«Ya quisiera yo el eco de 'Excalibur' para los niños que se nos mueren en los brazos»

Quienes aún pelean en África recuerdan que llevan meses advirtiendo que hay que tomarse el virus en serio


La Voz

De repente el ébola es un problema. De salud pública por el contagio de Teresa Romero en suelo europeo, y de prestigio, por la gestión sanitaria que han hecho las autoridades españolas en este caso. Pero, ¿Qué pasa con África? La matriz de la epidemia se ha quedado en un segundo plano. Lo saben bien los que luchan día a día contra este desgarrador virus.

Tenía comprado el billete de vuelta desde hacía meses para septiembre. José Luis Garayoa quería regresar a España para saludar a la familia. Pero todo se complicó. El brote de ébola que en mayo empezó a atormentar a la región donde trabaja, Kamabai, en Sierra Leona, parecía que daba indicios de recuperación este verano, cuando hablamos por primera vez con él. «Nos hemos sorprendido gratamente al llegar a Freetown, la capital, y ver como varios controles tomaban la temperatura a la gente». Esta situación que nos relataba en agosto, ha cambiado radicalmente: «Es una locura. El distrito al que pertenezco es en el que más han aumentado los casos de ébola». Garayoa apenas tiene huecos libres, pero cuando encuentra uno nos responde al momento por el móvil. Lógicamente, ha tenido que retrasar su vuelo.

El caso de la sanitaria de Becerreá lo entristece. Es lógico, reconoce, que al tocarnos más de cerca duela más. Pero, para alguien que colabora en la construcción de escuelas en un rincón perdido del mundo, el seguimiento de la noticia, y, sobre todo, muchos de los comentarios vertidos en torno a ella, no pueden más que dolerle: «Amo a los perros. Tengo a cuatro en la misión. Pero no son ni Gabriel, ni Isata? Ya quisiera el eco que ha tenido la noticia para los niños que se nos mueren en los brazos». Al vivirlo en primera persona, José Luis Garayoa es más crítico sobre la actitud del resto de los países con respecto a la epidemia en África, que podría dejarse a su suerte. «Alguien entendido en la salud, prefiero no recordar el nombre, ha dado por perdida la batalla. Dice que hay que olvidarse de países como Sierra Leona. Total, aquí el virus, antes o después, se terminará agotando», comenta con resignación Garayoa, para luego rematar: «¿A quién le importa la vida de un negro, no?».

CADÁVERES EN LAS CALLES

Mientras, Javier Atienza, médico, comprende la alarma causada por el primer contagio en España, algo que se ve desde otra perspectiva desde África, donde la situación sí es preocupante. Trabaja en Sierra Leona, con la ong Emergency. En su hospital no atienden directamente a los afectados, pero el virus es omnipresente. «Cadáveres y moribundos por las calles. Y distritos completamente cerrados. El número de infectados ha aumentado de forma exponencial», lamenta.

Nada más terminar su residencia de cirugía en el hospital de A Coruña, el Chuac, hizo las maletas y se fue para Sierra Leona. ¿Qué lo podía llevar allí? Para él esta pregunta tiene una respuesta sencilla: «Desde luego que todos pensamos en los riesgos. Pero lo que he perdido en bienestar y en seguridad lo he ganado con creces en coherencia». Para pesar de su familia, Javier es uno de esos profesionales que tanto necesita el continente. Además de medicinas e infraestructuras sanitarias, África pide con auxilio mano de obra cualificada. Enfermeros, asistentes, cirujanos? son también los que más están sufriendo la epidemia. Según el último informe de la OMS, a 5 octubre, 401 han contraído la enfermedad y 232 han muerto.

El contagio de Teresa Romero no deja de ser un ejemplo. «Las cosas -explica- supongo que no se han hecho bien en España. El ébola no se parece en nada a otras enfermedades. Aquí hay médicos que tratan a diario con infectados en condiciones mucho peores. Pero algo es claro, un solo fallo, una simple rozadura, se paga cara». ¿Es justo echarle la culpa? Aquí, no se anda con rodeos: «Las grandes desgracias no ocurren por culpa de un error puntual sino por un cúmulo de negligencias. Culparla de todo me parece sencillamente deleznable».

Un pequeño vínculo lo une al caso de la auxiliar gallega. Como ella, Javier fue una de las últimas personas que trató con Manuel García Viejo, solo que él por teléfono y en África. Cuando empezó a notar los síntomas, Garayoa, amigo del misionero fallecido, le pidió a Javier que lo llamara, para aconsejarlo. «Hablamos de médico a médico», dice Atienza. Los dos españoles, junto a una mexicana, coordinaron el traslado e ingreso del religioso en un hospital de la capital de Sierra Leona hasta su repatriación a España.

¿Querría Garayoa también volver a su país si le sucede algo? Responde: «La verdad es que es para pensárselo. A todos les gusta sentirse acompañados o cerca de la tierra que los vio nacer en el momento del adiós. Pero he leído comentarios demasiado crueles».

A diferencia de Garayoa, Javier no tiene billete de vuelta. Pero quiere volver pronto. «Necesitaré unas vacaciones», confiesa. ¿Qué se llevará con él de África? «Por el momento unas cuantas canas prematuras -bromea- pero también una experiencia que me ha cambiado para siempre? y para bien», concluye.

Una cuestión de recursos

Lo peor que puede pasar es que el ébola corra la misma suerte que la malaria, el tifus o el Sida y se convierta en una de tantas enfermedades olvidadas. Al menos, en el occidente de África. Los países más afectados, por este orden, Liberia, Sierra Leona y Guinea ya han lanzado el mensaje: la respuesta sanitaria es lenta e insuficiente y están desbordados por el brote. Al primer mundo este percance podría pasarle desapercibido si no fuera porque vivimos en una economía globalizada. «Hacen falta recursos humanos, mucho dinero y camas hospitalarias. Los tres países afectados solo tienen 610 camas en total y para toda la atención sanitaria, actualmente en bancarrota», resalta Juan Gestal, jefe del servicio de Medicina Preventiva del CHUS.

¿Puede acelerarse la respuesta ahora que el virus ha tocado tierra española y norteamericana? Estados Unidos, tras la muerte de un hombre de origen liberiano en Texas, quiere dar un primer paso. El Centro de Control y Prevención de Enfermedades del país ha calificado a la epidemia como la peor emergencia sanitaria desde la aparición del Sida en los 80. Obama la ha elevado al grado de prioridad de seguridad nacional. Sin embargo, el grueso de sus medidas parecen ir destinadas a aumentar los controles en los aeropuertos. A evitar que el ébola entre.

Atajar desde la raíz

«Si no le ponemos remedio con personal y medios, los países desarrollados estaremos con la amenaza permanente de importación de casos», subraya Gestal. El pánico en casa lo tenemos instalado desde el contagio de Teresa Romero en un hospital madrileño. «Es una reacción comprensible. Que fuera un profesional sanitario el afectado, y tratando un caso ya conocido de antemano, ha puesto en tela de juicio las medidas de protección», añade Gestal.

La cura del ébola solo tiene un tratamiento: los recursos. Hasta ahora España ha aportado unos 500.000 euros para acabar con la enfermedad. También Holanda, Australia, Kuwait, Estados Unidos o China, con cantidades dispares. Pero no es suficiente. Que lleguen a África ya no es solo cuestión de solidaridad, sino de puro espíritu práctico.

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