El termómetro de la movida nocturna urbana de Galicia

YES hace la ruta por los principales garitos que garantizan ambiente y diversión, los pilares de la noche


Redacción

Hace tres o cuatro décadas, cuando el ocio nocturno se desperezaba en las ciudades gallegas, cada una fue adquiriendo su propia personalidad. Los años pasaron para las urbes y los urbanitas y los gustos se fueron unificando por los hábitos coincidentes de la juventud y la irrupción generacional de treintañeros y cuarentones, que ni se casaron ni tuvieron tantos hijos como se esperaba. La crisis global hizo su trabajo y sacó de las calles a los negocios más débiles de la noche, dejando zarandeadas a las discotecas, que salvo excepciones ya no marcan el ritmo ni los tiempos de las masas noctámbulas. Ahora la competencia se centra en la primera hora, cuando todavía hay dinero y cuerpo para jotas y farolillos. Muchos cayeron por agotamiento de los clientes o de sus propietarios, pero otros, los más veteranos y aquellos que ofrecen algo nuevo, siempre garantizan ambiente y diversión, la esencia de la noche. Aquí y en Lima.

A Coruña

El despertar de la terraza

La noche coruñesa se transformó con la ley antitabaco. Ante la imposibilidad de poder fumar en espacios cerrados y llegar un momento en el que había más gente en la calle con copa que dentro, llegó un local y tiró por la vía del medio: integrar la terraza como parte del pub. Fue el Dux en los Cantones Village, allá por el 2011. Su éxito resultó arrollador. Además del pitillo se apostó por un ambiente barroco, diversos espacios dentro del propio local y un cierto punto de exclusividad, filtrando en la puerta quién podía acceder y quién no. Algo así no se recordaba desde los tiempos de Pachá. Dentro, ambiente Dolce Gabbana en muchos hombres, tacones prodigiosos a lo videoclip de Rihanna en muchas mujeres y mucho gintonic currao en ambos sexos. Ojo, que dentro se liga. Y mucho. El Dux, en gran medida, marcó un modelo de triunfo en la versión más comercial de la noche coruñesa. Pocos meses después abrió a su lado el Amura, con mucha gente guapa en el interior y el propio Dux amplió la gama al Brit y el My dentro del mismo centro comercial. El primero acoge a los amantes de la copa tranquila, relajada y sin prisas intentando emular los viejos clubes británicos. El segundo, lanza el gancho al público más joven. Pero más allá de los Cantones Village, también se extiende la fórmula. Lo que otrora era la discoteca Ola Green en la playa de Riazor paso a llamarse, tras una reforma que llegó al millón de euros, Moon 57. Acudir un sábado después de las cuatro de la mañana y no poder entrar certifica la aceptación del público hacia este sitio que también funciona como terraza y cafetería de día.

Son las nuevas modalidades de la hostelería nocturna que han agitado la noche como un ciclón. Sin embargo, más allá de las terrazas con vistas el mar, hay nuevos puntos de ebullición en A Coruña. En el área de las plazas y callejuelas del Orzán se ha creado un ambiente muy especial en la plaza José Sellier con locales como el Bao Bar o la Urbana. En cuanto el buen tiempo se asoma aquello se convierte en un hervidero de gente y recuerda a zonas de Madrid como la Latina. Cerquita está la Estrella, muy de primera hora. Vive una segunda juventud desde hace un lustro con la apertura de nuevos locales como Portofino o Mantelería. Y entre una y otra el Milagro, exitoso reducto del petardeo y los amantes de Abba, Raphaela Carrá y Village People.

Pero quizá el movimiento nocturno más sorprendente de los últimos tiempos se haya producido en la plaza de España. Muchos de los locales alternativos se concentran en sus alrededores. El Corralón, la Barbería, el Blend, el Updown y el Fuzz tiran por los diferentes enfoques que se le puede dar a la música independiente. Y el Mardi Gras termina siendo, a partir de las cuatro de la mañana, abarrotado refugio final de todos aquellos que quieren escapar del chunda chunda.

