1816: El auténtico año sin verano

Durante ese año el Sol no brilló. Ni siquiera en verano. La responsable de que en junio hubiese nevadas en gran parte del hemisferio norte fue la peor erupción volcánica en ocho mil años


La Voz

Esta historia comienza el 14 de abril de 1815, meses antes de que medio mundo se quedara sin verano. Y lo hace con un estruendo. Uno muy ruidoso, tanto que pudo escucharse a miles de kilómetros del lugar donde se originó, la isla de Sumbawa, en Indonesia. Allí un volcán, el Tambora, explotó. Y no fue un evento natural discreto. La montaña, que tenía unos cuatro mil metros de altura, perdió más de la mitad de su volumen tras la explosión. Fallecieron todos los habitantes. Las cenizas y los aerosoles expulsados sobrepasaron los diez kilómetros de altura y alcanzaron la estratosfera, una capa donde apenas hay movimientos verticales y vapor de agua. Unas condiciones que les permitieron extenderse por todo el globo. Esas partículas absorben y reflejan los rayos solares, oscureciendo la atmósfera e impiden que nuestra estrella pueda calentar la superficie. Así es como comenzó el frío de verdad. La temperatura media global descendió hasta tres grados. La nube volcánica no solo trastornó las condiciones allí por donde pasaba sino también la vida. En Europa, por ejemplo, las intensas lluvias, las temperaturas gélidas y las cenizas que caían de un cielo que parecía anunciar el Apocalipsis dejaron malas cosechas que provocaron hambruna. La cifra de muertos en el viejo continente pudo superar los ochenta mil. Hoy sabemos además que la catástrofe fue determinante en el desenlace de importantes sucesos históricos y que inspiró algunas de las obras artísticas más famosas.

Un frío napoleónico

La explosión del Tambora cogió a Napoleón huyendo de la isla de Elba, donde había sido desterrado. La derrota en 1812 a manos del General Invierno, que es como los rusos llamaban a la estación fría, había mermado la moral y las tropas. Eran los días decadentes del emperador francés, con enemigos dentro de casa y con sus rivales aliándose y haciéndose más fuertes. Aunque Bonaparte, contra todo pronóstico, decidió lanzar una última ofensiva. El destino quiso que el lugar de la batalla definitiva contra ingleses, prusianos y holandeses fuese la región belga de Waterloo. Pero nunca imaginó que una vez más la meteorología jugaría en su contra. Mientras intentaba avanzar por los Países Bajos, se encontró de nuevo con frío y con unas incesantes precipitaciones que generaron grandes problemas de movilidad a su ejército que se desplazaba a pie sobre lodazales. El despliegue sufrió más retrasos de los previstos. Incluso la noche anterior a la contienda, el 14 de junio de 1815, con bajas temperaturas y una lluvia que no daba tregua Napoleón cayó enfermo. Todo esto y una mala estrategia desencadenaron el fin de su imperio.

El nacimiento de Frankenstein

En 1816, el clima se había encrudecido. Un día de ese verano que no pudo ser, con una atmósfera ensangrentada y sin noticias del Sol, se reunieron el poeta Percey Shelley y su esposa Mary Godwin con otro gran creador de la época, Lord Byron. También estaba su médico, el doctor Polidori. El encuentro tuvo lugar en Villa Diodati, una mansión suiza alquilada a un judío de apellido Frankestein. Inspirados por aquellas condiciones siniestras surgió la idea de que cada uno escribiese un relato con temática misteriosa. Byron se inclinó por un poema titulado Oscuridad. En sus líneas se podía leer. «el Sol se había apagado y las estrellas yacían oscuras en el espacio eterno». Cuando le tocó exponer el texto a Mary Shelley contó la historia de un hombre terrorífico, un tal Victor Frankestein. Seguro que ninguno de ellos era consciente de la transcendencia de aquel instante. Shelley leía las primeras palabras de un relato que se convertiría en libro y se publicaría solo dos años después. Había creado algo más que a un personaje, un icono de la literatura universal. El propietario de la vivienda nunca llegó a conocer de la obra.

Los cielos de Turner

La inyección del material volcánico en la alta atmósfera impedía el paso normal de los rayos solares. Los que conseguían hacerlo dispersaban sobre todo el color rojo. Y donde algunos veían en aquellos cielos miedo y superstición otros encontraron un espectáculo digno de ser inmortalizado. Y eso es justo lo que hizo un pintor inglés, William Turner. En 1816 ya era un conocido artista pero aquellos cielos acabaron por definir su obra. Y no sólo eso, Turner consiguió empequeñecer la figura humana que hasta entonces reinaba en la pintura para otorgar protagonismo a un nuevo motivo, la naturaleza. En la época, sus rojizos atardeceres supusieron una revolución, una ruptura con un movimiento del que él mismo formó parte, el Romanticismo, para dar lugar a uno nuevo, el Impresionismo.

Una noche de paz

En la localidad austriaca de Oberndorf el párroco de la Iglesia de San Nicolás, Josef Mohr, intentaba sin éxito hacer sonar el órgano. El frío lo había inutilizado. Era diciembre de 1816 y si el periodo estival había sido duro imagínense el invierno. Faltaba poco para Navidad y la única solución de reparar el instrumento pasaba por acudir a las montañas del este de Salzburgo. Nadie quiso exponerse a semejante experiencia que le podría costar la vida. Mohr tuvo que improvisar y decidió escribir un villancico. Después lo llevó a su amigo músico Franz Gruber. Le propuso que el texto pudiera ser interpretado por un coro con el único acompañamiento de una guitarra. Y así se hizo. Aquel 24 de diciembre se escuchó por primera vez la canción navideña más famosa del mundo, Stille Nacht (Noche de Paz). Casi un siglo después, durante la Navidad de 1914 un grupo alemanes entonaron ese himno desde una trinchera. A continuación los ingleses hicieron lo mismo. Pocas veces tuvieron tanto sentido esos versos creados por el párroco Mohr. En aquel campo de batalla de la Primera Guerra Mundial se vivió una auténtica noche de paz.

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