San Valentín: Siete miradas al amor

Siete parejas relatan su particular romance y cómo el amor ha vencido diferencias sociales, la distancia física e incluso el rechazo de los vecinos

Aitor y Yésica
Aitor y Yésica

Un amor mecido por las olas

No fue por la iglesia pero sí de blanco, con todas las de la ley y además en un entorno único. El 23 de agosto del 2010 las camariñanas Paula Mouzo Mas y Rocío Bouzas López contrajeron matrimonio en la playa de Reira, una de las más salvajes de la Costa da Morte. Ya han pasado casi tres años y el amor que se profesan desde hace 11 sigue intacto. «Non foron máis que papelorios, nós seguimos igual», dice Paula, que recuerda con mucho cariño la ceremonia de boda, aunque no la considera ningún punto de inflexión especial en la relación, porque el cariño y la confianza que la unen a Rocío viene desde mucho antes y se mantiene inalterado.

Su matrimonio, que en el momento causó sensación en la zona, al ser unas de las primeras mujeres que formalizaban su pareja de este modo, está ya más que asumido por sus familiares, amigos y por todo el pueblo en general. «Os comezos nunca son doados -señalan-, pero nós, a verdade, é que non tivemos problema ningún, os que non viñeron a voda foi porque non puideron ese día, non por nada máis». Paula, que hizo sus pinitos en el mundo de la canción y con mucho reconocimiento por su espectacular voz, ha dejado ya el micro para embarcarse en una profesión extremadamente dura, pero que marca identidad en Camariñas. «Agora tamén canto, na ducha e máis cando vou aos percebes», apunta con sentido del humor. Además, su esposa, al contrario de lo que le ocurre a otras en la localidad, no vive preocupada por lo que le pueda pasar en el mar, porque ella también es percebeira. «Así xa non hai problema de preocuparse unha pola outra, porque imos as dúas», reconocen.

Para este San Valentín, no tienen preparados grandes fastos, pero «algo caerá», dice Paula. Con «unha ceniña ou así» se conformarán, porque para ellas lo más importante es estar juntas y después de ocho años de noviazgo y casi tres de matrimonio, han demostrado que su unión es a prueba de bombas y, además, ha servido para romper con mucho prejuicios, con lo que también ayudaron a allanar el camino de todas las parejas como ellas que vengan detrás.

Tú a Brasil, yo a Laxe

Aitor Rial Villar y Yésica Moreira Mouzo pasarán San Valentín separados por primera vez en los ocho años que llevan como novios. Empezaron muy jóvenes, porque Aitor, natural de San Cremenzo de Pazos (Zas) tiene 23 años, y Yésica, de Traba de Laxe, aunque residente en A Coruña, 24. «Vai ser duro estar lonxe da moza nun día así, pero o traballo é fundamental», señala este electricista, que de nuevo se va a un pequeño pueblo del interior de Brasil a participar en la construcción de una central de gas, como ya hizo a finales del año pasado. Emigró este sábado y regresará a principios de junio. Su pareja también lleva fatal la distancia. «Moi mal, se cadra peor ca min», confiesa Aitor. Así que lo que les queda, como ya hicieron en su anterior estancia, es la conexión diaria mediante Skype. Él se lleva de nuevo su pequeño ordenador y, al regreso del tajo, en el hotel en el que reside, aprovecha el wifi para conectarse y hablar con la novia. «Polo xeral funciona ben, aínda que hai días que falla algo. Conectámonos todos sobre a mesma hora, e ás veces non hai ancho de banda para os que somos», relata. Ya sabe que el día 14 esas dificultades van a ser incluso superiores. Lo habitual es que la conversación comience sobre las 19.00 horas en Brasil, las 23.00 en España. «É unha sorte poder falar así. Polo menos vémonos, porque, se non, sería todo moito máis duro», añade. Sabe de lo que habla: en los años de sus padres emigrantes las cartas llegaban cada dos meses de promedio.

