Agricultura sin arado en Oza

El gallego Lolo Andrade experimenta el cultivo sinérgico, en el que no se remueve la tierra ni se utilizan abonos ni pesticidas


Redacción / La voz

La previsión paradójica de que el campo gallego lo van a repoblar los urbanitas tiene en Lolo Andrade, coruñés de 45 años, un ejemplo vistoso. Le viene de casta, porque se crio en el vivero de plantas de su familia, en el barrio de Eirís. Hace unos años tuvo la oportunidad de comprar un rueiro en Bailouro, Oza dos Ríos, a la orilla del Mendo. Allí está haciéndose un modo de vida gracias a la permacultura o agricultura sinérgica, una modalidad de cultivo que se basa en potenciar la vitalidad de los vegetales cuidando la conservación de los microorganismos del suelo.

«Con 19 años conocí en Barcelona a Masanobu Fukuoka, un japonés impulsor de este sistema, y me dejó impactado, así que decidí que me dedicaría a ello». En una parcela frente al grupo de casas de Bailouro crecen frutales variados. «Esta es una plantación sinérgica; no se sulfata ni se abona; cuando crece la maleza, la cortamos y la acumulamos al pie del árbol, y ese es su alimento. El humus huele a fresco. ¿Qué consigues con eso? Fruta con un sabor excelente y que las plantas no desarrollen adicción a los abonos sintéticos. Al haber en el suelo tanta vida microbiana, son más fuertes, resisten mejor las heladas y los hongos».

En la extensa huerta de la aldea, Andrade ha creado lo que parece un jardín botánico, tanta es la variedad de plantas. Ese es uno de los principios de la permacultura: crear entornos de alta biodiversidad. Aquí crecen especies exóticas como el nim africano, un árbol insecticida; la manuca, de Nueva Zelanda, origen de una miel de propiedades regenerativas; grevillea, planta del arroz, cariaquito mexicano, col griega (una berza perenne), abutilones y abelias, aguacate, nuez pacana, fisalis, kiwis, yucas y junto a ellas las especies autóctonas como manzanos de infinidad de variedades, perales, frutales de hueso, madroños, nogales, castaños, avellanos...

Tapar la tierra

Algunas parcelas donde ya se ha cosechado están tapadas con mantas de rafia. «Después de cultivar -explica-, nunca se deja la tierra al aire, para que las bacterias, las enzimas y otros microorganismos del suelo no mueran. Se tapa con helechos, hierba, paja; eso en un mes crea un mantillo en el que no hace falta arar, fresar, ni nada, y puedes meter en la tierra el brazo hasta el codo». Y, efectivamente, mete el brazo hasta el codo.

En el invernadero, en unas bandejas grandes, hay feijoas, higos chumbos, arándanos, frambuesas, batatas, boniatos, yucas, pimientos, calabazas, etcétera, de una lozanía atractiva. Los bancales están salpicados de flores. Son tagetes, que actúan como insecticidas vivos, como también lo hace una mata de tabaco. A estas alturas del año aún está produciendo judías, pimientos y varias cosas más.

Andrade vende fruta, pero su objetivo parece más pedagógico que económico. «El mundo está perdiendo el equilibrio por el uso abusivo de pesticidas y abonos químicos y por los monocultivos. En Galicia, como se puede ver aquí, podríamos producir todo tipo de vegetales. Cualquier pareja de jóvenes que esté en el paro podría cultivar, por ejemplo, feijoa, aquí la tenemos, una fruta anticancerígena; nuez pacana, que se da perfectamente y está a 15 euros el kilo; fisalis, que es el primer productor de pectina para las mermeladas, riquísima en vitamina C; rosa mosqueta, buscadísima en cosmética y que se reproduce como las pulgas, y así muchas cosas más».

En unos amplios terrenos recién desbrozados, Andrade quiere hacer su vivero-escuela para expandir el conocimiento de esta agricultura que imita a la naturaleza. «Solo pensamos en plantar eucaliptos o, como mucho, lechugas y pimientos, y así se está desertizando Galicia. Hay que volver al equilibrio de la naturaleza».

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