redacción / la voz

«Implantar un verdadero páncreas artificial, un dispositivo en el cuerpo que gestione la creación de insulina y del que uno se olvide por completo es un mito, algo para lo que todavía faltan muchísimos años». Así de categórico se muestra César Palerm, investigador mexicano-español (sus abuelos salieron exiliados de Ibiza después de la Guerra Civil), que desde la empresa Medtronic California está detrás del diseño de las bombas de insulina de última generación. Palerm, uno de los mayores conocedores del páncreas artificial en el mundo, estuvo este fin de semana en Santiago invitado por la Sociedade Galega de Endocrinoloxía e Nutrición (SGENM), y recordó que aunque la situación actual para los diabéticos es mucho mejor que hace 15 años, se avecinan nuevos avances.

¿Qué es lo más habitual en España?

En España, lo normal para un diabético insulinodependiente es medirse el nivel de glucosa varias veces al día -con unas tiras reactivas y un pequeño pinchazo en el dedo- e inyectarse en función de este dato la dosis de insulina que precisa. Algunas veces se pone una dosis basal, es decir, una única vez que se va liberando a lo largo de 24 horas, pero siempre al mismo ritmo, no se adapta a los cambios que suceden a lo largo del día (comer, hacer ejercicio, descansar...). Otra forma, muy cómoda, es con las llamadas plumas o bolígrafos, que incorporan una aguja muy fina que se aplica bajo la piel. Es un sistema eficaz pero con inconvenientes, empezando por el precio, pero sobre todo por el tiempo que requieren -las que hacen efecto en diez minutos solo duran de dos o tres horas, y las que duran más, tardan media hora en ofrecer resultados-.

¿Qué son las bombas de insulina?

En Estados Unidos una forma normal de dotarse de insulina es mediante una bomba externa de perfusión continua de insulina subcutánea. Es un aparato más pequeño que un móvil con una carga de insulina que va conectado con un catéter al cuerpo y que libera el medicamento según una pauta marcada por el médico. En España, aunque se calcula que el 20 % de los diabéticos de tipo 1 podría beneficiarse con este sistema, lo usa menos del 4 % de los pacientes, lo que sitúa a nuestro país como penúltimo de toda Europa occidental. Galicia, además, está ligeramente por debajo, con un 3 % de pacientes que tienen la bomba, a pesar de que sería una forma muy eficaz de controlar a algunos diabéticos, como los jóvenes. El motivo es fundamentalmente por falta de formación e información, porque el coste lo cubre en Galicia el Sergas. El funcionamiento es relativamente sencillo, ya que el paciente y el médico establecen una pauta sobre la cantidad de insulina más conveniente y con ella programan el sistema. Puede ser, por ejemplo, 1 unidad de insulina por hora de 9 a 16 horas; de 16 a 22 horas, que se aumente a 1,2 unidades; y de 22 a 9, otra cantidad de insulina. Incluso el paciente puede cambiar la pauta cada día en función de la actividad prevista o de la comida que ingiera.

¿Cuál es el modelo más novedoso?

Hay diferentes marcas que venden estos dispositivos, como Roche, Johnson&Johnson, y la propia Medtronic. El investigador de ésta, César Palerm, explica que la última generación de estos páncreas artificiales (como los denomina la FDA, el organismo que regula los medicamentos en Estados Unidos) incluye un sensor que detecta cuando la glucosa en sangre baja de cierto nivel y alerta al paciente, además de suspender la inyección de insulina.Esta pequeña mejora es fundamental, tiene enormes ventajas, ya que evita las peligrosas hipoglucemias, aunque también supone un problema. «Los pacientes -dice Palerm- se quejan de que las alarmas les protegen, pero no les dejan dormir», y muchos desconectan la alarma de noche y de día anulan el sonido. Palerm apunta que «si la alarma suena con frecuencia es que hay que ajustar la dosis».

El futuro inmediato ya tiene nombre: Minimed 640G

Como toda la tecnología, cada año hay una mejora. La nueva opción (Minimed 640G) ya está en fase de precomercialización y tiene como diferencia con la anterior que resulta más predictiva e independiente. No solo alerta cuando detecta una caída de la glucosa, sino que gracias a un complejo logaritmo calcula lo que va a pasar en los próximos 30 minutos y es más, si en el intermedio se recuperan los niveles, la máquina corrige la deriva y vuelve a inyectar insulina. Parece una ventaja menor pero es un cambio muy importante para el día a día de los pacientes, ya que no tienen que estar atendiendo constantemente las alarmas.

¿Llegará un día en que el diabético se olvidará de recargar su bomba de insulina?

«Faltan 20 o 30 años para que puede haber algo parecido a un páncreas artificial», dice Palerm, para quien la clave es contar con la colaboración del diabético. Y pone un ejemplo muy fácil de entender: «Esto es como el regulador de velocidad de los coches. Tú le dices que vaya a 90 kilómetros por hora y así va, pero si de repente se cruza un perro en la carretera, el conductor no puede esperar que el coche frene, tiene que tomar él el control del vehículo. Pues esto es igual. En diabetes hay muchas variantes que una máquina no puede saber, desde el menú que estamos comiendo hasta si vamos a hacer deporte dentro de media hora o si estamos estresados por algún motivo». Por eso, el investigador recalca que «es el propio paciente el que debe controlar su enfermedad, llevar las riendas». Además, dice, esta es la mayor garantía de éxito: «Hemos comprobado que las personas que se consideran víctimas y se pasan el tiempo preguntándose ?¿por qué a mí?? manejan mucho peor sus niveles. En cambio, quien asume su condición y dice ?soy diabético, pero la diabetes no me va a definir como persona? se planifica mejor y tiene una mayor calidad de vida».

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Pasos hacia el «páncreas artificial»