La vida por delante

¿Dos meses es mucho tiempo? Pues depende, claro. Para Paula dos Santos y Adrián Saa es tiempo suficiente para decidir que podrían perfectamente pasar juntos el resto de sus vidas. Y los dos ven mucha vida por delante, porque ella tiene 21 años y él 18. Se conocieron en diciembre en el instituto de Monforte en el que estudian segundo de un ciclo formativo de Administración. De grado superior ella y de grado medio él. Así que sabían desde el principio que en abril toca separación. El ciclo no termina hasta que cada alumno complete dos meses y medio de prácticas en una empresa. A los de grado medio les toca en Monforte. En el ciclo superior pueden elegir: o aquí o en Dublín. «Es una oportunidad muy buena», explica Paula. Algunos de sus compañeros renuncian a marcharse a Irlanda. Les asusta no tener suficiente nivel de inglés. A Paula no le sobra inglés, pero tampoco le falta decisión, así que allá va. Mientras, comparten todo el tiempo que pueden. A ella le gusta especialmente cómo se ríe él, y él se asombra con que ella parezca estar siempre de buen humor. Los dos opinan que su actual pareja es mucho más madura que las que tuvieron antes de conocerse. «Yo no sabía que él tenía 18 años, me parecía mayor», cuenta Paula. Si no comparten techo es porque no tienen con qué pagarlo. No dudarían en vivir juntos si pudiesen. ¿Después de solo dos meses? «Claro, ¿si no lo intentas, cómo vas a saber si saldrá bien?», pregunta Adrián. Dublín tendrá la palabra.

Amor en ruta

El vigués Adrián y la polaca Gosi se conocieron hace ocho años en Edimburgo. Trabajaban en el mismo hotel, pero pasaron seis meses antes de la primera cita, porque él no sabía hablar suficiente inglés. Tras iniciar una relación sentimental decidieron convertir su vida en un viaje continuo. «En el 2006 -recuerda Adri- nos fuimos a recorrer Tailandia y Vietnam en plan mochileros. Allí nos dimos cuenta de que hay muchas formas de abaratar estos viajes, así que nos fuimos a vivir a Barcelona para trabajar y ganar dinero para emprender en un futuro una aventura así, de varios meses viajando por el mundo juntos». Una vez conseguido el dinero, se fueron a recorrer el sudeste asiático durante 4 meses en el 2009 y fue cuando crearon la web molaviajar.com para que sus familias y amigos siguieran sus aventuras. En este viaje Adrián le pidió matrimonio a Gosi. «Después de estar 4 meses 24 horas al día juntos y no habernos matado nos dimos cuenta de que estábamos hechos el uno para el otro y vimos que el viajar se había convertido en una droga para nosotros», explica con buen humor. De hecho, a continuación dieron la vuelta al mundo en ocho meses con el presupuesto que manejan algunas parejas en viajes de novios de tres semanas. Ahora están de vuelta en Vigo después de estar viviendo medio año en Polonia, pero con nuevos proyectos viajeros en la cabeza.

Al fin juntos

La historia de Ibrahima Thiam (32 años) podía dar para una novela. Este senegalés marinero en Camariñas que incluso chapurrea el gallego con geada y seseo se jugó la vida en una patera, pero estos días es el hombre más feliz del mundo. El 23 de enero llegó a la Costa da Morte su esposa, Fatou Thiam (27 años), de la que dice estar perdidamente enamorado desde el 2004. «Estoy loco por ella», comenta alegre. Ibrahima conocía a Fatou desde la infancia, allá en Bassoul. Hace diez años decidió buscarse la suerte en Europa: como muchos centenares de miles de africanos no estaba dispuesto a dejar enterrar su futuro sin esperanza alguna. Se echó un petate al hombro a través de Mauritania y llegó a Marruecos, donde se subió a una embarcación para apostárselo todo al azar en el Atlántico y ganó. Hace ocho años que tiene los papeles en regla, y casi desde entonces su sueño era poder estar con Fatou. «Siempre pensaba en ella», recuerda muy bien, porque estuvo siete años sin verla. Después de ganarle un largo pulso a la burocracia arregló toda la documentación necesaria. En el 2011 pudo ir al encuentro de su novia en Senegal y el 13 de noviembre último se casaron, una conquista después de una larga lucha. Estos días están como en una luna de miel. «Estamos de maravilla», proclama a los cuatro vientos Ibrahima, cuyo deseo más grande es trabajar, trabajar y trabajar, y encontrar gente buena para tener un futuro para su esposa y sus hijos, cuando los tenga. Está muy contento en Camariñas y alaba el excelente trato que recibe de los armadores del cerquero camariñán Apóstol y de sus compañeros y amigos del pueblo.