Desde febrero además otro sitio se ha sumado a la oferta de los oídos inquietos: el Garufa Club, también con conciertos y sesiones de música negra, electrónica y latina todas la noches en un local cuidadísimo. Queda en la ruta de un clásico renacido: el Playa Club que, tras varios meses cerrado por los destrozos del temporal, ha vuelto a la carga el pasado fin de semana haciendo valer su veteranía.

Santiago

El regreso del viernes

La noche de Santiago va cuesta abajo. Y no se trata de que salga mucha menos gente o que haya perdido ese punto de locura transgresora que tenía en los 80 y los 90 de lunes a domingo, que es algo evidente. Compostela ha normalizado, o vulgarizado, como se prefiera, su ocio nocturno, que ahora se focaliza en los viernes y sábados y que físicamente se desliza like a rolling stone desde lo alto del casco histórico hasta las calles del Ensanche, donde el Blaster y el Gabbana sirven las últimas copas a clientes de vida ordenada pero con el cuerpo golfo. De bajada, los más alternativos se desvían hacia la discoteca Ruta, el primer gran local de la capital cuya bola de espejos empezó a girar en los años 70, siempre con la música por bandera.

En el limbo de la noche, entre los primeros vinos del Franco que achispan el alma y antes de que todo se vaya de las manos, quedan una docena de pubs que, con sus matices, garantizan buen ambiente incluso por la semana, pues son tan pequeños como acogedores. El Atlántico, As Crechas, el Momo o el Modus Vivendi, en la parte alta del casco histórico, acumulan décadas de buen hacer detrás de sus barras, pero también se curran actividades culturales que dan audiencia y mueven la caja de lunes a jueves. De ese palo va A Reixa, cerca de la rúa Nova, donde en cuestión de metros funcionan razonablemente propuestas tan diferentes como el pachangueo del Retablo o las elaboradas copas del Vaová, que tanto le gustan a los que ya han dejado atrás la primera juventud y acumulan fracasos sentimentales. En esa línea de cuidar a los nuevos maduros con licencia para salir está el Garoa, que posee la carta más cuidada y creativa de la ciudad y es parada obligada a primera hora; o el Galo D?Ouro, un templo de los buenos whiskies ubicado literalmente debajo de A Quintana, donde todavía te puedes fiar de la recomendación del barman. En la misma calle (A Conga), está el Kunsthalle, que lleva tres años en la brecha. Tiene aires de taberna contemporánea y es del gusto de los indies y los pijos con ciertas inquietudes. Pero el último en dar en la diana ha sido el pub Chocolate. Está en la Praza de Abastos, que hoy por hoy es junto a los gastrobares de la rúa de San Pedro una de las zonas más cachondas para patrullar en Santiago. De noche, claro, pero también para los que salen de tapas y copas a mediodía o de tarde, que es tendencia en Compostela (si el tiempo acompaña).

Vigo

Del Areal a Churruca

Vigo continúa acotando territorios muy diferenciados para el ocio nocturno. Areal, la zona más cercana al puerto, sigue siendo ¡desde el siglo pasado! el área donde se asienta la noche donde prima el postureo. Entre los míticos que no decaen está el Twenty, un gigantesco espacio que ya los jueves empieza ambientando su activo fin de semana y destaca por una decoración plagada de iconos de la cultura norteamericana, desde una silla de barbero, jukebox o un auténtico tranvía de San Francisco.

El Habla (ex Balenciaga) es uno de los últimos en incorporarse y desde hace casi un año mantiene el listón alto con abundante clientela, música actual y camareros guapos. Pero hay muchos más para ir saltando de uno a otro sin grandes desplazamientos: El One, con una parroquia de treinta y cuarentañeros; el Seven, con un perfil más juvenil; Ferré, otro clásico recientemente renovado, el Barroco, algo más choni... y para última hora, Atlanta, Galliano, Rouge (ex Gaultier)... En todos corre la cera de peinado antigravedad y el ojo pintado a la misma velocidad que los perfumes recargados para él y para ella.

