Fuga de cerebros y pérdida acelerada de capital humano

la voz

El programa Ramón y Cajal, creado en el 2001 para atraer a los jóvenes y destacados talentos científicos en el extranjero, fue una de las piezas fundamentales que explican el despegue de la ciencia española en las últimas dos décadas. Hasta que llegó la crisis, que no solo ha reducido los fondos para investigar, sino que ha atacado duramente a uno de sus principales activos: el capital humano. Un ejemplo son los contratos Ramón y Cajal, para el que se llegaron a convocar hasta 800 plazas en los mejores años, número que ahora se ha reducido a 175.

Pero el problema no es solo la reducción de plazas, sino la estabilidad. El colectivo luchó durante mucho tiempo para conseguir el compromiso de que, al finalizar su contrato de cinco años, se le ofreciera la garantía de competir por una plaza en el centro al que cada uno estaba asignado. Esta promesa se cumplió en la mayoría de los casos, pero ahora empieza a tambalearse y existen no pocos investigadores Ramón y Cajal, con currículos apabullantes, que han tenido que volver a coger las maletas. Este es el riesgo que quiere evitar el biólogo José María Eirín, que por ahora es un caso excepcional porque es de los que se va antes de que lo echen. No se fía.

Eirín y los Ramón y Cajal no son casos aislados, sino que son el síntoma de una enfermedad de la ciencia española: la fuga de cerebros, la pérdida acelerada de capital humano. Lo que ocurre desanima a los más jóvenes, que antes pensaban emprender una carrera investigadora, y frustra a los doctorados y posdoctorados en el extranjero, que ahora ya no se plantean el retorno. La amenaza de la pérdida de una generación entera de científicos va camino de convertirse en realidad.

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