Inseparables

Las miradas de Bernardino Barreiro, de 80 años, y Araceli Iravedra, de 77, se cruzaron por primera vez en las fiestas de San Martiño de Goberno, en Castro de Rei. Más de 60 años después (58 de ellos, casados) y tras haber superado muchos avatares, esta pareja lucense todavía se mira con la misma intensidad del principio. «Se vou a algún sitio sen ela encóntrome desprotexido», confiesa el hombre, que con frecuencia asiste a compromisos sociales, como comidas y entregas de premios, como presidente de la federación de jubilados lucenses. Araceli siempre lo acompaña. No se separan. Son uno para el otro y el otro para el uno. Bernardino nació en la parroquia de Mosteiro, en Pol. «Eramos sete irmáns e todos fomos á escola cos pantalóns remendados. Daquela criábanse mellor sete fillos que agora dous», señala. No había cumplido los veinte cuando conoció a Araceli, que vivía a unos kilómetros, en la de Ansemar. El flechazo fue mutuo. «Desde que empezamos nunca deixamos de andar xuntos, aínda que nos primeiros tempos ao mellor pasabamos un mes sen vernos. Daquela non había teléfono, non é coma agora, que os noivos falan de lonxe. Antes o de ser mozos era algo serio, agora hai moito intercambio porque hoxe andas con un e mañá con outro», relata Bernardino, que fue fotógrafo. Primero en su parroquia natal y después en Lugo, donde la pareja vio crecer a sus dos hijos, que les han dado cinco nietos. El primer bisnieto está en camino. Con todos ellos celebrarán sus «bodas de visón» el próximo 27 de mayo.

¡Sorpresa!

La historia de Sara Cordal y Gabriel Torrente recuerda a la de un anuncio de una página de viajes que deja claro que las apariencias en la piscina casi siempre mienten. Ellos se conocieron en el gimnasio de la localidad coruñesa de Pontedeume y enfundados en ropa deportiva no se percataron de que sus respectivas pandillas poco o nada tenían que ver. «Yo era más buenecito, nunca había roto un plato... Éramos completamente opuestos, pero no nos dimos cuenta», cuenta Gabriel, de 29 años, ante Sara, de 25, y Vida, su hija de cinco meses. Sara se ríe y reconoce que también le costó encajar que se había enamorado de una persona tan opuesta: «Yo tenía 17 años cuando nos conocimos y me gustaba salir, era mucho más extrovertida que él. De hecho, cuando se fue a Londres a trabajar le dije que no le esperaría». Pero esperó: «Creo que no teníamos otro remedio, el primer día estuvimos en el Messenger, que entonces era eso lo que había, hasta las dos de la mañana», dice Gabriel Torrente, que también confiesa, rotundo, que lo suyo fue un flechazo muy muy fuerte. Tanto Sara como Gabriel tienen claro que siguen siendo personas muy diferentes, aunque reconocen que han tenido que cambiar un poco a lo largo de los ocho años que llevan juntos.

Información elaborada con la colaboración de Lucía Rey, Xosé Ameixeiras, Santi Garrido, Bea Abelairas, Carlos Cortés y E. V. Pita

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
19 votos

San Valentín: Siete miradas al amor