Yo me examiné para ser músico callejero en Madrid

Un periodista se cuela en las «pruebas de idoneidad» para actuar en las rúas

La formación Desvarietés Orquestina participó en las pruebas de músicos callejeros.
La formación Desvarietés Orquestina participó en las pruebas de músicos callejeros.

Madrid / EFE

El lunes me presenté al examen de aptitud para ser músico callejero. Madrid había convocado a los músicos que tocaban en la calle a una «prueba de idoneidad» para evaluar nuestro arte y concedernos -si aprobamos- una autorización para actuar en la vía pública. Mandé la solicitud y me citaron en el Centro Cultural Conde Duque. Era una experiencia soñada para certificar mis dudosas capacidades artísticas y, sobre todo, una oportunidad para contar desde dentro las claves de este casting.

Hacía frío pero el ambiente era cordial. Atravesé el patio junto a Néstor Villa, un guitarrista que me acompañaba como solista en esta aventura musical de periodismo. Un funcionario sonríe, comprueba tus datos y explica que, aunque hay alguna demora, se están cumpliendo los tiempos. Primera sorpresa: Hay casi 150 personas convocadas y no hay retrasos. Pese a los nervios hice cuentas: 150 personas divididas entre las seis horas arroja un resultado de 25 artistas a la hora. Conclusión: cada músico tenía 2 minutos y 40 segundos para mostrar su arte. En la sala de espera, un mundo lleno de sonidos. Guitarristas flamencos practicando, saxofonistas poniendo a punto el instrumento, rumanos tocando el címbalo; todos ensayando: «¡Qué nivelazo!». Y cada uno tiene su historia.

Por ejemplo, la mujer de Fileata Gheorghe explica que su marido lleva 13 años de «relaxing cup»en la Plaza Mayor. Toca un curioso instrumento idiófono conocido como las copas musicales. También Miguel, un limeño, que practica jazz y sobrevive tocando en la calle. «Se conoce gente y ya estoy compartiendo proyectos», dice optimista.

Néstor y yo ensayamos nuestras canciones. Nervios. No es Operación Triunfo pero hay un tío de rizos que recuerda a Bisbal. Se acerca el turno. Hay dos salas de audición y nos toca subir a la segunda. Allí, otro funcionario nos toma nota y los aspirantes nos acoplamos en otra sala. Nadie se sienta. Se oye que la prueba dura cinco minutos. Pánico escénico.

Las 14:15 horas. Hay hambre. Una chica come un bocata y, después, toca un violín. Sale de la sala del examen una pareja. Están un poco mosqueados, «nos han deseado suerte, pero no saben cuándo van a dar los resultados, ¡qué raro!», comentan. Llevan cuatro años juntos y la actividad callejera complementa otros ingresos. Al fin llega nuestro turno. Entramos. A la derecha se sitúa el jurado. «One, two, three». Empezamos la sesión con el tema La hija de Pedro Jones, canción que publiqué en la disquera Zafiro en 1991. Ha pasado tiempo y nos confundimos en la segunda estrofa (disimulamos). El jurado no se percata y nos sigue con devoción. Llega el estribillo final y saco pecho. Se miran y uno de ellos dice: «Gracias, por nosotros pueden irse». «¡Qué, tenemos más!», exclamamos. «No se preocupen, es suficiente», responde. ¡Glups! Esto suena al «tranquilo, ya te llamaremos». Obedecemos.

Al salir nadie nos dice qué va a pasar; el funcionario nos pide un email y otra señorita nos facilita un formulario para una encuesta anónima. Seguimos con la incógnita. Ya en la calle, a los chicos de la formación Desvarietés Orquestina les digo que ya no se les ve tocando en el Rastro. «Hasta que se solucione esto -la prueba- estamos en paro», dicen. Entretanto, la temperatura ha subido a cinco grados. No sé si pasaré el examen o si hace falta un carné para tocar en la vía, lo único claro es que hace un frío que pela. En la calle solo sobreviven los más fuertes.

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