacientes de Sierra Leona. En este dramático estudio que finalizaba recordando in memoriam la muerte por ébola de varios de sus autores, se observaba la variabilidad por mutación del virus. Esta publicación ha contribuido a concienciarnos a la comunidad científica, y pienso que a las autoridades, de la necesidad de parar la epidemia en su origen: una zona rica y poblada de países pobres con condiciones sanitarias deficitarias.

Los virus se adaptan y, como todo sistema parasitario, tienden a establecer sistemas crónicos que garanticen su futuro, por eso es necesario acabar con el brote lo antes posible limitándolo al mínimo, en sus reservorios naturales. Estamos ante un problema de salud pública, lo que quiere decir que la prioridad debe ser el riesgo de contagio, y para eso las definiciones de caso y protocolos de actuación por parte de todas las agencias responsables, cuando el caso entra en el sistema sanitario, se convierte en un problema médico y nuestra preocupación, manteniendo las máximas precauciones, pasa a ser el paciente.

La lógica del diseño de las actuaciones sanitarias se centra en establecer puntos de referencia que faciliten las actuaciones de los epidemiólogos que vigilan nuestros riesgos, personal experto en enfermedades infecciosas y de laboratorio que tiene que seguir analíticamente a enfermos y contactos. Según la OMS, Newsweek o Bloomberg, nuestro sistema sanitario es uno de los 10 mejores. En mi opinión, este dato debería tranquilizar a la población general y obligarnos a los profesionales a seguir manteniendo su prestigio.

Benito Regueiro es Jefe de Microbiología del CHUS, catedrático USC y miembro del comité de expertos de Sanidade.

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Es necesario parar la epidemia en su origen