Juan Pablo II no hace olvidar a Juan XXIII


Ser papa está muy bien, pero ¿qué queda cuando mueres? Algunos, como Sixto V, dejaron una imagen de pontífice cruel, producto de una época en la que la Inquisición estaba en su apogeo; otros, como Paulo III, destacaron por su impulso a las artes. Sin embargo, en las grutas de la basílica de San Pedro, donde están enterrados muchos de ellos, los turistas pasan sin detenerse ante los sarcófagos de mármol. Ni siquiera Juan Pablo I, el «papa de la sonrisa», cuyo brevísimo mandato -33 días- impactó al mundo en 1978, merece mayor atención.

Hay que subir a la planta principal de la basílica para encontrar las tumbas de los dos pontífices más queridos y admirados. Hasta el 2005 el líder indiscutible era Juan XXIII, el impulsor del Concilio Vaticano II. En su capilla se concentran permanentemente una veintena de personas, ya sea orando, meditando o haciendo fotos. Su cuerpo embalsamado, vestido con la muceta y el solideo rojos característicos del papa Roncalli, sigue siendo de lo más inmortalizado por el objetivo de las cámaras.

Pero desde hace ocho años el templo de San Pedro tiene una nueva estrella, la de Juan Pablo II. Los visitantes que al entrar giran a la derecha para admirar la Piedad de Miguel Ángel (protegida tras un cristal tras el ataque a martillazos por un perturbado húngaro en 1972) se encuentran poco después con la capilla del papa viajero. Un empleado vaticano se asegura con celo de que solo puedan entrar aquellos que vayan a rezar. En los bancos hay también una veintena de fieles, pero detrás del cordón de seguridad se arremolinan muchos más. Al fin y al cabo, para muchos fue el único papa que conocieron en su vida. También tienen a Benedicto XVI, pero permanece «oculto a los ojos del mundo», en Castel Gandolfo.

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