No muy lejos, en el entorno de la plaza de Compostela, está La Goleta, un bar forrado de madera, con aspecto de yate y gigantesca foto de The Beatles cruzando Abbey Road, que ha vivido una resurrección sorprendente, de refugio tranquilo a local de moda para gente que busca el revival de los 80 y los 90, en la línea de otros incombustibles como El Ensanche, en Santiago de Vigo. A unos pasos de allí está en Quadrophenia, también amigos del retro y los tiempos del vinilo.

El barrio alternativo, como en los años de la movida, sigue siendo Churruca. En este entorno pegado a Urzaiz donde se puede salir sin estresarse tanto con el aspecto exterior continúan clásicos del rock & roll como La Iguana, el baile con Dj?s entre las bolas de cristal del Mogambo o el cóctel con buena música en el Black Ball rodeados de decoración vintage al estilo que adora su dueña, Silvia Superstar.

La Fiesta de los Maniquíes es otro de los locales más activos de la zona, siempre dispuestos a organizar fiestas y eventos que se salen de lo habitual, añadiendo a la noche oscura propuestas vespertinas y conciertos para que los padres se vayan de copa light y concierto con sus hijos pequeños.

Otros han sobrevivido como mutantes bien adaptados. Por ejemplo, el Ruralex, el que fue uno de los templos de los gloriosos 80 vigueses y en los 90 fue un referente de la música de club bajo el nombre de Vademécum, es ahora el Playmóvil, que sigue su estela en cuanto a las tendencias sonoras electrónicas ejecutadas por Dj's de renombre.

A este panorama que no ha cambiado mucho en su esencia desde que las copas se pagaban en pesetas, la propuesta que se afianza es la del Casco Vello. La zona de vinos, que decayó tras un exultante pasado de baretos atestados, se recupera con espacios modernos como El Uno Está, con cócteles muy bien armados, o El Amante, con zona chill out para darse algo de tregua.

Pontevedra

Primero, el vino

En Pontevedra todo depende de la informalidad o el pijerío que uno quiera dar a su noche, y de la música que quiera escuchar o soportar durante horas. El camino es paralelo, pero no se acabará en el mismo sitio, y los obstáculos a superar en cada uno de los recorridos son diferentes. En cualquier caso, hay una regla que nunca se rompe: la noche se vive siempre en el casco viejo.

El punto de partida es, como en tantas otras ciudades gallegas, el vino. El Borona y su anverso, la Cámara Agraria, comparten manzana y clientela. Ambos, situados en el corazón de la zona antigua, son sitios de primera hora en los que se puede cenar algo sin salir con su olor pegado a la ropa.

El paso a las copas se produce en muchas ocasiones, más aún en verano, en el Doctor Livingstone, Supongo, donde, además de una terracita, se puede disfrutar de sus famosos daikiris de fresa y plátano, o de un mojito.

Entrados en faena, la ruta suele continuar por los míticos Fetiche o Il Divo, situados uno enfrente del otro, y justo debajo del Livingstone. Es la calle Charino, peatonal como todo el centro histórico, la que concentra la inmensa mayoría de los locales de ocio de la ciudad.

Dos portales más abajo de estos se puede encontrar el Patrimonio, también vacío hasta que se aproximan las dos de la madrugada. Las distancias en la noche de Pontevedra están a prueba de tacón.

Si se tiene debilidad por los cócteles o las ginebras, el Flanagan es uno de los locales de moda más recientes, con un ambiente multigeneracional. También el Hama presume de tener los mejores combinados de la ciudad. Muy cerca de este, el Trueque (antiguo Qué) congrega cada día más gente de todos los estilos. A medida que empiezan a cerrar estos pubs, sus clientes se van dividiendo entre Carabás -la única discoteca, ubicada en los límites de la zona antigua, y heredera de los recuerdos de varias generaciones de adolescentes que ahora rozan la cuarentena-, y el Camarú, en plena plaza do Teucro, el corazón de la zona monumental.

