«Nosotras vivimos en el verdadero paraíso»

El pazo de La Saleta, en Meis, es para quedarse embobado


A un abriendo los ojos con esa ingenuidad de la primera vez es imposible no emocionarse al llegar al pazo de La Saleta en pleno corazón de Meis. Si por emoción se interpreta esa cara de esto no puede ser verdad. ¡Existe el paraíso! Y alguien vive en él.

Sí, aquí vive Silvia Rodríguez Coladas, y es ella y su madre, Blanca Coladas Carballosa, quienes están mimando día a día toda la herencia botánica que inició un matrimonio inglés, Margaret y Robert Gimson. Ellos decidieron plantarse (nunca mejor dicho) en este rincón de Galicia en 1968 para que su vida floreciera. ¡Y vaya si floreció! Tanto que aquella semilla arraigó en uno de los jardines privados más importantes de España, que Silvia resume en una frase que bien valdría como lema de este reportaje: «¡No sabemos lo que tenemos!». Y es verdad.

Se mire para donde se mire, entre el mar de Arousa y un mar de vides despliega O Salnés sus cartas. Un lugar de contrastes se dan la mano y es posible pasar de cobrar bronce sobre la toalla a remontar las exuberantes orillas del Umia como si nada. Este microclima hace a su gente distinta porque el Salnés Way of Life no conoce relojes ni calendarios. Se nota cuando te abren la puerta y ya estás como en tu casa. Silvia y su madre nos lo hacen sentir a la sombra de su jardín, como un «locus amoenus», en el que se concentran especies únicas de todo el mundo. Pero ¡ojo! están aquí al lado, en Galicia. ¿Lo sabían?

Solo hay que descubrir esos verdes y ocres que constituyen el ciclo cromático de la viña para darse de bruces con la realidad «salnesiana».

Les pasó hace cosa de quince días a dos peregrinas portuguesas que se esforzaban por alcanzar Vilanova de Arousa. Agotadas, al doblar una esquina en la aldea de Saramagoso (Meis) se toparon con una mesa bien surtida: embutido, pan del día, café, dulces, vino... «¡Viva Galiza!», saludaban las dos andarinas mientras dejaban atrás Saramagoso. Alguna crónica impresa hablaba al día siguiente de que habían sido halladas bajo los supuestos efectos de la hipotermia y la desorientación. Tonterías. Sucede que, en ocasiones, el saludable espíritu de O Salnés dibuja un curioso cerco morado en torno a los labios. Y solo cabe dejarse ganar por él.

Lo hacemos, y en el placer de la siesta, Silvia se lanza al relato mientras huele una flor de camelia (difícil en este tiempo), señala una magnífica secuoya o acaricia un ombligo de Venus, en una exaltación de los sentidos contagiosa. «Estos con un chorro de aceite y un poco de sal son deliciosos». Ella, como su madre, todavía no han conseguido asimilar la importancia de este vergel que ha brotado gracias a la paciencia y el ímpetu apasionado de Robert [ya fallecido] y Margaret. «Él era un fanático de la botánica -explica Silvia-. Cuando llegaron aquí se hicieron con 60.000 metros cuadrados y empezaron a tirar las viñas que había, con la sospecha de muchos vecinos que creían que se trataba de una tapadera para plantar droga. ¡Aunque claro que hay alguna alucinógena! [bromea] Su filosofía fue hacer de este lugar algo único, y se afanaron en conseguir semillas de todo el mundo, de Sudamérica a Sudáfrica, de la India al Himalaya, viajando y atrayendo especies extrañas que hoy son rarezas en este país».

Sentido y sensibillidad

Hasta aquí han llegado viajeros «que no turistas» de diversas partes del planeta fascinados por el atractivo del jardín. «Hace poco vinieron los dueños de los castillos del Loira y quedaron encantados. Sin duda el único filtro que realmente percibimos en quien cruza la Saleta es la sensibilidad». Este es también un jardín de mujeres, porque toda la sabiduría de Margaret fue pasando de conversación en conversación a Blanca durante muchas horas, una vez que ya habían comprado el pazo. «Margaret y yo quedábamos para merendar los jueves y ella me iba explicando cómo había que atender este jardín que es el que ahora tenemos y cuidamos», comenta Blanca.

Y ahora la ayuda de Silvia le ha dado un giro fundamental al pazo. No solo ha entrado a formar parte de la selección «Les Belles Maisons» sino que pretenden abrirlo a eventos muy selectos, ofrecer conciertos en su capilla y aprovechar su excelencia. «Esto podía ser como la Toscana, tenemos un clima suave, se come fenomenal, el vino, las conservas, paisaje... Yo no cambio por nada la decisión que tomé al final del verano pasado de dejarlo todo después de 23 años en Madrid y empezar de nuevo aquí», confiesa. «Son esas decisiones que guía el corazón». Lo que les decía. En O Salnés solo cabe llevarse por el mejor de los sentidos. Y es un placer.

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