«Si miras debajo de la tapa del yogur es que tú fuiste a EGB»

Javier Ikaz y Jorge Díaz triunfan con un libro que nació en Internet en el que recuperan el universo de quienes estudiaron entre los 70 y 90


Si de pequeño cada vez que veías un helicóptero pensabas que podía bajar un hombre de traje con una tarrina de Tulipán es que perteneces a la generación de EGB. Esa que creció marcada por el poder absoluto de la televisión, las collejas del profesor y las frases omnipotentes de las madres, capaces de convertir en sentencia de enciclopedia cualquier mínimo inconveniente del día a día: «¡Tómate el zumo rápido que pierde las vitaminas!». Aquellos niños de entonces, que estudiaron en el amplio período de los setenta, los ochenta y parte de los noventa, son hoy toda una «banda» liderada en Internet por dos chicarrones de Bilbao, Jorge Díaz (1971) y Javier Ikaz (1978), que bajo el lema «Yo fui a EGB» han conseguido unir a los españoles más que cualquier programa político. «Nosotros de broma solemos decir que somos una gran clase con 670.000 alumnos, ¡esa es la burrada de seguidores que ahora mismo tenemos en la página de Facebook!», explica Jorge. Porque dentro de este fenómeno de retrofuturismo en el que vivimos, de acudir al pasado buscando la ilusión para enfocar lo que queda por venir, ellos se echaron primero a la Red para ver si alguien picaba. ¡Y vaya si picaron! Por eso -dicen- no se consideran unos nostálgicos en sentido estricto, sino dos tipos inquietos que han puesto una mirada positiva desde el siglo XXI: «A nosotros lo primero que se nos ocurrió fue el nombre. Siempre andábamos diciendo ?tenemos que hacer esto, tenemos que hacer lo otro? y nunca hacíamos nada. De repente surgió la frase y nos enamoramos de la marca por su potencial, porque no hay que explicarla («Yo fui a EGB») y te hace sentir que formas parte de la pandilla. Pero no somos nostálgicos, hablamos de esa época desde el presente, no queremos caer en la ironía ni reírnos de aquello, sino decir ?éramos así?, ?vestíamos así?, ?jugábamos así? y ahora es otra cosa. Somos analógicos porque hemos hecho un libro en papel, pero todo empezó en Facebook. Nuestro lugar es la Red, fueron los internautas los que nos exigieron ir dando los pasos y fuimos respondiendo», asegura Javier. La demanda los llevó a elaborar un blog, que ha sido premiado como la mejor bitácora del 2012, y ahora a dar el salto con un libro que ha superado en ventas al de Belén Esteban -la medida del éxito hoy en día- y puede ser el bombazo de la Navidad.

¿Cuál es su acierto? Sin duda el de descubrirnos la misma sonrisa que se nos pone cuando encontramos un enorme cajón de fotos antiguas y nos echamos horas y horas compartiéndolas con amigos, pero con la sorpresa de reconocernos en los otros como nunca antes había sucedido. Primero porque la Educación General Básica, impulsada por el ministro Villar Palasí, abarcó un tiempo amplio de cambio social, en que España metía la tercera, la cuarta y se intuía «La quinta marcha», y segundo, por la complicidad alegre de verse absorbido por un grupo enorme. «A nosotros -comenta Jorge- lo que más nos gusta es darnos de bruces con lo olvidado, con lo más anónimo. Hablar de series de televisión como V, programas como el Un, dos, tres o los dibujos de Marco es relativamente sencillo, pero que de repente alguien te muestre un juguetito sin nombre, que tú pensabas que era solo tuyo y resulta que todo un país entero lo tenía, eso hace más gracia y te identifica mucho más. O cosas que creías que solo decían en tu barrio o juegos que imaginabas que eran solo de tu colegio, y te das cuenta de que todo el mundo los conoce. Es como eso de responder «Efectiviwonder» cuando asientes. ¿De dónde narices salió todo aquello?» [Risas]

«Kitt, te necesito»