Para una noche algo menos formal, la plaza da Verdura y la de A Leña son citas casi obligadas. Flanqueadas por diferentes taperías de estilos variados -el Pintxoviño y Os Carballos, en la primera; y A Casa do Lado o el Rúas, por poner dos ejemplos, en la segunda-, son el epicentro de la vida social pontevedresa hasta pasada la 1 de la mañana. Entonces llega el momento de los locales alternativos: el Abuelita y el Pequeño Karma en la calle Charino y A Pegamoura en San Nicolás.

De ahí al Lego, en la calle paralela, hay un paso. Es un buen momento para dar por terminada la noche, pero los incombustibles pueden agotar sus fuerzas en el Karma.

Ourense

Vida en el casco viejo

Ourense no es Madrid y eso, desde luego, se nota a la hora de salir por la noche. Vivir en una ciudad pequeña tiene ventajas y algunas de ellas son evidentes cuando acaba el día. No hace falta coger el coche para moverse de un local a otro ni escoger en qué zona preferimos divertirnos cada noche. Un laberinto de calles estrechas y plazas con encanto situadas todas en el casco antiguo de la capital ourensana guarda todos los secretos para disfrutar de una noche de copas, baile, música, terrazas chic y discotecas de última hora. De todo y para todos los públicos. Así es una noche copas un sábado en la ciudad de As Burgas.

Doce de la noche. Las decenas de bares de tapas de las calles Lepanto y Fornos empiezan a descongestionarse. Es la hora de pasar a las copas y el mogollón se desplaza hacia la zona de la catedral, a apenas unos doscientos metros. Allí se encuentra uno de los clásicos de primera hora en Ourense: el Miudiño, en la plaza Santa Eufemia. A esa hora aún se podrá coger sitio en la terraza, apta para invierno y verano, pero si la intención es escuchar buena música (la de toda la vida y la que empieza a sonar) lo mejor es meterse dentro y disfrutar del ambiente. Un ambiente, eso sí, en el que predominan los clientes de 30 para arriba. Incluso de 40.

A medida que pasan los minutos el local empieza a colapsarse. A la una de la madrugada en la terraza ya no hay un solo asiento, la gente se agolpa de pie fuera del local, provocando un barullo considerable, y dentro apenas se puede uno mover.

Algo menos saturado, y también con buen ambiente, edad parecida y copas premium estará el Tragaluz, en la plaza San Martiño, muy cerca del anterior. De más reciente apertura, y con terraza que mira a la fachada principal de la catedral, es otro referente para la primera copa.

Dos de la madrugada. ¿Es que la gente más joven no sale en esta ciudad? Sale, claro que sale, pero mucho más tarde que sus predecesores generacionales. Algunos bares de la rúa Lepanto, en la que es mítico el París, han cambiado los pinchos por copas y empiezan a tener movimiento de grupos juveniles que prefieren el local tipo tasca. Algo más arriba, en la praza do Correxidor, la oferta es un poco más variada. Están los clásicos, como el Lokal, para amantes de la música rock, el Auriense o el Corregidor. Seguimos por la calle Pizarro, en la que locales de toda la vida como el Cook o el Patio Andaluz conviven con bares de ambiente latino y público variopinto al que aún le quedan algunas horas de marcha. A estas alturas los tacones de las chicas ya han subido varios centímetros. No importa ni que el suelo sea de adoquín. Ellos, por su parte, llevan las camisetas algo más justitas. Muchos de esos jóvenes terminarán la noche en la plaza das Mercedes, con locales de última hora y una discoteca, La Bull, que resiste los malos tiempos para este tipo de locales. Es incombustible.

