El papa que desacralizó el papado

Benedicto XVI se despidió como obispo de Roma de los sacerdotes de la diócesis reivindicando la «verdadera» esencia del Concilio Vaticano II


Redacción / La Voz

Termina Benedicto XVI su papado reivindicando el Concilio Vaticano II. Lo hizo ante los sacerdotes de Roma, del que es obispo, una figura que se ha esforzado en recuperar en estos ocho años por su carácter colegial frente a un papa rutilante. La dosis diaria de emoción, obvia ante cientos de subordinados que saben que lo ven por última vez, la puso el pontífice al principio del acto y tras una atronadora y larguísima ovación: «Aunque me retire ahora, siempre estaré cerca de todos ustedes en mis plegarias, y ustedes estarán cerca de mí incluso aunque yo permanezca oculto al mundo».

Después surgió el teólogo, que habló durante una hora como en una clase magistral, sin teleprompter ni papeles, empezando por alabar a Galileo y a los judíos para acabar con el Concilio, al que asistió como asesor del cardenal de Colonia Josef Frings. Destacó en esta suerte de testamento doctrinal que en esa época hubo dos concilios, el verdadero, el que se celebró de puertas para dentro, y otro, el de «los medios de comunicación, un concilio casi por sí mismo» que creó «muchos problemas, una calamidad». Fue este segundo el concilio de los excesos, de «la banalización de la idea», en el que primó la búsqueda de «una lucha de poder entre las diferentes posiciones de la Iglesia» cuando se trataba de «una búsqueda de plenitud en el cuerpo de la Iglesia»; en este contexto, los medios «tomaron la posición que estaba más cerca de su mundo, pidiendo un traslado del poder, pasando del papa a la soberanía popular». Eso dio pie a unos excesos -velada referencia a la teoría de la liberación- que los siguientes papas intentaron atemperar.

Ahora, cincuenta años después de aquella histórica cita y como despedida de su papado, Benedicto quiere recuperar la esencia conciliar. ¿Cuál es? «Todo el mundo pensaba que debería haber una renovación» de la Iglesia, había una «esperanza increíble», «un nuevo Pentecostés». En él se decía que «somos la Iglesia todos juntos», que «no es una organización jurídica ni institucional, sino vital, que está en el alma». De esta idea «todavía hay mucho por hacer, no está completa», concluyó.

También habló de la «colegialidad» de la Iglesia que se trató en el concilio, y apuntó una idea muy importante para Benedicto: los obispos son «la columna vertebral de la Iglesia». Esta frase es interesante por sí sola, pero más si se pronuncia tres días después de renunciar al papado. Si el lunes ponía sobre la mesa el hecho de que un papa no es imprescindible, de que la edad no perdona ni al santo padre, ayer recordó que la verdadera esencia eclesiástica nace de los herederos de los apóstoles, los obispos.

El de Mondoñedo, Manuel Sánchez Monge, comentaba al respecto que «el obispo responde solo ante el papa. La gente piensa que depende de la conferencia episcopal [estructura creada en el concilio] pero no es así. El presidente de la conferencia episcopal puede dar un consejo, pero solo el papa [a través del nuncio] puede ordenar».

Destaca Sánchez Monge que «el obispado es una institución de carácter divino», y de hecho existen obispos desde los albores del cristianismo. En la edad media, esta institución tenía enorme fuerza, pero la fue perdiendo con la creación de los Estados y la conversión de la Iglesia en una monarquía absoluta. Esta escalada de poder llegó a su punto culminante en el Concilio Vaticano I (1870), donde se proclamó la infalibilidad del papa.

El Concilio Vaticano II pretendió cambiar las cosas, pero el miedo a los excesos que se podrían cometer en su nombre llevó al efecto contrario, una visualización mayor de la figura del papa, agrandada por los medios de comunicación de masas, que tan bien supo utilizar Juan Pablo II. Ahora Benedicto XVI cree que la Iglesia está preparada para rebajar la figura papal, «desacralizarla» en palabras del cardenal Walter Kasper, jubilándolo y recordando a los príncipes de la Iglesia que nadie debe aferrarse al poder. Ayer lo escucharon los sacerdotes de Roma, y más de uno habrá aprendido la lección del teólogo.

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