Ese punto de humor apelando siempre a la interacción del lector sella un texto que Jorge y Javier apoyan en iconos de una infancia que combinaba el cubo de Rubik con el tapete de ganchillo y el reloj Casio de marcianitos que te regalaban por la comunión y al que terminabas hablándole como Michael Knight: «Kitt, te necesito». Aunque si hay un gesto pop que ha marcado a los hijos del baby bum criados en el despertar de la sociedad de consumo es, como dicen los autores, abrir un yogur. «Yo creo que si aún hoy miras debajo de la tapa es porque eres de los nuestros [risas]. ¡Mira que no hemos esperado que nos tocase algo en los puñeteros yogures durante años, coleccionando las tapas de aquellos cuatro sabores que había, que yo creo que hoy una abuela va al súper a buscarlos para el nieto y tiene que hacer un máster: el bífidus, el LCasei Inmunitas, el de fibras... Nosotros lo más moderno que teníamos era el nombre de las marcas: Yoplait y Chamburcy [risas]. [Lo más moderno era la pronunciación, ¿no?].

Criarse teniendo como referente televisivo masculino a Torrebruno genera cuando menos una inquietud insalvable que solo algunos pudieron aplacar cuando se cortaron el pelo como Villacampa y se pusieron sus primeros JHayber en los comienzos dde los ochenta. Eso sí era entrar en la moda juvenil al ritmo de Radio Futura, acostumbrados como estábamos a que los pantalones vaqueros no vinieran del Lejano Oeste por mucho que sus nombres sonaron profundamente americanos («Old Chap, viejo amigo», «Lo que moda es Lois», «Chin, chin, Cimarrón», «Es un Río Grande, ¡me gustas vaquero!»). «La fuerza de la televisión -subraya Jorge- era inmensa, solo había dos canales, así que lo que veías el sábado por la noche era de lo que se hablaba toda la semana. Nos sabíamos los diálogos de memoria porque al día siguiente de aparecer en la tele ya era trending topic y todos repetíamos las mismas muletillas, por eso era mucho más fácil crear iconos que hoy en día».

«Y hasta ahí puedo leer», que diría Mayra Gómez Kemp. Porque del Un, dos tres a Tres, dos uno... contacto, Un globo, dos globos, tres globos la tele nos enseñó a contar, pero también «a jugar» (hágase el gesto a lo Joaquín Prat), a cantar («¿Cómo están ustedeeeeesss?»), pero sobre todo a transformarnos en cualquiera de nuestros héroes mediáticos a la hora del recreo («me pido ser...»). De Los Ángeles de Charlie a Luke Skywalker, Indiana Jones, Bruce Lee, Sandokán, Rocky, Rambo o Mazinger, los de EGB fueron protagonistas de infinitas aventuras mientras corrían por el patio tarareando la musiquita antes de que sonara la sirena («¡A claseee!»).

«¡Lo que han tenido que sufrir las pobres gomas Milán! Que olieran tan bien y encima pusiera ?nata? era una clara invitación a comértela, pero enseguida descubrías que su sabor no cumplía la expectativa. Primero la transformabas en un círculo perfecto para que rodara y al final terminaba agujereada con el boli en el centro o cortada a cachitos con la regla», escriben Ikaz y Díaz en su libro. Un repaso entrañable a un tiempo marcado por las empanadillas de Móstoles, el chándal del domingo, el pecho de Sabrina («que por cierto, no cantaba esa Nochevieja Boys, boys, boys, sino Hot Girl, ¿pero a quién le importaba la canción?») y unas casas mimetizadas con la decoración de una enciclopedia y cientos de libros sin abrir de El Círculo de Lectores (bueno, y los regalos de las bodas y las comuniones. ¡Uf!). Con razón los seguidores de «Yo fui a EGB» echan toda la emoción en la Red: «¡Cómo hacéis para acordaros de tantas cosas, yo casi las había olvidado por completo! La rana metálica me ha matado. ?Cano contra la pared? Todavía lo oigo y no he ido a ningún psicólogo!». Solo hay que abrir el libro para volver a oler el pasado al grito de tu madre: «¡Ay! ¡La leche!... Que se ha ido por fuera». ¿No la hueles?

Una clase de 670.000 alumnos

Jorge Díaz (1971) y Javier Ikaz (1978) -en la imagen de la izquierda- se han convertido en un fenómeno mediático. En Facebook tienen 670.000 seguidores de «Yo fui a EGB», su blog ha sido multipremiado y su libro va ya por la 4.ª edición. Su éxito: descubrir aquellos detalles que hicieron única nuestra infancia.

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