Pero aún es pronto para eso. Son las tres de la madrugada y es la hora álgida de pubs como el Turco o el Colors, en la rúa Hernán Cortés. Los nostálgicos de la música de los 80 tienen en el primero una cita ineludible cada sábado. El Colors sube la apuesta preparando sus gintonics con hidrógeno líquido.

Por cierto, si lo que quieren es huir del bullicio y tomarse algo en plan más tranquilo, no se pierdan el Torgal, un verdadero templo en Ourense, con un público fiel no solo a sus conciertos, sino también a su filosofía. Escojan ustedes, la noche es joven.

Lugo

La discoteca resiste

La gastronomía es un clásico de Lugo, y cualquier noche de marcha que se precie comienza con unas buenas tapas o una cena. Los bares del centro histórico, en el entorno de la catedral, son un clásico de primera hora. Pero también lo son zonas como Magoi o Augas Férreas, en las inmediaciones del campus universitario, donde se sitúan locales emblemáticos como la Pizzbur o la cervecería Cook.

Para los más jóvenes, la fiesta suele comenzar con un botellón, un fenómeno social que despierta críticas, pero que algunos defienden como ?una forma más barata y más sana de beber?. Las horas pasan y llega el momento de los chupitos, los cubatas y la música. Aunque la afluencia de público ha bajado bastante en la última década, los pubs del casco histórico, como el Medievo, siguen teniendo tirón.

En los últimos meses, la sala Sugar, en la calle Cornubia, se va abriendo camino con DJ y música electrónica. Pero también hay gente que empieza la fiesta a casi cuatro kilómetros, en la sala Morango, en O Ceao, que reúne a más de mil personas en un espacio de 1.400 metros cuadrados distribuido en un pub y cuatro terrazas, dos exteriores y dos interiores.

A primera hora acude gente de 40 a 60 años. Muchos son viudos o separados que buscan conocer gente. El relevo llega a partir de las dos y media, cuando llegan quienes han cumplido treinta; y se reduce aún más sobre las cinco, cuando acceden a Morango veinteañeros que buscan un lugar en el que seguir la parranda.

La música también va variando, ya que los ritmos latinos, las bachatas y las rancheras que suenan hasta las dos dan paso a la música comercial y a la música electrónica casi hasta el amanecer. El radio de atracción de esta discoteca, que también ofrece actuaciones de orquestas y cantantes de moda, se extiende hasta A Coruña, Betanzos, Santiago, Melide, Vilalba o A Mariña. Aunque no siempre hay que dirigirse hacia las ciudades. En Barbanza, por ejemplo, el Botter es una opción interesante.

Ferrol

Marcando el ritmo

La vida nocturna de Ferrol está marcada por la música: la que se escucha en locales post-cena como Cantón Vello (donde también se puede picotear hasta media noche cuando algunos ya piden la primera copa en la barra). De este destino con aire vintage se puede ir a espacios que miman sus clientes con copas de diseño como el Bistró Plaza, donde el galardonado barman Fernando Ameneiros es capaz de sorprender con combinados con golosinas como nubes.

Aunque si algo define la noche ferrolana es el maridaje de conciertos y copas que se ha convertido en el sello de locales como la sala Súper 8 o el Manchita Cosa (ambos en el barrio de A Magdalena, donde en pocos metros se concentra la zona de marcha que se alarga hasta el amanecer). La Súper 8 es más que un local; por su escenario han pasado en los últimos meses Sex Museum, Pablo Carbonell o Miguel Costas y el premio de este local es que invita a improvisar y por eso muchos de los espectadores son músicos que cambian la barra por el micrófono, o viceversa.

La mejor terapia para una noche que no pasa por sus mejores momentos es una programación variada y regular que también tiene en cuenta los diferentes ambientes que se mezclan en el centro de la ciudad: los jueves reinan los universitarios; los viernes ?salen los roqueros de verdad? y los sábados se mezclan casi todas las tribus.

Información elaborada por Juan Capeáns, Javier Becerra, Begoña R. Sotelino, Carmen García, Marta Vázquez, Lucía Rey y Bea Abelairas

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